Análisis Comparativo de las
Estratégicas de China y EE.UU.
Marco Estratégico: La Ofensiva China
del 10 de Diciembre de 2025 y su Contexto Geopolítico
El
documento sobre la Política de China hacia América Latina y el Caribe,
oficialmente publicado por el Ministerio de Asuntos Exteriores de la República
Popular China el 10 de diciembre de 2025, no debe ser interpretado como un
simple anuncio de intenciones comerciales o diplomáticas. Su aparición en la
página principal del MFA bajo la sección 'Noticias' indica su alta
significancia estratégica y su carácter como una declaración formal de política
de Estado. Este documento constituye una pieza central de una ofensiva
estratégica deliberada por parte de Pekín para redefinir su rol y consolidar su
influencia en la región, una acción directamente contextualizada como una
respuesta a la "ofensiva estratégica" de Estados Unidos, manifestada
en su Estrategia de Seguridad Nacional de 2025. Esta perspectiva es fundamental
para desentrañar los objetivos profundos y las implicaciones de la política
china, que trascienden la mera provisión de capital y tecnología para
convertirse en un ejercicio de poder geopolítico. El análisis revela una estrategia
multifacética diseñada para operar simultáneamente a nivel bilateral,
multilateral e incluso subnacional, buscando integrar a los países andinos en
un nuevo orden económico y tecnológico dominado por China.
La
política china, establece una hoja de ruta sistemática para la cooperación
económica y tecnológica. En el ámbito de la infraestructura, el documento
prioriza explícitamente sectores clave como el transporte, la logística
comercial, las instalaciones de almacenamiento, la información y las
comunicaciones (ICT), la energía y la electricidad, la conservación de agua,
así como la vivienda y la construcción urbana. La ambición de Beijing va más
allá de la simple financiamento; fomenta la participación de empresas y bancos
chinos en todas las etapas del ciclo de vida de los proyectos, desde la
planificación y consultoría técnica hasta la fabricación de equipos, la
construcción y la gestión operativa. Un elemento crucial de esta estrategia es
la exploración proactiva de modelos de Asociación Público-Privada (PPP) para
impulsar la conectividad regional, lo que sugiere un interés en estructurar
inversiones que garanticen un control sostenido y rentable sobre los activos
críticos desarrollados. Esta visión integral busca crear lo que Pekín denomina pasajes,
tanto físicos como digitales, que faciliten el flujo de mercancías, capitales y
datos, asegurando así el acceso a recursos estratégicos para su economía.
En
el campo de la cooperación tecnológica, la política del 10 de diciembre de 2025
marca una expansión decidida hacia la ciencia y la innovación. El documento
exige una colaboración en campos de alta tecnología, incluyendo la industria de
la información, la aviación civil, la energía nuclear pacífica, las energías
renovables, la exploración espacial, la tecnología marítima y la ciberseguridad.
Específicamente, menciona la cooperación en comunicación vía satélite,
satélites de teledetección, aplicaciones de datos satelitales, infraestructura
aeroespacial y educación espacial. Además, China enfatiza la necesidad de
construir capacidades humanas locales a través de programas de capacitación,
intercambios de científicos jóvenes y apoyo a la aplicación de tecnologías
digitales en áreas clave como la prevención de desastres, el monitoreo agrícola
y la adaptación al cambio climático. Esta estrategia va más allá de la venta de
hardware, buscando integrar a los países socios en su ecosistema tecnológico
global y construir una base de conocimiento y talento humano que respalde sus
intereses a largo plazo.
Este
esfuerzo estratégico de China se articula dentro de un contexto geopolítico de
fragmentación Norte-Sur en América Latina y el Caribe. Según este escenario,
los países andinos del Cono Sur —Bolivia, Colombia, Ecuador, Perú y Venezuela— están
siendo objeto de un intenso acoso diplomático y financiero por parte de China,
mientras que México, Centroamérica y el Caribe se alinean cada vez más con los
intereses de Estados Unidos. Esta dinámica de polarización crea un marco
competitivo en el que la política china del 10 de diciembre de 2025 adquiere
una dimensión aún más clara: es una herramienta para fortalecer y expandir
estas alianzas sur-sureñas. Para lograrlo, Beijing ha adoptado un enfoque dual.
Por un lado, refuerza sus lazos bilaterales con cada país andino, adaptando su
oferta a las necesidades específicas de cada nación: una fuerte presencia
geopolítica en Colombia, apoyo económico vital para Ecuador, una profunda
colaboración en infraestructura en Perú, y un foco en el sector energético y
minero en Bolivia. Por otro lado, busca consolidar su influencia a través de
mecanismos multilaterales, culminando en su reciente admisión como observador
en la Comunidad Andina (CAN) en septiembre/octubre de 2025. Esta membresía
histórica, la primera de una potencia asiática en un bloque regional
sudamericano, es de una importancia estratégica incalculable. Le permite a
Beijing operar dentro de las estructuras de integración regional, participar en
procesos de coordinación de proyectos y presentarse ante los gobiernos andinos
como un socio que respeta los intereses comunes de los países en desarrollo.
Analistas han señalado que esta movida está directamente ligada a la necesidad
de China de asegurar el suministro de recursos críticos como el litio
(Bolivia), el cobre (Perú) y el oro, fundamentales para sus industrias de
Inteligencia Artificial y vehículos eléctricos, posicionándola como un
contrapeso directo a las políticas arancelarias de Estados Unidos.
