Socialismo del Siglo XXI en
Ecuador:
Un Arquitecto Autónomo Crea el Orden
Ideológico
La
implementación del Socialismo del Siglo XXI en Ecuador bajo la presidencia de
Rafael Correa (2007–2017) no fue simplemente una reforma política, sino una
profunda re-fundación nacional cuyo epicentro fue la redacción y promulgación
de una nueva Constitución. Este proceso constituyente, iniciado tras el triunfo
electoral de Correa en 2006, representó el acto fundacional de lo que él
denominó la "Revolución Ciudadana", un proyecto concebido como una
ruptura radical con el "minimalismo neoliberal" que había dominado el
país desde 1981. Sin embargo, este acto de re-fundación, aunque popularmente
respaldado, fue en realidad diseñado y ejecutado por un arquitecto autónomo,
Rafael Correa, quien aseguró una hegemonía absoluta sobre el proceso para
materializar su visión política. El resultado fue un texto legal
excepcionalmente largo y detallado, con 444 artículos y casi el doble de
palabras que su predecesor de 1998, que sentó las bases tanto para las
transformaciones radicales del proyecto como para las contradicciones
estructurales que definirían su trayectoria.
El
principal objetivo de esta re-fundación fue consolidar un poder presidencial
sin precedentes, creando un aparato estatal capaz de llevar a cabo una agenda
transformadora de manera rápida y eficiente. La Constitución de 2008 fortaleció
drásticamente las facultades del Ejecutivo, aumentando su capacidad para emitir
decretos con fuerza de ley y otorgándole un control directo sobre sectores
estratégicos de la economía. Este diseño respondía a la percepción de que el
sistema político anterior, caracterizado por una intensa conflictividad entre
el Ejecutivo y el Legislativo que había provocado múltiples caídas presidenciales
entre 1996 y 2005, necesitaba una solución estructural. Para ello, se
incorporaron mecanismos complejos de reforma que requerían mayorías
cualificadas o incluso un nuevo proceso constituyente, dificultando la
reversión de ciertas decisiones. Quizás la innovación más controvertida fue la
introducción del mecanismo de "muerte cruzada", que permitía tanto al
presidente como al legislativo disolverse mutuamente y convocar a elecciones
anticipadas, una medida concebida para resolver crisis sistémicas pero que
también dotó al Ejecutivo de un arma potente contra el Legislativo. Esta
arquitectura legal, lejos de ser un consenso amplio, fue el producto de una
mayoría abrumadora de 80 de 130 asambleístas electos en nombre de la Alianza
PAIS, el partido fundado por Correa, lo que le permitió imponer su proyecto
político con total libertad.
El
verdadero motor ideológico de esta nueva carta magna fue la incorporación de un
conjunto de principios provenientes de la cosmovisión indígena, principalmente
el concepto andino de Sumak Kawsay, traducido como Buen Vivir.
Este no era un mero adorno retórico; fue presentado como el horizonte político
de la Revolución Ciudadana y el antídoto directo al desarrollo capitalista
basado en el crecimiento ilimitado y la acumulación de capital. El objetivo
declarado era construir "una nueva forma de coexistencia pública, en
diversidad y en armonía con la naturaleza, para alcanzar la buena vida".
Para materializar este ideal, la Constitución estableció varias dimensiones
sistemáticas, incluyendo un "Sistema de Diversidades" que reconocía a
Ecuador como un "Estado Plurinacional" con autonomía territorial para
sus pueblos originarios, y un "Sistema de Harmonías" centrado en el
biocentrismo. El hito más significativo fue la inclusión de los derechos de la
naturaleza, a la que se denominó Pachamama ("Madre Tierra"),
reconociéndole el derecho intrínseco a existir, mantener sus ciclos vitales y
ser restaurada si fuera dañada. Ecuador se convirtió así en el primer país del
mundo en darles rango constitucional, un movimiento que buscaba trascender el
paradigma instrumentalizador de la naturaleza propio del capitalismo. Estos
principios fueron integrados en un marco de soberanías, incluyendo la soberanía
alimentaria, energética y económica, como garantías para proteger el país de la
dependencia y la explotación externa.
