La Violencia Estatal y la
Resistencia Literaria en la América Latina Contemporánea.
Explorando la Geografía Metropolitana
de la Violencia y la Resistencia Íntima
La obra del escritor chileno José Baroja (nacido
Ramón Mauricio González Gutiérrez en 1983) representa un punto de inflexión
crucial en la representación literaria de la violencia estatal en América
Latina contemporánea. A diferencia de tradiciones precedentes que a menudo
centraban la violencia en eventos históricos definidos como dictaduras o
conflictos armados, Baroja dirige su lente crítico hacia las formas más
sutiles, cotidianas y estructurales de opresión que perviven en las grandes
urbes modernas. Su proyecto literario se define como una exploración de lo
humano y lo insólito desde lo cotidiano y lo marginal, buscando revelar las
heridas ocultas por debajo de la superficie de la vida urbana. La violencia
estatal, para Baroja, no es solo un acto de represión visible, sino una
presencia constante en la precariedad, la exclusión social, la alienación y la
normalización de la brutalidad que definen la experiencia metropolitana. Este
autor, que vive en Guadalajara, México, desde 2018 ha profundizado su
perspectiva, sitúa a la ciudad misma como un actor violento, una "entidad
antropófaga" que moldea y devora a sus habitantes, especialmente a los más
vulnerables .
Un ejemplo paradigmático de esta visión es su cuento
"Desapariciones", donde una joven periodista, Javiera, comienza a
experimentar la misteriosa desaparición de objetos personales tras publicar
artículos incriminatorios sobre la conspiración entre narcotráfico, políticos
corruptos y la indiferencia social ante los secuestros. Esta pérdida gradual de
pertenencias se convierte en una poderosa metáfora de la erosión de la
identidad individual frente a estructuras de poder opresivas, ilustrando cómo
la violencia sistémica opera a nivel personal y simbólico. La eventual
desaparición real de Javiera sirve como un símbolo contundente de los riesgos
que enfrentan los periodistas críticos en entornos represivos. Este relato,
junto con otros en colecciones como El lado oscuro de la sombra y
otros ladridos y Sueño en Guadalajara y otros
cuentos, construye una cartografía de la neofantástica y el realismo
social que revela las grietas éticas, sociales y emocionales de la vida
contemporánea. La violencia en su obra es a menudo invisible, ligada a la
desaparición forzada, la corrupción institucional y la impunidad, mostrando
cómo estas fuerzas invisibles matan la memoria y la dignidad de las víctimas.
Frente a esta realidad, la resistencia literaria de
Baroja adopta una forma radicalmente subjetiva y ética, que él denomina una
"política íntima". Para Baroja, "literatura es un acto
político", pero su compromiso no se manifiesta a través de proclamas ideológicas
o denuncias explícitas. En cambio, su resistencia reside en la elección de
narrar las vidas de aquellos excluidos por la sociedad y la historia:
prostitutas, vagabundos, personas mentalmente enfermas, niños y perros
callejeros. Narrar estas historias es, para él, un "acto de justicia
simbólica" que resiste la indiferencia generalizada y el olvido
institucional. Al dar voz a quienes están fuera del discurso normalizado,
Baroja busca sabotear la comodidad narrativa y social, forzando al lector a confrontar
realidades incómodas. La violencia, en este sentido, es también un campo de
batalla donde se cuestiona quién tiene derecho a ser escuchado y visto.
Una de las herramientas más potentes de esta
resistencia es el uso estratégico de la neofantástica. Baroja emplea el
elemento fantástico no como un recurso meramente estético o exótico, sino como
un "amplificador de tensiones sociales y emocionales". Transforma lo
ordinario en misterio para iluminar fracturas sociales sistémicas a través de
experiencias personales. Un caso notable es el cuento "Un hijo de
perra", narrado por un perro mestizo y callejero. Utilizando una tradición
literaria que va desde Cervantes hasta Natsume Soseki, el perro actúa como un
observador privilegiado, sin ser visto, capaz de percibir verdades ocultas y
señalar las "perrerías" de la sociedad con una ironía, ternura y
rabia inconfundibles. El animalismo le permite acceder a una perspectiva
marginal que exponga las crueldades de la condición humana sin caer en sermones
morales. De manera similar, en "De lo que ocurrió al minúsculo profesor
Juan Pablo", una transformación fantástica que hace que un profesor de
historia decrezca física y existencialmente funciona como una poderosa alegoría
contra la invisibilización y el descuido institucional de los educadores en la
sociedad moderna. En ambos casos, el fantastique se convierte en un "tren
de moral" —un espacio para el pensamiento, la resistencia y sentir el peso
de la humanidad— que desafía la complacencia del lector. Baroja aspira a una
tensión deliberada en su prosa, donde cada palabra y coma buscan
"acariciar y perturbar simultáneamente", transformando la belleza en
un acto de resistencia constante. Su proyecto literario, por tanto, se presenta
como una búsqueda de una lucidez incómoda, acompañada de una "ternura
difícil", que deja una "herida que late" como eco de una
humanidad rota pero aún resistente.