La
estrategia china también se extiende a niveles subnacionales, utilizando
alianzas hermanadas entre ciudades y convenios de hermanamiento con gobiernos
locales para profundizar su penetración en la región . Esta red de influencia
opera en paralelo a su compromiso histórico con organizaciones regionales como
el Banco Interamericano de Desarrollo (IDB), el Banco de Desarrollo de América
Latina (CAF) y la Asociación Latinoamericana de Integración (ALADI), donde su
objetivo es moldear las normas de gobernanza, facilitar la financiación para
sus empresas estatales y promover una integración económica basada en recursos.
En resumen, la política de China de diciembre de 2025 no es un evento aislado,
sino el pináculo de una estrategia coherente y persistente. Se presenta como
una respuesta calculada a la escalada de Washington, pero en realidad busca
aprovecharla para acelerar su propia agenda de hegemonía económica y
tecnológica en una región que considera vital para su futuro. Los países
andinos, en el epicentro de esta competencia, se ven forzados a navegar un
terreno complejo donde la elección de un socio no solo define su desarrollo
inmediato, sino también su posición en el orden mundial multipolar emergente.
|
Componente
Estratégico |
Objetivos Clave según la Política
China (Dic. 2025) |
Instrumentos y Áreas de Foco |
|
Infraestructura |
Crear
paisajes de conectividad física y digital, asegurar acceso a recursos
estratégicos, generar empleo y crecimiento económico. |
Transporte,
logística, almacenamiento, ICT, energía, conservación de agua, vivienda.
Promoción de PPPs. |
|
Cooperación
Tecnológica |
Expandir
la colaboración a alta tecnología, integrar a países socios en el ecosistema
tecnológico global, construir capacidad humana local. |
Industria
de la información, aviación civil, energía nuclear pacífica, nuevas energías,
espacio (satélites), tecnología marítima, ciberseguridad. Capacitación y
becas. |
|
Influencia
Multilateral |
Avanzar
los intereses comunes de los países en desarrollo, moldear normas de
gobernanza, facilitar financiamiento para empresas estatales. |
Adhesión
como observador a la Comunidad Andina (CAN); participación en IDB, CAF,
ALADI, etc. |
|
Influencia
Bilateral Andina |
Adaptar
la oferta a necesidades específicas de cada país para consolidar alianzas
estratégicas sur-sureñas. |
Geopolítica
con Colombia, apoyo económico con Ecuador, infraestructura con Perú,
energía/minería con Bolivia. |
Megaproyectos Chinos frente a
Inversiones Selectivas Estadounidenses
La
competencia entre China y Estados Unidos en el campo de la infraestructura en
los países andinos es uno de los frentes más visibles y decisivos de su enfrentamiento
geopolítico. Las dos potencias presentan filosofías, escalas y velocidades de
ejecución diametralmente opuestas, ofreciendo a los gobiernos andinos un
conjunto de opciones complejas y de altas consecuencias. La estrategia china se
caracteriza por su carácter sistémico, ambicioso y centrado en megaproyectos de
alta visibilidad que buscan generar un impacto económico inmediato y
transformar el panorama geográfico y económico del país receptor. En contraste,
la estrategia estadounidense se centra en nichos temáticos, priorizando la
calidad, la sostenibilidad y la buena gobernanza, pero opera con una escala y
velocidad considerablemente menores, lo que a menudo genera un vacío que
Beijing rápidamente ocupa. Esta disparidad obliga a los países andinos a
realizar una difícil decisión entre la urgencia de cerrar su gigantesco déficit
de infraestructura y los riesgos inherentes a la dependencia de una sola fuente
de inversión.
La
política china de diciembre de 2025 formaliza y amplía un modelo de inversión
que ya había demostrado ser exitoso en la región. Su enfoque se materializa en
proyectos emblemáticos que funcionan como símbolos de la nueva era de la
cooperación sur-sur. El caso más paradigmático es el Puerto Multipropósito de
Chancay en Perú. Operativo desde mayo de 2025, este proyecto, costoso en más de
3.6 mil millones de dólares, fue inaugurado en noviembre de 2024 y se describe
como el primer puerto verde e inteligente de América Latina. Sus
características incluyen el uso exclusivo de energía limpia, operación 24/7,
grúas automatizadas y un sistema de logística impulsado por IA. Ya en sus
primeros cinco meses de operación, manejó un valor de comercio superior a los
777 millones de dólares, y las proyecciones gubernamentales ascienden a un aumento
de 1.8 puntos porcentuales en el PIB peruano (aproximadamente 4.5 mil millones
de dólares) y la creación de unos 7,000 a 8,000 empleos. La adhesión de Perú a
la Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI) en abril de 2025 solidificó esta
alianza, vinculando a Chancay con otros proyectos BRI como el desarrollo del
puerto de Ilo, la minería en Las Bambas y Marcona, y la revitalización del
proyecto del ferrocarril interoceánico con Brasil y Bolivia. Otros ejemplos de
este modelo incluyen la financiación de aproximadamente 17 mil millones de
dólares en grandes proyectos de infraestructura en Argentina (ferrocarriles y
metro), la construcción de la mayor planta solar de la región en Jujuy,
Argentina, el parque eólico Puta Sierra en Chile, y la hidroeléctrica más
grande de Ecuador. Este enfoque ofrece soluciones financieramente robustas y
ejecución rápida para cerrar el abrumador déficit de infraestructura de la
región, como el estimado en 110 mil millones de dólares solo para Perú.
