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Del Capital Productivo al Capital Financiero: Una Inversión de Prioridades

 

Históricamente, el sistema financiero surgió como un mecanismo de intermediación para canalizar ahorros hacia inversiones productivas: infraestructura, manufactura, agricultura, innovación. Los bancos y mercados de capital actuaban como servidores de la economía real, facilitando el crecimiento mediante la asignación eficiente de recursos. El capital financiero era, en este sentido, un instrumento subordinado al capital productivo.

 

Sin embargo, desde mediados del siglo XX —y de manera acelerada a partir de las décadas de 1970 y 1980— se ha producido una inversión estructural de funciones. En lugar de servir a la producción, la producción se ha subordinado a las exigencias del capital financiero. Las empresas ya no buscan únicamente maximizar su capacidad productiva o su impacto social, sino maximizar el valor para los accionistas, mantener cotizaciones en bolsa, y satisfacer los rendimientos esperados por fondos de inversión, bancos y mercados especulativos.

 

Mecanismos de Subordinación

 

1. Financiarización de la economía: 

Cada vez más, las ganancias corporativas provienen no de la venta de bienes o servicios, sino de actividades financieras: gestión de portafolios, derivados, recompra de acciones, arbitraje, etc. Empresas industriales como General Electric o Apple dedican gran parte de sus activos a operaciones financieras.

 

2. Presión de los mercados:

La lógica del “trimestre a trimestre” impone recortes en inversión, salarios y sostenibilidad ambiental para mantener rentabilidades de corto plazo. Esto desincentiva inversiones a largo plazo —como las que requiere la transición ecológica o la innovación social.

 

3. Deuda como mecanismo de control:

Estados, empresas y hogares están atrapados en ciclos de endeudamiento que los obligan a ajustar políticas públicas o decisiones productivas según los dictados de acreedores (bancos, agencias calificadoras, fondos buitre).

 

4. Captura del poder político: 

El sector financiero ha logrado influir decisivamente en las regulaciones a su favor, promoviendo la desregulación, la opacidad y la externalización de riesgos (como se vio en la crisis de 2008). Esta captura impide reformas que prioricen la economía real.

 

Consecuencias sistémicas.

 

Desindustrialización en muchas economías periféricas.

Desigualdad creciente, ya que la riqueza financiera se concentra en pocas manos.

Fragilidad sistémica, pues la economía depende de burbujas especulativas más que de bases productivas sólidas.

Erosión de la soberanía económica, ya que los Estados pierden margen de maniobra ante la movilidad del capital financiero global.

 

Hacia una reorientación soberana

 

Este diagnóstico es especialmente relevante en contextos como el ecuatoriano, donde existe un marco constitucional (por ejemplo, la Constitución de 2008) que reconoce el derecho al buen vivir, la soberanía alimentaria y energética, y la economía social y solidaria. Estos instrumentos legales podrían servir como base para reconstruir una arquitectura financiera al servicio de la producción local, sostenible y soberana, en lugar de entregar el destino económico a la volatilidad de los mercados financieros globales.

 

En definitiva, el reto no es abolir las finanzas, sino reorientarlas: volverlas a subordinar a fines sociales, ecológicos y productivos, tal como originalmente estaban concebidas.

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