|
José Baroja |
La violencia estatal es principalmente
estructural, metropolitana y simbólica, manifestándose en la corrupción, la
desaparición forzada y la normalización de la brutalidad en la vida urbana. |
Uso de la neofantástica para amplificar
tensiones; narrativa desde los márgenes (animalismo, personajes desposeídos);
"política íntima" y acto de justicia simbólica. |
|
"Desapariciones" |
La violencia sistémica erosiona la identidad
individual y lleva a la desaparición física de quienes desafían a las
estructuras de poder corruptas. |
Metáfora de la pérdida de objetos y la propia
desaparición de la protagonista como símbolo de la amenaza a la verdad y la
existencia. |
|
"Un hijo de perra" |
La violencia social se manifiesta a través de la
exclusión y la crueldad hacia los marginados, personificados por un perro
callejero. |
Animalismo como perspectiva marginal que permite
una visión irónica y crítica de la sociedad sin caer en el panfleto moralista. |
Contrastes entre
Dictadura, Conflictos Armados e Historia Colonial
Si bien José Baroja se enfoca en la violencia
cotidiana y estructural de la metrópoli contemporánea, otros autores
latinoamericanos han explorado facetas distintas pero igualmente devastadoras
de la violencia estatal, situándola en contextos de dictadura militar,
conflicto armado interno y dominación colonial. La obra de Patricio Pron, un
destacado exponente de la "literatura de la postmemoria", ofrece una
mirada profunda a la herencia duradera de la violencia de la dictadura
argentina. Para Pron, la violencia no concluyó con el fin del régimen militar;
persiste como una "sombra amenazante" o un "fantasma" que
atraviesa las vidas de las generaciones posteriores, quienes la heredan como un
trauma difuso y fragmentado. Su novela My Fathers' Ghost Is Climbing
in the Rain investiga cómo esta nueva generación intenta
relacionarse con un pasado de terror que no vivieron directamente, pero que
define su presente. La violencia estatal en su obra es la persecución
sistemática, la desaparición forzada y la continuidad de la hostilidad incluso
después de la transición democrática, como se evidencia en el caso ficticio de
Burdisso, basado en hechos reales de familias asesinadas mientras buscaban
reparaciones. La resistencia aquí no es un acto político público, sino un
proceso íntimo de reconstrucción de la memoria, utilizando técnicas narrativas
como listas, descripciones ekfrásticas de fotos de desaparecidos y la
integración de clippings periodísticos para procesar un dolor que la historia
oficial ha silenciado.
En contraste con el enfoque concentrado en el
pasado reciente de Pron, el escritor peruano Daniel Alarcón aborda la violencia
estatal a través de su impacto en la memoria colectiva durante y después de un
conflicto armado interno prolongado, específicamente la guerra de Sendero
Luminoso en Perú (1980-2000). En su novela Lost City Radio, la
violencia estatal se manifiesta no solo a través de la acción militar directa,
sino también a través de la "enforced forgetting" (olvido forzado)
impuesto por una dictadura posconflicto que prohíbe cualquier discusión sobre
la guerra. La reconstrucción urbana, como el derribo de un barrio popular para
construir un nuevo centro comercial llamado "Newton Plaza", simboliza
la creación de una "monumento al olvido". Aquí, la resistencia
literaria se articula a través de la salvaguarda de la memoria a través de
objetos simbólicos, como un rompecabezas que representa el antiguo corazón
cultural de la ciudad perdido. Además, Alarcón utiliza la traducción y la
lengua como actos de resistencia cultural. Al escribir en inglés, retiene
palabras en español sin explicación, obligando al lector angloparlante a entrar
en contacto con una realidad diferente y descubriendo paralelos universales en
las luchas locales contra la injusticia, el despojo y la deshumanización. Su
trabajo sitúa la experiencia peruana dentro de un diálogo global, desafiando
las narrativas hegemónicas centradas en Norteamérica y demostrando que las
luchas contra la desigualdad y la opresión son compartidas a nivel planetario.