En
marcado contraste, la estrategia estadounidense, liderada principalmente por la
Corporación Financiera de Desarrollo Internacional (DFC) y la Agencia de los
Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID), se mueve con una
lógica diferente. Su principal ventaja reside en la condicionalidad y la
promoción de estándares internacionales de gobernanza, transparencia y derechos
humanos. Sin embargo, su principal desventaja es una escala y velocidad de
respuesta considerablemente inferiores a las de China. La DFC, creada bajo el
Acto BUILD de 2018 con un potencial de inversión de 60 mil millones de dólares,
ha concentrado sus esfuerzos en mercados específicos. Ecuador es su segundo
mercado más importante en el Hemisferio Occidental, con compromisos totales que
superan los 2.1 mil millones de dólares, principalmente en seguros contra
riesgos políticos para proyectos como la conversión de deuda por conservación
de la Amazonía. Colombia es otro foco de atención, con 37 proyectos que suman
casi 1.4 mil millones de dólares, siendo su proyecto más grande el corredor
vial Puerta de Hierro. Sin embargo, cuando se examina la presencia específica
en los países andinos, la brecha se hace evidente. Aunque existe un reglamento
de PPP en Ecuador con contrato de hasta 30 años que reconoce el arbitraje
internacional, y la DFC ha invertido 150 millones de dólares en la modernización
del puerto de Puerto Bolívar en Ecuador, no hay proyectos anunciados de la DFC
para Bolivia, Perú o Venezuela. En Perú, los cinco proyectos activos de la DFC
suman apenas 47 millones de dólares, una cifra insignificante frente al
presupuesto nacional de 110 mil millones de dólares para infraestructura. Esta
selectividad contrasta con la oferta china, que parece estar disponible para
una gama mucho más amplia de proyectos y países.
Además
de la DFC, Estados Unidos utiliza otras herramientas. La iniciativa
"América Cercana para la Prosperidad Económica" (APPEP), lanzada en
2022, busca avanzar la integración económica y expandir la cadena de suministro
digital, con proyectos piloto como una iniciativa de semiconductores en
colaboración con el IDB y simposios de fuerza laboral para construir
capacidades técnicas en Colombia, Ecuador y Perú. Si bien estos esfuerzos son
importantes para la seguridad industrial y la formación de habilidades, no
abordan el déficit masivo de infraestructura física. La asistencia de seguridad
a Colombia, que ascendió a más de 90 millones de dólares en FY 2023, aunque no
es infraestructura tradicional, refuerza la alianza estratégica y puede tener
efectos indirectos en la estabilidad y el clima de inversión. La combinación de
estos esfuerzos forma una oferta estadounidense que es más cualitativa que
cuantitativa. Busca competir en la calidad de la inversión y en la promoción de
un modelo de desarrollo basado en la gobernanza, pero carece de la capacidad de
respuesta rápida y financiera para igualar la escala de los megaproyectos
chinos.
Esta
disparidad lleva a los países andinos a una encrucijada estratégica. Por un
lado, aceptar la propuesta china ofrece un remedio instantáneo para sus
urgentes necesidades de desarrollo físico, con el potencial de generar un salto
cuántico en productividad exportadora y crecimiento económico, como se espera
del puerto de Chancay. Sin embargo, este camino conlleva riesgos sistémicos
significativos. La dependencia de préstamos chinos puede llevar a una deuda
insostenible y a la concesión de activos estratégicos a empresas estatales
chinas, con una transferencia de tecnología limitada y una participación de la
mano de obra local a menudo menor de la esperada. El caso del embalse Coca Codo
Sinclair en Ecuador, una hidroeléctrica construida por China que nunca ha
alcanzado su capacidad de diseño debido a problemas técnicos y de sedimentación,
resultando en racionamientos de electricidad para los consumidores
ecuatorianos, sirve como una advertencia tangible sobre los peligros de la
falta de supervisión técnica rigurosa y la priorización de la velocidad sobre
la calidad. Por otro lado, la ayuda estadounidense, aunque más segura en
términos de principios y condiciones, puede tardar años en materializarse y
llegar en cantidades mucho más pequeñas, dejando lagunas críticas en la
ejecución de proyectos vitales. Para los países andinos, la decisión no es
simplemente elegir un inversor, sino equilibrar la necesidad imperiosa de
infraestructura con la salvaguarda de su soberanía económica y la garantía de
que la inversión traiga beneficios duraderos y equitativos para toda su
población.