Sin
embargo, esta base ideológica radical contenía una contradicción fundamental
que socavaría su propia lógica. A pesar de proclamar un ecosocialismo y la
prioridad de la naturaleza sobre el capital, la Constitución afirmaba
explícitamente la soberanía del Estado para explotar los recursos naturales no
renovables, incluidos los hidrocarburos, en áreas protegidas, siempre que dicha
actividad fuera declarada en interés nacional por el Presidente y aprobada por
la Asamblea Nacional. Esta disposición, junto con la centralización de todo el
control sobre los recursos estratégicos (energía, agua, biodiversidad) en manos
del poder central, anulaba cualquier potencial veto de las comunidades locales
o regionales. La soberanía extractiva, en lugar de estar subordinada a la protección
ambiental, se convirtió en una justificación para la misma. Esta tensión
insalvable entre el ecocentrismo proclamado y la lógica extractivista que la
propia administración correista adoptaría, sería la causa principal de la
brecha entre la ideología declarada y la política real. La Constitución, por lo
tanto, no solo legitimó el proyecto del gobierno, sino que también codificó una
dicotomía interna que definiría toda la experiencia del Socialismo del Siglo
XXI en Ecuador. Su éxito en materializar la visión de un líder fuerte y su
fracaso en resolver las contradicciones inherentes a ese mismo proyecto son los
dos lados de la misma moneda histórica.
|
Característica
Clave |
Constitución de 1998 (Pre-Correísmo) |
Constitución de 2008 (Correísmo) |
|
Largo |
29,162
palabras |
52,831
palabras |
|
Fortaleza
Presidencial |
Limitada
por conflictividad ejecutivo-legislativa |
Significativamente
fortalecida, con mayor autoridad de dictamen |
|
Mecanismo
de Reforma |
Proceso
estándar de reforma legislativa |
Mecanismos
complejos que requieren mayorías cualificadas o nuevo proceso |
|
Innovación
Política |
No
disponible en fuentes proporcionadas |
Inclusión
de "muerte cruzada" para disolución simultánea de poderes |
|
Fundamento
Ideológico |
Basada
en la liberalidad republicana |
Con
enfoque en Buen Vivir, Derechos de la Naturaleza y Plurinacionalidad |
|
Soberanía
de Recursos |
Información
no disponible |
Centralizada
en el poder central, con derecho de explotación en áreas protegidas |
|
Participación
Ciudadana |
Presente,
pero menos desarrollada |
Ampliada
con la creación del Consejo de Participación Ciudadana y Control Social
(CPCCS) |
Esta
tabla comparativa ilustra la profundidad de la transformación constitucional.
El cambio no fue meramente cuantitativo, sino cualitativo, reflejando un
proyecto político ambicioso que buscaba redefinir la relación entre el Estado,
la sociedad y la naturaleza. Si bien la nueva Constitución ofreció herramientas
normativas sin precedentes para la justicia social y la protección ambiental, su
inherentemente contradictoria fusión de ideales ecológicos con un paradigma
extractivista sentaron las bases para una historia de éxitos sociales parciales
y una persistente crisis económica y moral.
Ruptura Discursiva vs. Continuidad
Estructural Extractivista
El
modelo económico implementado durante la gestión de Rafael Correa (2007–2017)
presenta una dualidad fundamental que define toda la experiencia del Socialismo
del Siglo XXI en Ecuador. Por un lado, el gobierno correista emprendió una
ruptura deliberada y frontal con las políticas neoliberales heredadas,
abandonando el Washington Consensus y adoptando una narrativa anti-imperialista
y anti-capitalista. Por otro lado, y de manera crítica, el proyecto mantuvo una
dependencia crónica y creciente de los ingresos derivados de la exportación de
materias primas, perpetuando una lógica extractivista que limitó severamente su
capacidad para realizar una transformación estructural del país. Esta tensión
entre la ruptura discursiva y la continuidad estructural es la clave para
entender tanto los avances sociales obtenidos como las vulnerabilidades
económicas que eventualmente llevaron al colapso del modelo.