Por otro lado, Eduardo Galeano, figura fundacional
de la literatura comprometida en América Latina, eleva el análisis de la
violencia estatal a la dimensión de la macrohistoria y la economía política. Su
obra, caracterizada por una prosa poética y visceral, se dedica a desmantelar
las narrativas oficiales de la conquista y la colonización, revelando un siglo
de saqueo y explotación sistemática por parte de potencias extranjeras. En
obras como Abriendo Venas de América y la Trilogía de la Memoria del Fuego, Galeano documenta
cómo la violencia estatal y económica, respaldada por el extractivismo, ha sido
la piedra angular de la historia latinoamericana, enriqueciendo a unos pocos a
costa de la riqueza y la vida de los pueblos originarios. La violencia de
Galeano es la violencia histórica: la conquista militar, la esclavitud, la
explotación laboral y la destrucción del medio ambiente, todo ello legitimado
por un sistema económico que prioriza el beneficio sobre la vida humana. Su
resistencia literaria es frontal y declarada. Utilizando una mezcla de ensayo,
folklore, poesía y testimonio, crea contra-narrativas que dan voz a los
silenciados: los indígenas, los esclavizados, los trabajadores y los rebeldes.
Para Galeano, contar historias es un acto de resistencia inherente, una forma
de recuperar la memoria colectiva y celebrar la dignidad humana frente a la
historia oficial que la niega. Su legado demuestra que la literatura puede ser
una herramienta fundamental para la justicia histórica y la conciencia social,
conectando las luchas pasadas con las crisis contemporáneas como la desigualdad
y la crisis climática.
De la Reescritura Histórica a la Postmemoria
Fragmentada
La literatura contemporánea latinoamericana ha
desarrollado un arsenal diverso de estrategias formales y temáticas para
resistir la violencia estatal y combatir la amnesia que esta genera. Estas
tácticas van desde la reescritura radical de la historia hasta la manipulación
de la temporalidad y la memoria, demostrando que la forma narrativa es
inseparable de su contenido político. Una de las formas más potentes de
resistencia es la creación de contra-narrativas, un enfoque arquetípicamente
asociado a Eduardo Galeano. Su estilo híbrido, que fusiona historia, poesía y
folklore, está diseñado para desmontar las versiones simplificadas y
glorificadas de la historia oficial. Al centrar sus relatos en los subalternos
y utilizar una prosa vívida y a menudo surrealista, Galeano logra humanizar
eventos históricos masivos y poner de relieve la agencia de los oprimidos. Por
ejemplo, en Memoria del Fuego, el uso de cientos de breves
vignettes no lineales permite que múltiples voces y perspectivas dialoguen,
desafiando la cronología única impuesta por los historiadores victoriosos. Esta
resistencia es, por tanto, tanto formal como sustantiva: al cambiar la
estructura de la historia, se cambia la comprensión de ella misma.
Otra estrategia fundamental es el manejo de la
memoria y la postmemoria, particularmente relevante en las sociedades que han
transitado de regímenes autoritarios. Como se ve en la obra de Patricio Pron,
la violencia de la dictadura no se apaga con la restauración de la democracia;
su eco pervive en la familia y en la cultura. La "postmemoria", un
concepto que describe la relación de las generaciones posteriores con un trauma
histórico que no experimentaron directamente, se convierte en el motor creativo
de la ficción. Los autores no buscan simplemente reconstruir el pasado, sino
crear nuevas formas de memoria en respuesta a la amnesia social y la erasure
política. Pron utiliza la fragmentación, la lista y la incorporación de
materiales de archivo para reflejar la dificultad de procesar un dolor tan
profundo. De manera similar, Julián Fuks en A resistência evita
mostrar directamente las imágenes de sus tíos desaparecidos, optando por
descripciones ekfrásticas de fotografías, un gesto que honra su ausencia y
representa el vacío que dejaron en la memoria familiar. Esta resistencia a la
imagen directa es una forma de afirmar la centralidad del trauma sin caer en la
espectacularización. Alejandro Zambra, en Bonsái, toma esto un
paso más allá al usar fragmentos textuales cortos con nombres de personajes
intercambiables, imitando la naturaleza efímera y el vacío de la memoria
post-dictatorial. Estas técnicas narrativas son, en sí mismas, un acto de
resistencia contra la tendencia a olvidar o a reducir complejas historias
familiares a datos fácticos.