|
Parámetro
Comparativo |
Política Estratégica de China |
Política Estratégica de EE.UU. |
|
Filosofía
Principal |
Sistémica,
ambiciosa, centrada en megaproyectos de alto impacto económico. |
Selectiva,
enfocada en nichos temáticos, priorizando la calidad, la sostenibilidad y la
gobernanza. |
|
Escala
y Velocidad |
Alta
escala financiera y velocidad de implementación para cerrar el déficit de
infraestructura. |
Escala
y velocidad considerablemente menores, condicionadas a la adhesión a
principios internacionales. |
|
Proyectos
Emblemáticos |
Puerto
de Chancay (Perú), mayor planta solar de Argentina, parque eólico Puta Sierra
(Chile), hidroeléctrica más grande de Ecuador. |
Corredor
vial Puerta de Hierro (Colombia), modernización del puerto de Puerto Bolívar
(Ecuador). No hay proyectos BRI en Bolivia, Perú, Venezuela. |
|
Instrumentos
Clave |
Financiación
de proyectos a gran escala, corporaciones estatales (ej. COSCO Shipping
Ports), marco BRI, cooperación multilateral (CAN). |
Corporación
Financiera de Desarrollo Internacional (DFC), Agencia de EE.UU. para el
Desarrollo Internacional (USAID), iniciativas multilaterales (APPEP, IDB). |
|
Condiciones
Asociadas |
Menos
énfasis en condiciones de gobernanza, pero se asocia a veces a flexibilidad
en regulaciones ambientales y laborales. |
Condicionalidad
a principios de buen gobierno, derechos humanos, transparencia y uso de
estándares internacionales. |
|
Impacto
Potencial |
Posible
crecimiento económico rápido y mejora de la conectividad física. Riesgo de
deuda insostenible, pérdida de soberanía y externalización de costos. |
Promoción
de un modelo de desarrollo sostenible y transparente. Riesgo de vacíos de
inversión si la escala es insuficiente. |
La Rivalidad Tecnológica en la
Transformación Andina
Si
la infraestructura representa el andamiaje físico de la cooperación sur-sur, la
batalla por la tecnología digital define el futuro intangible de la sociedad y
la soberanía de los estados. En este campo, la rivalidad entre China y Estados
Unidos es quizás la más decisiva y menos visible, extendiéndose más allá de la
simple venta de equipos de telecomunicaciones hacia la configuración de las
bases de la administración pública, la seguridad nacional y la economía digital
de los países andinos. La disputa se juega en múltiples frentes, desde la
competencia por la infraestructura 5G hasta la definición de estándares de
ciberseguridad y la construcción de capacidades humanas. La estrategia china, ofrece
una hoja de ruta completa y pragmática para la transformación digital, mientras
que la estrategia estadounidense se centra predominantemente en la contención tecnológica
y la promoción de alternativas libres de China, a menudo sin una oferta
equivalente de infraestructura integral.
La
política de China de diciembre de 2025 eleva la cooperación tecnológica a un
nivel sin precedentes, delineando una expansión hacia campos de alta tecnología
que van mucho más allá de la red 5G. El documento invita a expandir la
colaboración a la aviación civil, la energía nuclear pacífica, las energías
renovables, la exploración espacial, la tecnología marítima y, crucialmente, la
ciberseguridad. En el ámbito espacial, la cooperación se enfoca en satélites de
comunicación y teledetección, aplicaciones de datos satelitales,
infraestructura aeroespacial y educación espacial. En ciberseguridad, China
llama explícitamente a la creación de un código de conducta e instrumentos
legales contra el cibercrimen bajo los auspicios de las Naciones Unidas,
posicionando a la región andina como un actor relevante en la gobernanza global
de internet. Este enfoque integral busca integrar a los países socios en el
ecosistema tecnológico global de China, asegurar el flujo de datos a través de
sus redes y construir capacidades locales en sus propios términos. La presencia
histórica de empresas como Huawei en todo el subcontinente andino (Bolivia, Chile,
Colombia, Ecuador y Perú) sentó las bases para esta ambiciosa visión. Más allá
de la infraestructura, China muestra un interés creciente en la construcción de
la administración pública digital, como se evidencia en su colaboración con
algunos países andinos en la implementación de sistemas de identificación
digital y registros de salud electrónica, a pesar de las preocupaciones
expresadas por analistas sobre la ética de los datos y la privacidad. Esta
estrategia es muy atractiva para gobiernos que buscan modernizar rápidamente
sus servicios públicos y mejorar la eficiencia administrativa.
Por
su parte, la estrategia estadounidense para competir en el ámbito tecnológico
se articula principalmente en torno a la contención de la influencia china y la
promoción de un ecosistema tecnológico abierto y seguro. El principal
instrumento de esta política es la iniciativa "Clean Network",
lanzada en 2019, que busca excluir a empresas chinas como Huawei y ZTE de la
construcción de redes 5G en todo el mundo. Esta iniciativa ha tenido un impacto
tangible en la región andina, actuando como un punto de inflexión en las
decisiones de política de telecomunicaciones de varios países. Un ejemplo claro
es Ecuador, miembro fundador de la APPEP, que recibió un préstamo de 3.5 mil
millones de dólares de la DFC con una cláusula explícita que prohibía el uso de
tecnología de telecomunicaciones de empresas chinas. Esta condicionalidad
obligó al gobierno ecuatoriano a buscar proveedores alternativos, aunque la
implementación de una red 5G en el país sigue siendo un desafío. En contraste,
Colombia ha adoptado una postura diferente, rechazando explícitamente las
restricciones impuestas por el gobierno de EE.UU. a pesar de las advertencias
del embajador estadounidense. Esta divergencia en las políticas de Ecuador y
Colombia ilustra perfectamente la tensión que enfrentan los países andinos: por
un lado, la tentación de acceder a la tecnología china avanzada y asequible, y
por otro, el riesgo de quedar atrapados en un ecosistema tecnológico controlado
por China, con implicaciones para la soberanía nacional, la seguridad y la
privacidad de los ciudadanos.