La
ruptura con el neoliberalismo se materializó en varias acciones de alto
impacto. La primera y quizás más simbólica fue la creación de la Comisión para
la Auditoría Integral del Crédito Público (CAIC) en 2008, la primera auditoría
de deuda gubernamental en América Latina. El informe concluyó que una parte
significativa de la deuda externa era "inmoral e ilegítima" debido a
contratos corruptos y condiciones abusivas. Sobre esta base, Ecuador declaró
unilateralmente una moratoria sobre el pago de ciertos bonos globales en
diciembre de 2008, y posteriormente realizó una compra a la baja (buyback) a
precios muy reducidos, ahorrando miles de millones de dólares. Los fondos
liberados, que antes consumían hasta tres veces más presupuesto que la
educación y la salud juntas, fueron directamente reinvertidos en programas
sociales y obras públicas. Esta acción no solo mejoró la capacidad de gasto del
Estado, sino que también envió un mensaje claro de independencia frente a los
acreedores internacionales y el FMI. Paralelamente, se impulsó una reforma
tributaria progresiva que duplicó la recaudación mediante mejores mecanismos de
fiscalización y la eliminación de exenciones fiscales para los sectores más
ricos, generando un aumento de cuatro veces en los ingresos estatales. Estas
medidas permitieron financiar un programa de redistribución masivo, que incluyó
el aumento del salario mínimo hasta niveles considerados uno de los más altos
de la región, la expansión del Bono de Desarrollo Humano (BDH) a familias
pobres y la gratuidad de la educación y la salud. Como resultado, se
registraron importantes avances sociales: la pobreza se redujo del 37% en 2007
al 22% en 2017, y el índice de Gini pasó de 0.55 a 0.47, indicando una notable
disminución de la desigualdad.
A
pesar de estos logros, el modelo económico seguía anclado a un paradigma extractivista.
Lejos de superar la dependencia de las materias primas, el gobierno correista
profundizó la lógica de la "neoextractivismo", un término utilizado
para describir cómo gobiernos "progresistas" expanden la extracción a
gran escala mientras mantienen un discurso anti-neoliberal. La principal fuente
de financiamiento para el gasto social y las inversiones estatales fue el
sector petrolero, que siguió siendo el pilar de la economía. Aunque se
invirtieron grandes sumas en infraestructura y servicios sociales, la promesa
de un cambio en la matriz productiva resultó ser en gran medida retórica. El
crecimiento del sector manufacturero (excluyendo la refinación de petróleo) fue
inferior al promedio de la década anterior (3.0% anual contra 5.6%), mientras que
el sector de la construcción experimentó una explosión gracias al gasto
público, sin generar una diversificación industrial sostenible. La economía
continuó orientada hacia la importación de bienes de consumo, lo que exacerbó
los déficits crónicos en la balanza de pagos y condujo a un incremento de la
deuda pública, que triplicó su valor entre 2009 y 2017. Para financiar este
gasto y cerrar los déficits, el gobierno recurrió a préstamos de China, que se
convirtieron en una importante fuente de financiamiento, aunque también
generaron preocupaciones sobre la dependencia y la sostenibilidad de la deuda.
La adopción de la dolarización en 2000, aunque no fue una decisión del gobierno
correista, fue gestionada como un instrumento de estabilidad macroeconómica que
permitió mantener la inflación bajo control y evitar recesiones agudas durante
crisis globales, pero también limitó las herramientas de política monetaria del
Banco Central.
La
siguiente tabla resume los principales indicadores económicos y sociales
durante el mandato de Correa, destacando la dualidad de sus resultados.
|
Indicador |
Valor en 2007 (Inicio) |
Valor en 2017 (Fin) |
Cambio/Resultado |
|
Pobreza |
37%
|
22%
|
Reducción
significativa de 15 puntos porcentuales |
|
Índice
de Gini |
0.55
|
0.47
|
Disminución
de la desigualdad |
|
Crecimiento
del PIB per cápita |
0.6%
(promedio 1980-2006) |
1.5%
(promedio 2006-2016) |
Mejora
en el crecimiento económico relativo |
|
Salario
Mínimo Mensual |
$170 |
$375 |
Aumento
sustancial, considerado alto para la región |
|
Exportaciones
de Materias Primas (% del total) |
74.3% |
83% |
Aumento
de la dependencia extractivista |
|
Deuda
Pública (% del PIB) |
Información
no disponible. |
Triplicó
su valor |
Fuerte
aumento de la deuda pública |
|
Déficit
en Balanza de Pagos |
Información
no disponible |
Crónico
|
Dependencia
de flujos de capital externo |
En
definitiva, el Socialismo del Siglo XXI en Ecuador demostró ser económicamente
viable solo mientras los precios de las materias primas permanecieron altos. La
estrategia de financiar un modelo de desarrollo social y modernización estatal
a través de la renta extractiva resultó ser un camino de ida. Cuando los
precios del petróleo comenzaron a caer a partir de 2014, la economía entró en
una profunda crisis, obligando al gobierno a buscar nuevas formas de
financiamiento y a enfrentar las consecuencias de sus propias políticas de
endeudamiento. La experiencia muestra que la transición hacia un modelo
post-neoliberal no puede depender únicamente de la reasignación de ingresos
generados por el extractivismo, ya que esto perpetúa la misma lógica de dependencia
y volatilidad que se busca superar. La falta de una verdadera transformación de
la matriz productiva dejó al país vulnerable a los ciclos globales y sin las
bases para un desarrollo económico sostenible y equitativo.