Finalmente, la resistencia se manifiesta a través
de una reimaginación deliberada de la temporalidad. Nicolás Campisi, en su
análisis del "Return of the Contemporary", critica la
"presentism", una sensibilidad temporal basada en la nostalgia de un
pasado idealizado que paraliza la imaginación de futuros alternativos. Los
novelistas contemporáneos responden a esta parálisis rechazando la cronología
lineal y explorando estructuras temporales complejas. Valeria Luiselli en Los ingrávidos oscila entre la crisis financiera de
2001 en México y el crack bursátil de 1929 en Nueva York, fusionando diferentes
épocas para representar el "contemporáneo" como un tiempo sin
fronteras entre pasado, presente y futuro. Esta ruptura con el tiempo lineal es
una forma de resistencia contra la teleología del progreso impuesta por las
élites, que a menudo justifica la opresión bajo el velo de un desarrollo
inevitable. Al hacerlo, estos autores defamiliarizan la historia para abrir
"horizontes especulativos" y permitir la imaginación de futuros
posibles. La forma narrativa se convierte así en un campo de batalla donde se
disputa no solo la representación del presente, sino también la capacidad de
concebir un futuro distinto. La literatura, en este sentido, se posiciona como
un espacio para gravitar con las complejas emociones de la crisis y para
imaginar horizontes políticos y afectivos que trascienden tanto el pesimismo
apocalíptico como el optimismo ingenuo.
Violencia Estructural, Neoliberalismo y Crisis
Ambiental
Más allá de los traumas históricos de dictaduras y
guerras, la violencia estatal contemporánea en América Latina a menudo se
manifiesta de manera menos visible pero igualmente destructiva a través de la
estructura económica y social, particularmente bajo el imperio del
neoliberalismo. Esta forma de violencia es sistémica, operando a través de la
negligencia estatal, la corrupción endémica, la erosión de las instituciones
democráticas y la perpetuación de la desigualdad. José Baroja, con su intensa
focalización en la geografía urbana, es uno de los autores que mejor capturan
esta dinámica. En su visión, la ciudad metropolitana se convierte en el
epicentro de esta violencia, donde la promesa de progreso y desarrollo oculta
una realidad de exclusión y precariedad. Baroja contrasta la situación en Chile,
que tiende a ocultar sus heridas detrás de una fachada de estabilidad
democrática, con la de México, donde el trauma de la violencia es más abierto y
resignado, parte integral de la cultura expresada en altares para los
desaparecidos. Ambos contextos, sin embargo, son "rotos" y exhiben
una forma de dolor que se expresa de maneras distintas, ya sea a través de la
contención o la exposición.
Esta violencia estructural encuentra una respuesta
literaria innovadora en el género de "eco-horror" analizado por Nicolás
Campisi. Este término describe una estética que surge como respuesta a la
crisis climática y a la degradación ambiental causada por proyectos
extractivistas apoyados por gobiernos, policías y grupos criminales. La
violencia estatal en este contexto es la que protege y facilita la explotación
de recursos naturales, a menudo en territorios de comunidades indígenas y
campesinas, resultando en la destrucción del ecosistema, el desplazamiento
forzado y un alto índice de asesinatos de defensores de la tierra. Novelas como
El huésped de Guadalupe Nettel o Distancia de rescate de Samanta Schweblin utilizan
elementos góticos y de horror para visualizar los fracasos de los proyectos de
modernización y las consecuencias catastróficas del extractivismo. En El huésped, una mujer ciega por parásitos se une a una
comunidad de ciegos underground en la Ciudad de México para luchar contra el
neoliberalismo a través del conocimiento indígena, mientras que en Distancia de rescate, la contaminación agroquímica de
los niños se narra a través de dos mujeres que habitan diferentes momentos
temporales, vinculando el pasado agrícola con el presente industrial y su
devastadora huella ecológica. El eco-horror, por tanto, es una forma de
resistencia que utiliza el lenguaje del miedo y la anormalidad para dar voz a
las víctimas silenciosas del ecocidio y para imaginar futuros sostenibles a
partir de las ruinas de la modernidad fallida.