Más
allá de la contención, EE.UU. también promueve la cooperación tecnológica a
través de iniciativas que buscan construir capacidades y fortalecer la
resiliencia digital. Además, EE.UU. apoya la colaboración en investigación
científica a través de iniciativas como la EU-LAC Supercomputing Network para
el desarrollo de inteligencia artificial y la iniciativa "100,000 Strong in
the Americas Climate-Green Economy Initiative" (100K CLIMA), que fomenta
la innovación en tecnologías limpias. La colaboración reciente con el IDB para
lanzar una iniciativa de semiconductores en la región es otra señal de su
intención de fortalecer la cadena de suministro digital y reducir la
dependencia de Asia Oriental. Sin embargo, estas iniciativas, aunque valiosas,
carecen de la oferta de infraestructura integral que China proporciona. Su
éxito depende fundamentalmente de la voluntad política de los países socios
para adherirse a los estándares y valores occidentales, algo que no siempre
está garantizado.
La
competencia tecnológica en los países andinos, por lo tanto, se manifiesta en
un debate público y político sobre el futuro digital de sus naciones. Los
gobiernos deben decidir qué tipo de relación tecnológica establecer con sus
principales socios económicos. Una adhesión a la estrategia china puede
acelerar la modernización de las telecomunicaciones y la administración pública,
pero conlleva el riesgo de crear una dependencia tecnológica crítica y
vulnerabilidades de seguridad. Una adhesión a la estrategia estadounidense
puede garantizar un mayor grado de seguridad y conformidad con los estándares
occidentales, pero podría retrasar la implementación de tecnologías clave y
dejar a la región rezagada en la carrera por la conectividad de próxima
generación. Para la sociedad civil y los ciudadanos, este debate es
fundamental, ya que determinará quién controla la infraestructura que sostiene
la vida digital, la seguridad nacional y el acceso a la información. La
elección no es solo entre dos proveedores de hardware, sino entre dos visiones
distintas del futuro digital de América Latina.
|
Área
de Cooperación Tecnológica |
Estrategia China |
Estrategia Estados Unidos |
|
Visión
General |
Integral
y pragmática, integrada en la "Digital Silk Road". Ofrece una hoja
de ruta completa para la transformación digital. |
Centrada
en la contención tecnológica de China y la promoción de un ecosistema abierto
y seguro. |
|
Prioridad
Principal |
Construcción
de infraestructura de datos, satélites, ciberseguridad y capacidades
educativas. Integración en el ecosistema tecnológico global de China. |
Contener
la influencia de Huawei y otras empresas chinas; fomentar estándares occidentales. |
|
Iniciativas
Clave |
Expansión
a aviación civil, energía nuclear pacífica, nuevas energías, exploración
espacial, ciberseguridad. Colaboración en DPI (Sistemas de Identidad Digital,
Salud Electrónica). |
Iniciativa
"Clean Network" para excluir a empresas chinas de redes 5G. DCN en América
contra la desinformación. Apoyo a redes supercomputadoras y semiconductores. |
|
Presencia
Histórica |
Fuerte
presencia de Huawei en Bolivia, Chile, Colombia, Ecuador y Perú. |
Presencia
a través de agencias como USAID y programas de defensa cibernética. |
|
Ejemplo
Regional |
Colaboración
en sistemas de identidad digital y registros de salud electrónica en algunos
países andinos. |
Ecuador
recibe préstamo de DFC ($3.5B) con cláusula que prohíbe tecnología de telecomunicaciones
china. Colombia rechaza explícitamente las restricciones. |
|
Riesgos
Percibidos |
Dependencia
tecnológica, vulnerabilidades de seguridad, posibles violaciones de la
privacidad de los datos. |
Atraso
en la implementación de tecnología 5G, dependencia de proveedores
occidentales. |
|
Oportunidades
Percibidas |
Modernización
rápida de la administración pública, mejora de la conectividad, acceso a
tecnología avanzada y asequible. |
Mayor
seguridad y conformidad con estándares internacionales, reducción de la
dependencia de China. |
Oportunidades, Deuda y Soberanía
Nacional
La
intensa competencia entre China y Estados Unidos por la influencia en los
países andinos tiene profundas y directas consecuencias para su trayectoria de
desarrollo económico. Ambas estrategias, aunque fundamentadas en ideologías
opuestas, comparten la capacidad de catalizar el desarrollo, pero también
presentan riesgos sistémicos significativos que amenazan la estabilidad fiscal,
la soberanía nacional y la sostenibilidad a largo plazo. La propuesta china
ofrece una solución rápida y financieramente robusta para cerrar el abrumador
déficit de infraestructura de la región, prometiendo un salto cuántico en la
productividad y el crecimiento económico. Sin embargo, este modelo viene
acompañado de peligros como la deuda insostenible, la transferencia de tecnología
limitada y la externalización de costos sociales y ambientales. La estrategia
estadounidense, por el contrario, ofrece un modelo de desarrollo más sostenible
y transparente, condicionado a principios de buena gobernanza, pero su escala
es limitada y su impacto puede ser tardío, lo que deja a los países andinos en
una posición de negociación precaria. La elección entre estas dos caras de la
misma moneda define el futuro económico de la región.