Declaraciones de Intención vs.
Políticas de Implantación
La
experiencia del Socialismo del Siglo XXI en Ecuador está marcada por una
tensión insuperable entre sus ambiciosos objetivos ideológicos y sus políticas
de implementación real. Esta brecha no fue un error menor, sino una
contradicción fundamental que afectó a los dos pilares más importantes del
proyecto: el compromiso con un modelo de desarrollo ecológico y la relación con
los movimientos sociales que habían sido parte integral de su origen. El caso
emblemático de esta desconexión es la saga del Yasuní-ITT, un proyecto
visionario que fue abandonado por razones pragmáticas, y la evolución de las
relaciones con organizaciones indígenas como CONAIE, que pasaron de aliadas
estratégicas a adversarias violentas. Estos ejemplos demuestran que, a menudo,
la ideología del Buen Vivir sirvió más como un marco discursivo para la
legitimación del poder que como un principio operativo en la toma de decisiones
económicas y políticas.
La
iniciativa Yasuní-ITT, lanzado en junio de 2007, fue el gesto más audaz y
revolucionario del gobierno correista. Propuso dejar intactos aproximadamente
850 millones de barriles de petróleo (equivalentes al 20% de las reservas
nacionales) debajo de la superficie del Parque Nacional Yasuní, una de las
zonas de mayor biodiversidad del planeta. A cambio, solicitaba una compensación
internacional equivalente al 50% de los ingresos que el país habría generado
con esa energía, es decir, unos 3.600 millones de dólares. El proyecto no era
solo una iniciativa ambientalista; era una apuesta por un futuro
post-capitalista, respetuoso con los derechos de los pueblos indígenas en
aislamiento voluntario que habitaban la zona y una contribución global a la
mitigación del cambio climático, evitando la emisión de unos 410 millones de
toneladas de CO₂.
Ganó un amplio apoyo doméstico (entre 78% y 90%) y aclamación internacional,
posicionando a Ecuador como un líder ético en la lucha por el clima. Sin
embargo, en agosto de 2013, tras seis años de espera, el gobierno de Correa
canceló oficialmente el proyecto, argumentando que la comunidad internacional
no había cumplido con su promesa de financiación, habiendo conseguido apenas el
0.37% de la cantidad solicitada. Correa justificó su decisión afirmando que era
una necesidad pragmática para combatir la pobreza y mejorar las condiciones de
vida en la Amazonia, y anunció la autorización para exploración petrolera en
una pequeña parte del parque, prometiendo utilizar tecnologías más avanzadas
para minimizar el impacto ambiental.
Este
abandono representó un punto de inflexión ideológico y político. Figuras clave
que habían ayudado a formular la Constitución y el proyecto, como Alberto
Acosta y Eduardo Gudynas, se convirtieron en feroces críticos del gobierno,
acusándolo de traicionar los principios biocéntricos y anti-capitalistas que la
Constitución de 2008 había proclamado. Para ellos, la decisión de Yasuní-ITT
demostró que el pragmatismo económico y la prioridad del gasto social
financiado por la renta petrolera habían prevalecido sobre el compromiso
ecológico, validando la crítica de que el modelo seguía siendo capitalista en
sus fundamentos. La acción del gobierno demostró que la soberanía sobre los
recursos naturales, aunque centralizada en el poder ejecutivo, se interpretaba
de manera eminentemente extractivista, anulando el espíritu de los derechos de
la naturaleza. El proyecto se convirtió en el símbolo más claro de la brecha
entre la retórica del Buen Vivir y la práctica del neoextractivismo,
revelando que la protección del medio ambiente podía ser sacrificada cuando
chocaba con los imperativos del desarrollo estatal.