La crisis de las instituciones estatales es otro
frente clave de esta violencia estructural. El colapso de la confianza en las
estructuras gubernamentales y judiciales, exacerbado por la corrupción, crea un
vacío de poder que alimenta la inseguridad y la impunidad. La narrativa de
Baroja sobre la desaparición forzada es un claro ejemplo de esta dinámica,
donde el estado no solo es cómplice, sino activamente responsable de la
desaparición de individuos. Esta falta de institucionalidad se refleja en la
forma de sus relatos, que a menudo carecen de una resolución clara, dejando al
lector con una sensación de suspicacia y malestar. Baroja rechaza ofrecer
soluciones fáciles, prefiriendo generar dudas que inviten a la reflexión sobre
la naturaleza de la realidad y la crueldad inherente del mundo. La resistencia
en este marco no es una rebelión abierta, sino una forma de vigilancia ética y
una insistencia en nombrar las realidades incómodas. La literatura, en este
sentido, se convierte en un ejercicio de responsabilidad colectiva frente a una
crisis multifacética que abarca no solo la política y la economía, sino también
el medio ambiente y la memoria histórica. Los autores contemporáneos, al
combinar enfoques de estudios postdictatoriales, humanidades ambientales y
estudios de la memoria, demuestran que la violencia estatal del siglo XXI es un
fenómeno complejo y transversal que requiere un tipo de narrativa igualmente
complejo para ser comprendido y resistido.
La Literatura como Campo de Batalla Ético y
Creativo
En síntesis, el
análisis de la obra de José Baroja junto con la de otros autores contemporáneos
revela que la literatura en América Latina se ha consolidado como un campo de
batalla simbólico donde se investiga, representa y resiste la violencia estatal
en sus múltiples facetas. Lejos de ser un simple reflejo de la realidad, la
ficción contemporánea actúa como un laboratorio creativo para imaginar formas
de resistencia ética y política frente a sistemas de opresión que van desde la
dictadura y el conflicto armado hasta la corrupción sistémica y la crisis
ambiental. La tesis central que emerge es que la literatura funciona como un antídoto
contra el olvido forzado y la manipulación histórica, utilizando diversas
estrategias narrativas para desafiar las versiones oficiales de la realidad.
Mientras que figuras como Eduardo Galeano se adhieren a una resistencia
declarada a través de la reescritura radical de la historia colonial y
económica, autores como Daniel Alarcón emplean la traducción y la perspectiva
transnacional para conectar las luchas locales con un debate global sobre la
injusticia. La herencia de la violencia se explora a través de la postmemoria
en la obra de Patricio Pron, donde el trauma se convierte en una fuente de
creación artística que busca reconstruir memorias fragmentadas.
El caso de José Baroja es particularmente
significativo porque encapsula la evolución de la representación de la
violencia estatal hacia sus manifestaciones más sutiles y estructurales. Su
obra demuestra que la violencia no siempre es un evento dramático, sino que
puede ser una presencia continua en la cotidianidad de las ciudades,
manifestándose a través de la desaparición forzada, la corrupción institucional
y la normalización de la crueldad. Su resistencia es, por tanto, íntima y
ética, una "política íntima" que consiste en dar voz a los marginados
y en usar la neofantástica como un "amplificador de tensiones" para
revelar realidades ocultas. Esta resistencia no busca la solución fácil, sino
que aspira a generar una lucidez incómoda en el lector, cuestionando la
comodidad y la complacencia. La elección de la forma narrativa, ya sea la prosa
poética de Galeano, la estructura no lineal de Campisi o el animalismo de
Baroja, no es un mero recurso estético, sino una decisión estratégica que
constituye la resistencia en sí misma.
Finalmente, la investigación de curadores como
Nicolás Campisi muestra que estos problemas no son específicos de un país, sino
que comparten una "vocabulario temático" común en toda la región,
respondiendo a crisis compartidas como el neoliberalismo, la migración forzada
y la poscolonialidad. La literatura contemporánea, a través de géneros
innovadores como el eco-horror y la "plantación contemporánea",
visualiza estas crisis complejas y abre horizontes para imaginar futuros
posibles. En conclusión, los autores analizados, aunque diversos en sus
enfoques y estilos, contribuyen a un corpus literario coherente que se enfrenta
a la crisis regional con una combinación de rigor intelectual, empatía ética y
experimentación formal. Su trabajo demuestra que la literatura no es un escape,
sino un acto político fundamental que interpela al ser humano, resiste la
indiferencia y nos obliga a pensar y sentir las heridas abiertas de nuestra
época-
Comentarios
Publicar un comentario