La
estrategia estadounidense, aunque menos ambiciosa en cuanto a volumen, ofrece
un contrapeso necesario al modelo chino. Su enfoque en la calidad, la
sostenibilidad y la buena gobernanza se alinea mejor con los principios de
desarrollo sostenible. La DFC, por ejemplo, condiciona su financiamiento a la
adhesión a estándares internacionales, promoviendo la transparencia y la
rendición de cuentas. La iniciativa "América Cercana para la Prosperidad
Económica" (APPEP) busca no solo la inversión, sino también la integración
económica y la expansión de cadenas de suministro resilientes, lo que puede
contribuir a un desarrollo más inclusivo a largo plazo. Además, la colaboración
con instituciones como el Banco Interamericano de Desarrollo (IDB) en proyectos
de energía, transporte y saneamiento, aunque de menor escala, ha demostrado
generar resultados tangibles en términos de creación de empleo y mejora de la
calidad de vida. Por ejemplo, entre 2023 y 2025, el IDB Group financió más de
42 proyectos en la subregión andina, que incluyeron la interconexión de energía
entre Colombia y Ecuador, la extensión del metro de Lima y el sistema de agua
inteligente de Quito, generando más de 12,400 empleos y mejorando la fiabilidad
del servicio para miles de hogares.
No
obstante, la principal debilidad de la estrategia estadounidense es su escala
limitada. En un momento en que los países andinos necesitan billones de dólares
para cerrar su déficit de infraestructura, las inversiones de la DFC, aunque
importantes, son una gota en el océano. Esta limitación significa que los
países se ven forzados a depender en gran medida de la oferta china, lo que les
concede a Beijing una enorme ventaja en las negociaciones. La decisión de un
país como Ecuador de aceptar un préstamo de la DFC con una cláusula restrictiva
sobre la tecnología china demuestra que incluso los países que aspiran a seguir
el modelo estadounidense pueden verse obligados a ceder en otros aspectos para
obtener financiamiento. En última instancia, la competencia entre grandes
potencias coloca a los países andinos en una posición de fragilidad. Tienen la
oportunidad de beneficiarse de la inversión masiva de China, pero deben navegar
cuidadosamente para evitar caer en la trampa de la deuda y la dependencia
tecnológica. Al mismo tiempo, pueden aspirar a un modelo de desarrollo más
sostenible y transparente promovido por EE.UU., pero deben hacerlo con la
conciencia de que su escala es insuficiente para satisfacer las demandas del
desarrollo. La gestión prudente de esta competencia será clave para que la
región pueda aprovechar las oportunidades económicas sin sacrificar su
soberanía y sostenibilidad a largo plazo.
Productividad, Informalidad y
Protección Social
La
convergencia de intereses estratégicos de China y Estados Unidos en los países
andinos trasciende las balanzas comerciales y las relaciones diplomáticas para
impactar directamente en el día a día de sus ciudadanos. Los megaproyectos de
infraestructura y las iniciativas de cooperación tecnológica prometen mejorar
la calidad de vida, pero también introducen nuevos riesgos para la
productividad, la estructura laboral y la protección social. El análisis revela
una dicotomía profunda: por un lado, la posibilidad de un salto cuántico en la
productividad a través de la modernización de la logística y la conectividad
digital; por otro, el peligro de que estos beneficios se vean socavados por una
persistente baja productividad, una informalidad laboral endémica y la
posibilidad de que los nuevos empleos creados sean precarios y de baja
cualificación. La competencia geopolítica, por lo tanto, no es solo un juego de
poder entre naciones, sino un factor determinante en la trayectoria del
bienestar ciudadano en toda la región.
Las
promesas de la inversión china en infraestructura son palpables y están
diseñadas para generar impactos macroeconómicos positivos que se supone se
filtrarán a la población. El caso del puerto de Chancay en Perú es un ejemplo
claro: además de los enormes beneficios proyectados para el PIB nacional, la
creación de miles de empleos directos e indirectos es una de sus principales
justificaciones. Proyectos similares de la DFC en Colombia y Ecuador también se
presentan como motores de empleo y desarrollo económico local. La cooperación tecnológica,
independientemente de su origen, también ofrece potenciales ganancias para el
bienestar ciudadano. La expansión de la conectividad digital, como la nueva
banda ancha que el IDB Group trajo a 2.6 millones de personas en 2024, es
fundamental para la inclusión social y económica, permitiendo el acceso a
servicios de salud, educación y oportunidades de negocio, especialmente para
las poblaciones de bajos ingresos. Iniciativas como la interconexión de energía
entre Colombia y Ecuador o la modernización del sistema de agua de Quito,
financiadas por el IDB, mejoran directamente la calidad de los servicios
básicos para millones de personas. La promesa de la tecnología china en
sistemas de identidad digital y registros de salud electrónica también tiene el
potencial de simplificar y democratizar el acceso a los servicios públicos,
aunque esto está sujeto a debates sobre la privacidad de los datos.