Paralelamente,
la relación con los movimientos sociales, especialmente con la Confederación de
Nacionalidades Indígenas de Ecuador (CONAIE), siguió un patrón similar de
ruptura. Inicialmente, Correa cultivó una alianza estratégica con CONAIE,
aprovechando su respaldo para ganar la presidencia y garantizando que demandas
clave como la plurinacionalidad y los derechos de la naturaleza fueran
incluidas en la Constitución. Sin embargo, a partir de 2009, las disputas se
intensificaron, girando en torno a la expansión de proyectos extractivos como
la minería y las hidroeléctricas, que a menudo afectaban territorios
ancestrales y áreas protegidas. El gobierno centralizado ignoró cada vez más
los procesos de consulta previa y consentimiento de las comunidades, que la
Constitución solo exigía en su versión más débil de "consulta previa"
en lugar de un veto efectivo. Las protestas indígenas y campesinas contra estos
proyectos fueron sistemáticamente criminalizadas. Entre 2009 y 2014, el
gobierno encarceló a más de 200 manifestantes pacíficos, incluyendo decenas de
líderes indígenas. En casos extremos, como la represión militar contra las
comunidades Shuar en Morona Santiago en 2016, se utilizaron helicópteros y
bombas incendiarias para expulsar a los pobladores que se oponían a un proyecto
minero chino. Este antagonismo creciente llevó a CONAIE a adoptar una postura
corporativista, oponerse a legislaciones clave como la ley de aguas y alinearse
con la oposición derechista para derrocar al gobierno, culminando en su apoyo a
la rebelión policial-militar del 30 de septiembre de 2010. La narrativa correista
de "el pueblo contra las elites" terminó por convertir a los mismos
movimientos populares que habían contribuido a su victoria en opositores
peligrosos que debían ser neutralizados. Esta evolución evidenció que la
centralización del poder y la prioridad del proyecto de desarrollo estatal
habían subordinado los intereses ecosociales y las autonomías comunitarias a
los imperativos del gobierno.
|
Aspecto
de Contradicción |
Declaración de Intención / Ideología |
Política de Implementación Real |
|
Modelo
de Desarrollo |
Buen
Vivir (Sumak Kawsay) como alternativa al
capitalismo, enfocado en la armonía con la naturaleza. |
Expansión
de la extracción de recursos naturales (petróleo, minería) para financiar el
gasto social y el desarrollo estatal (neoextractivismo). |
|
Protección
Ambiental |
Reconocimiento
constitucional de los Derechos de la Naturaleza (Pachamama) y
prohibición de la privatización del agua. |
Abandono
de la iniciativa Yasuní-ITT para permitir la extracción de petróleo en un
área protegida, alegando necesidades de desarrollo. |
|
Relación
con Pueblos Indígenas |
Reconocimiento
constitucional como "Pueblos Originarios" dentro de un "Estado
Plurinacional", con autonomía cultural y territorial. |
Ignorancia
de procesos de consulta previa y consentimiento, criminalización de protestas
indígenas y uso de la fuerza militar para reprimir oposiciones. |
|
Economía |
Promoción
de una economía solidaria y popular, priorizando el trabajo sobre el capital. |
Mantenimiento
de altos niveles de concentración empresarial y beneficios para el capital
privado, especialmente en el sector extractivo. |
|
Política
Exterior |
Rechazo
al imperialismo estadounidense, expulsión de bases militares y alianzas con
gobiernos no alineados. |
Dependencia
creciente de préstamos de China y mantenimiento de una lógica de dependencia
económica similar a la del pasado. |
En
conclusión, la gran contradicción del proyecto correista reside en esta
desconexión sistémica. La ideología del Buen Vivir funcionó como un
poderoso vehículo para la movilización política y la legitimación del poder,
pero careció de la fuerza para imponerse sobre las estructuras económicas y
políticas existentes. La dependencia de los ingresos extractivos y la necesidad
de mantener el gasto social generaron una presión constante que hacía
inevitable la expansión de la extracción, socavando los propios principios
ecológicos y sociales que se suponía debían guiar el proyecto. Esta
inconsistencia interna no fue una falla accidental, sino una consecuencia
estructural de intentar construir un modelo socialista sobre los cimientos de
un capitalismo extractivista.
Del Aliado Estratégico al Opositor
Antagónico
Las
relaciones del gobierno de Rafael Correa con los movimientos sociales,
particularmente con la Confederación de Nacionalidades Indígenas de Ecuador
(CONAIE), constituyen uno de los aspectos más reveladores y dramáticos de la
trayectoria del Socialismo del Siglo XXI. La evolución de esta relación, que
pasó de una alianza estratégica crucial para la victoria electoral a un
conflicto abierto y violento, ilustra la tensión inherente entre la ideología
populista de "la gente contra las elites" y la realidad de la
consolidación de un poder ejecutivo altamente centralizado. Inicialmente,
Correa entendió y utilizó hábilmente el peso político de los movimientos indígenas
y campesinos para construir su proyecto. Sin embargo, una vez en el poder, sus
acciones demostraron que la soberanía nacional que defendía estaba firmemente
concentrada en la capital, Quito, y que cualquier obstáculo para sus planes de
desarrollo —ya fuera de índole ambiental o política— sería tratado como una
amenaza a la integridad del Estado.
La
fase inicial, desde 2006 hasta mediados de 2009, estuvo marcada por una
colaboración pragmática. Correa, en su campaña electoral, se presentó como el
candidato de la "revolución ciudadana", un proyecto que aspiraba a
transformar a Ecuador y que encontró eco en sectores populares tradicionalmente
marginados. Su apoyo a la idea de una nueva constitución, impulsada por las
movilizaciones sociales de décadas anteriores, fue clave para su triunfo. Una
vez en el poder, el gobierno correista aprovechó activamente esta conexión.
Reconoció formalmente la participación de CONAIE y otros movimientos en el
proceso constituyente, asegurando que demandas históricas como la
plurinacionalidad, el reconocimiento de los derechos de la naturaleza y la
autonomía territorial fueran incorporadas en el texto final de la Constitución
de 2008. Este acuerdo estratégico benefició a ambos: Correa obtuvo la
legitimidad de un consenso popular amplio y el respaldo de una de las fuerzas
sociales más organizadas del país, mientras que CONAIE vio sus principales
reivindicaciones jurídicamente garantizadas por primera vez en la historia del
país. Durante este período, el gobierno correista parecía genuinamente
comprometido con un diálogo intercultural y participativo, como se evidenció en
la creación del Consejo de Participación Ciudadana y Control Social (CPCCS),
que buscaba integrar a la sociedad civil en el monitoreo del Estado.
Sin
embargo, a partir de 2009, esta alianza comenzó a desmoronarse rápidamente. La
causa principal del conflicto fue la creciente agresión del gobierno hacia los
territorios indígenas y las áreas protegidas, impulsada por la necesidad de
financiar su modelo de desarrollo a través de la intensificación del
extractivismo. Proyectos como la Ley de Agua, que muchos consideraron un ataque
a la soberanía hídrica y un paso hacia la privatización indirecta, y la
expansión de la minería en zonas sensibles, generaron una fuerte oposición por
parte de CONAIE y sus aliados. El gobierno, en respuesta, adoptó una postura
cada vez más autoritaria. Se negó a negociar seriamente sobre estos temas,
insistiendo en que la soberanía nacional sobre los recursos era inalienable y
debía prevalecer sobre cualquier otra consideración. La percepción de que el
gobierno estaba ignorando los procesos de consulta previa y consentimiento, que
la Constitución solo establecía de manera débil, alimentó la frustración. Las
protestas indígenas, que incluían bloqueos de carreteras y marchas hacia Quito,
fueron interpretadas por el gobierno no como una expresión legítima de la
ciudadanía, sino como intentos de sabotaje al desarrollo nacional y, en
ocasiones, como conspiraciones orquestadas por la oposición derechista.
El
punto de quiebre llegó con la brutal represión de las protestas. En lugar de
buscar soluciones negociadas, el gobierno optó por la confrontación. La
intervención militar en el territorio de las comunidades Shuar en Morona
Santiago en 2016, que involucró el uso de helicópteros y bombas incendiarias
para desalojar a los manifestantes, es un ejemplo paradigmático de esta
política. Además, el gobierno inició una campaña judicializada contra los
líderes indígenas, acusándolos de terrorismo, sedición y otros delitos graves.