Sin
embargo, estos pronósticos se enfrentan a una realidad estructural en América
Latina y el Caribe: una persistente baja productividad y una informalidad
laboral extremadamente alta. Desde 1991 hasta 2024, la productividad laboral en
la región creció solo a un ritmo anual del 0.9%, inferior al promedio de los
países de la OCDE (1.2%). Este problema es especialmente agudo en el sector
servicios, donde la informalidad es prevalente. En 2023, un alarmante 55.1% de
los trabajadores de la región estaban empleados en la informalidad, una cifra
que se disparó al 62.5% en momentos de crisis en países comparables. Esta
informalidad no solo reduce la recaudación fiscal y limita el acceso a
seguridad social, sino que también obstaculiza la adopción de nuevas
tecnologías y la mejora de las prácticas empresariales. En este contexto, la
creación de empleos por parte de los megaproyectos de infraestructura china
plantea serias dudas sobre su calidad. Aunque el número de empleos creados sea
alto, muchas veces se trata de trabajos temporales, de corta duración y con una
baja calificación requerida, realizados por personal chino y no local. Esto
significa que el impacto neto en la reducción de la informalidad y en la mejora
de los ingresos de los trabajadores podría ser mucho menor de lo que se
anuncia.
Además,
la integración en la arquitectura digital china plantea preocupaciones
significativas para el bienestar ciudadano. La colaboración en la
implementación de sistemas de identidad digital y registros de salud
electrónicos, aunque potencialmente eficientes, levanta serias preguntas sobre
la privacidad de los datos y la soberanía nacional. El control de vastas
cantidades de datos personales por parte de entidades estatales o corporativas
extranjeras puede tener implicaciones para los derechos civiles y la libertad
de expresión. La estrategia estadounidense, a través de iniciativas como el DCN
for the Americas, reconoce este riesgo al intentar combatir la desinformación y
proteger la integridad de la información. Sin embargo, la elección entre los
ecosistemas tecnológicos chino y occidental no es solo una cuestión de
seguridad, sino también de equidad. Existe el riesgo de que las nuevas
plataformas digitales sirvan principalmente a los intereses corporativos y
estatales, exacerbando la brecha digital existente y concentrando el poder en
manos de unos pocos, en lugar de empoderar a la ciudadanía. La región ya sufre
de una brecha significativa en el acceso a la tecnología: en 2023, los roles
con alta intensidad tecnológica representaban solo el 2.1% del empleo total en
LAC (vs. 7.7% en la OCDE), y los empleos de alta intensidad digital se situaban
en el 15% (vs. 21% en la OCDE). Sin una estrategia deliberada para la inclusión
digital y la formación de habilidades, la transformación tecnológica podría
profundizar las desigualdades existentes en lugar de mitigarlas.
En
definitiva, el impacto de la competencia geopolítica en el bienestar ciudadano
de los países andinos es ambivalente. Por un lado, la inversión en
infraestructura y tecnología ofrece la promesa de una mejora tangible en la calidad
de vida a través de mejores servicios, más empleos y una mayor conectividad.
Por otro lado, esta promesa se ve amenazada por las estructuras económicas
preexistentes de baja productividad y alta informalidad, que podrían diluir los
beneficios de los nuevos proyectos. Además, la elección de un socio tecnológico
introduce riesgos nuevos y complejos relacionados con la privacidad de los
datos, la soberanía digital y la equidad en el acceso a la tecnología. Para que
el bienestar ciudadano realmente mejore, los gobiernos andinos deben ir más
allá de la simple adquisición de proyectos y trabajar activamente para asegurar
que la inversión extranjera se traduzca en empleos de calidad, una
transferencia real de conocimientos y la protección de los derechos digitales
de sus ciudadanos. La sociedad civil y los activistas sociales tienen un papel
crucial que desempeñar en monitorear estos proyectos y exigir que los
beneficios del desarrollo se distribuyan de manera equitativa y sostenible.
Recomendaciones Prácticas para
Activistas Sociales en la Era de la Competencia Geopolítica
En
un contexto donde los destinos de los países andinos están siendo moldeados por
una carrera de armamentos geopolítica entre dos potencias globales, la voz y la
acción de la sociedad civil, especialmente de los activistas sociales,
adquieren una importancia crítica y no negociable. Estos actores informados y
críticos no solo pueden actuar como un contrapeso a los intereses de los
gobiernos y las corporaciones multinacionales, sino que también tienen la
capacidad de influir en la dirección y el impacto de los megaproyectos de
infraestructura y las iniciativas tecnológicas que están transformando la
región. La situación actual obliga a la sociedad civil a pasar de una postura
meramente reactiva a una proactiva y estratégica, utilizando herramientas de
monitoreo, análisis y abogacía para asegurar que el desarrollo económico se
traduzca en un bienestar ciudadano genuino y sostenible. Las siguientes
recomendaciones prácticas están diseñadas para equipar a los activistas
sociales con los conocimientos y las tácticas necesarias para navegar este
complejo entorno y defender los intereses de sus comunidades.
La
primera y más fundamental recomendación es exigir transparencia y realizar
evaluaciones de impacto ambiental y social (EIAs/SEAs) rigurosas y accesibles.