Más de 200 personas fueron encarceladas por participar en protestas pacíficas,
y figuras prominentes como Marlon Santi y Monica Chuji Gualinga fueron
denunciadas por violar los derechos de la naturaleza y a los pueblos en
aislamiento voluntario. Esta persecución judicial fue vista por muchos
observadores internacionales y organizaciones de derechos humanos como un
intento de silenciar a la oposición y criminalizar el activismo social. El
antagonismo se volvió tan intenso que, en el levantamiento policial-militar del
30 de septiembre de 2010, algunos líderes de CONAIE, como Leonidas Iza,
apoyaron a los insurgentes, quienes llegaron a pedir la muerte del presidente
Correa por radio. Este evento marcó el fin definitivo de la alianza y selló la
ruptura entre el gobierno y una parte fundamental de la izquierda ecuatoriana.
La
evolución de las relaciones con los movimientos sociales demuestra una dinámica
de poder típica de los regímenes populistas autoritarios. Al principio, el
liderazgo carismático utiliza las demandas de los movimientos sociales para
construir un proyecto de cambio. Una vez en el poder, la necesidad de
consolidar el control y llevar a cabo una agenda de desarrollo impone una
lógica de centralización que entra en conflicto con las autonomías y los
intereses locales. La respuesta del gobierno correista no fue la negociación o
la adaptación, sino la represión y la criminalización. Esta política no solo
alienó a una de las fuerzas sociales más importantes del país, sino que también
erosionó el propio proyecto de Buen Vivir, que dependía de una base
social amplia y participativa para su implantación. La historia de la relación
con CONAIE es, por tanto, un testimonio de cómo el Socialismo del Siglo XXI,
lejos de empoderar a las comunidades, terminó por reprimirlas en nombre de una
visión de desarrollo nacionalista y extractivista.
Polarización, Crisis y la Lucha por el
Futuro Nacional
El
fin del mandato de Rafael Correa en mayo de 2017 no significó el ocaso del
debate sobre el Socialismo del Siglo XXI en Ecuador, sino más bien la
consolidación de su legado como un terreno minado de contradicciones que
continúa moldeando profundamente la política, la economía y la sociedad del
país. Su experiencia dejó una huella indeleble en la estructura del poder, la
cultura política y las relaciones sociales, creando un campo de batalla
ideológico que divide a la nación en irreconciliables correístas y
anti-correístas. El legado es multifacético: por un lado, se reconoce la
reducción de la pobreza y la mejora de los indicadores sociales; por otro, se
critica la erosión de las instituciones democráticas, la acumulación de deuda y
la perpetuación de un modelo económico vulnerable. La lucha por el futuro de
Ecuador hoy se libra en gran medida sobre las ruinas de este proyecto, con
sucesores posteriores intentando desmantelarlo y sus seguidores buscando
recuperar sus logros, mientras movimientos sociales resisten desde la base.
Uno
de los legados más persistentes y destructivos ha sido la consolidación de una
profunda polarización política. La narrativa correista de "la gente contra
las elites" y "el pueblo contra los golpistas" fomentó un
antagonismo personalista y excluyente que dejó una división arraigada en la
sociedad. La cultura política ecuatoriana quedó fragmentada en dos campos
opuestos, donde la deslegitimación mutua se convirtió en la norma. Esta
polarización ha erosionado la posibilidad de un diálogo político constructivo y
ha facilitado el uso de estados de emergencia y medidas autoritarias por parte
de todos los gobiernos, independientemente de su ideología, para manejar la
inseguridad y la violencia. La herencia de Correa también incluye una serie de
reformas institucionales que, aunque diseñadas para fortalecer su gobierno, han
creado un sistema complejo y a menudo antidemocrático. La abolición de las
limitaciones de mandato presidencial, la creación de un hipercentralizado
aparato burocrático de "coordinación ministerial" y la
judicialización de la política para silenciar a la oposición son elementos
estructurales que han perdurado. El abandono de las limitaciones de mandato, en
particular, fue revertido por el presidente Lenin Moreno en un referéndum de
2018, lo que demuestra la magnitud del cambio de rumbo que tuvo lugar después
de 2017, pero también la facilidad con la que los elementos del modelo correista
pueden ser deshechos.