Muchos de los conflictos socio-ambientales documentados en la región, como los
asociados a los proyectos mineros y energéticos de Ecuador, surgen de la falta
de información pública y de la minimización de los impactos negativos durante
el proceso de licitación y planificación. Ante la tendencia de algunos
gobiernos a relajar las regulaciones para atraer la inversión china, la
sociedad civil debe presionar por la máxima transparencia en todos los aspectos
de los megaproyectos. Esto incluye no solo solicitar copias completas de los
EIAs y SEAs, sino también asegurar que estas evaluaciones sean realizadas por
instituciones verificables y con expertos independientes, no por consultores
afiliados directamente al proyecto constructor. Organizar foros públicos para
discutir los resultados de estas evaluaciones y dar seguimiento a la
implementación de las medidas de mitigación es una forma de mantener a los
gobiernos y a los inversores responsables
La
segunda recomendación práctica es monitorear la deuda externa y analizar
meticulosamente los contratos de financiamiento y construcción. La deuda es
uno de los riesgos más insidiosos y sistémicos asociados a la cooperación con
China. Activistas como Global Witness han documentado cómo la deuda puede ser
utilizada como una herramienta de coerción geopolítica. Para contrarrestar
esto, los grupos de activismo deben formar equipos especializados para estudiar
los detalles de los contratos de préstamo y los acuerdos de construcción de los
proyectos de infraestructura. El análisis debe centrarse en las tasas de
interés, los plazos de pago, las cláusulas de garantía y los mecanismos de
arbitraje. Monitorear la evolución de la deuda externa total del país es
igualmente crucial para entender el panorama macroeconómico y anticipar
posibles crisis de solvencia. Esta tarea requiere una inversión inicial en
capacitación técnica, pero los resultados pueden ser extraordinariamente
valiosos. Entender los detalles del contrato es la primera línea de defensa
contra la dependencia financiera y permite a la sociedad civil argumentar de
manera informada en contra de cualquier acuerdo que ponga en peligro la
soberanía nacional o que sea perjudicial para la población.
La
tercera recomendación es promover la fortaleza de la gobernanza y la
participación ciudadana en la fase de diseño y monitoreo de los proyectos.
La debilidad de la gobernanza es una de las ventajas que los inversores
extranjeros pueden explotar para presionar a gobiernos débiles y obtener concesiones
en materia de medio ambiente, trabajo y derechos humanos. La resistencia
ciudadana debe ir más allá de la protesta física y dirigirse a la defensa de
los marcos legales y regulatorios que protegen a la población. Esto implica
presionar a los legisladores para que incluyan en los contratos de los
proyectos cláusulas contractuales que garanticen la participación ciudadana, la
rendición de cuentas y la autonomía de las agencias regulatorias nacionales.
Defender la independencia de las agencias de medio ambiente, trabajo y otras
autoridades de vigilancia es fundamental para asegurar que puedan supervisar a
las empresas extranjeras sin interferencia gubernamental. La sociedad civil
debe jugar un papel activo en la formulación de políticas públicas que
establezcan estándares mínimos claros y aplicables a todos los proyectos de
infraestructura, independientemente del socio que los financie.
La
cuarta recomendación es investigar las alternativas tecnológicas y defender
la privacidad de los datos y la soberanía digital. La integración de los
países andinos en la arquitectura digital china plantea serias preocupaciones
sobre la privacidad de los ciudadanos y la soberanía nacional. La sociedad
civil debe asumir un rol proactivo en la investigación y divulgación de las
implicaciones de la adopción de sistemas tecnológicos chinos, como los sistemas
de identidad digital, las redes 5G y las plataformas de salud electrónica.
Organizar foros de discusión pública, talleres y campañas de concienciación
sobre el uso ético de los datos y la importancia de la soberanía digital es una
forma de empoderar a la ciudadanía para que participe en estas decisiones
cruciales. Abogar por la adopción de estándares abiertos y tecnologías de código
abierto, donde sea posible, puede ayudar a reducir la dependencia de un único
proveedor y a garantizar que la tecnología sea un servicio público que sirva al
interés general, y no un monopolio empresarial o estatal. La estrategia
estadounidense, a través de iniciativas como el DCN for the Americas, reconoce
la amenaza de la desinformación, pero la sociedad civil debe ir más allá de la
defensa contra la propaganda para abogar por un marco legal robusto que proteja
los derechos digitales de los ciudadanos.
Finalmente,
la quinta y última recomendación es construir redes regionales de activistas
y mantener una postura crítica independiente de las narrativas de ambos bloques.
La influencia de China en la región no es monolítica ni siempre positiva.
Construir una narrativa colectiva y una plataforma de investigación común con
organizaciones de la sociedad civil de otros países andinos fortalece la
capacidad de la sociedad civil para negociar mejores acuerdos y proteger los
intereses de las poblaciones vulnerables. Colaborar para compartir información
sobre los modelos de inversión, los resultados de los proyectos y las tácticas
de presión gubernamental es una táctica poderosa. Mantener una postura crítica
independiente es esencial para evitar ser instrumentalizado por las narrativas
de propaganda de cualquier bloque. La adhesión de China a la Comunidad Andina
puede ser tanto una oportunidad como una amenaza, y requiere un monitoreo
constante y una abogacía informada. Al unir fuerzas, los activistas sociales de
toda la región pueden construir un movimiento fuerte y cohesivo que haga de la
gobernanza responsable y el bienestar ciudadano las piedras angulares de
cualquier programa de desarrollo.
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