Tras
el fin del correísmo, Ecuador inició una drástica vuelta a la derecha. El
gobierno de Lenin Moreno (2017–2021), sucesor elegido por Correa, rompió
abruptamente con su mentor, restableciendo las limitaciones de mandato,
distanciándose de Nicolás Maduro y reorientando la política exterior hacia Occidente.
Su administración se caracterizó por un repliegue hacia políticas neoliberales,
la reintegración a organismos financieros internacionales como el FMI y la
promoción de un modelo de "estado con sobrepeso" que, según críticos,
pretendía desmantelar los avances sociales del gobierno anterior. Este giro,
sin embargo, no logró resolver los problemas estructurales del país. La
inseguridad, exacerbada por la proliferación de carteles del narcotráfico,
escaló de forma alarmante. El homicidio, que había caído a mínimos históricos
durante el gobierno de Correa, se disparó, doblando entre 2020 y 2021 y
nuevamente entre 2021 y 2022, convirtiendo a Ecuador en uno de los países más
violentos de la región. La incapacidad del estado para contener la violencia y
la ineficacia de las políticas de seguridad de los gobiernos posteriores
llevaron a la elección de Guillermo Lasso en 2021, quien prometió una política
más dura. Su gobierno, sin embargo, también fracasó en generar un crecimiento
económico sostenido y fue objeto de una fuerte presión social por sus medidas
de ajuste. Finalmente, el actual gobierno de Daniel Noboa (2023-presente) ha
respondido a la crisis de inseguridad con una estrategia de "guerra
total" contra los grupos criminales, declarando un "conflicto armado
interno", movilizando al ejército en las calles y en las prisiones, y
suspendiendo derechos fundamentales. Esta escalada represiva refleja la
profunda crisis de gobernabilidad que el país atraviesa, una crisis cuyas
raíces se encuentran en la debilidad institucional y la falta de oportunidades
socioeconómicas heredadas y, en parte, profundizadas por las políticas de los
últimos años.
En
este contexto, el debate por el futuro de Ecuador se articula en torno a la
herencia del Socialismo del Siglo XXI. Por un lado, el gobierno de Noboa y sus
aliados buscan deshacer los logros más emblemáticos de la era correista. En un
referéndum de noviembre de 2025, se propuso la convocatoria de una nueva
asamblea nacional constituyente para reemplazar la Carta Magna de 2008 y la
derogación de su prohibición de bases militares extranjeras, lo que implicaría
reabrir la puerta a una presencia estadounidense en Ecuador. Estas propuestas
buscaban eliminar las herramientas legales que protegen el medio ambiente, los
derechos indígenas y la soberanía económica, el pueblo ecuatoriano le dijo No a
Noboa en un 60%. Por otro lado, movimientos sociales como CONAIE, herederos de
la lucha por el Buen Vivir, continúan resistiendo desde la base.
Articulan un programa alternativo que combina la defensa del medio ambiente, la
implementación plena de la plurinacionalidad, la oposición al extractivismo y
una solución a la inseguridad basada en la justicia social y la inversión en
las comunidades, no en la represión militar. La lucha de CONAIE por el
cumplimiento de la Constitución, que consideran un documento
"declaratorio" sin implementación material, es una continuación de la
lucha original por un desarrollo alternativo.
En
resumen, el legado del Socialismo del Siglo XXI en Ecuador es una historia
compleja de avances sociales significativos y una profunda crisis institucional
y moral. Para una audiencia política, ofrece varias lecciones críticas.
Primero, demuestra que un marco ideológico innovador y popular no es suficiente
si sus finanzas y su lógica de desarrollo permanecen atadas a modelos
extractivistas. Segundo, ilustra el peligro de la hegemonía constitucional,
donde una reforma radical puede crear rigidez institucional que dificulta
futuros cambios. Tercero, muestra que la centralización del poder, aunque puede
ser eficaz para impulsar cambios masivos, también es la fuente de la erosión
democrática y la crisis de gobernabilidad. Finalmente, la experiencia
ecuatoriana sirve como una advertencia sobre los efectos a largo plazo de la
política de antagonismo, que deja una división social que socava la cultura
política y facilita respuestas autoritarias de ambos lados. La tarea pendiente
para la política ecuatoriana es reconciliar los logros sociales del proyecto correista
con la necesidad de construir un modelo de desarrollo sostenible y una cultura
democrática que pueda sanar las heridas de la polarización.
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