Una Propuesta de los Colectivos Progresistas de Ecuador
Análisis de las Formas Organizativas Tradicionales
El panorama político ecuatoriano está marcado por una
profunda crisis de legitimidad tanto en sus instituciones formales como en las
estructuras de los propios movimientos progresistas. Las formas organizativas
tradicionales, herederas de modelos occidentales de partido político y organizaciones
sociales, han demostrado ser insuficientes para generar la cohesión, la soberanía
táctica y la profundidad social necesarias para enfrentar las múltiples crisis
que aquejan al país. Estas estructuras, diseñadas para competir dentro de un
sistema electoral y burocrático, a menudo mantienen una desconexión fundamental
entre sus lideres y sus bases, generando frustración, desmovilización y
vulnerabilidad en sus seguidores. La raíz de esta debilidad no reside
únicamente en la falta de recursos o en la represión estatal, sino en fallas
estructurales inherentes a su propia arquitectura organizativa. Esta desconexión
es una característica recurrente en sistemas políticos representativos, donde
los legisladores a menudo toman decisiones sin consultar con sus electores,
creando un vacío de rendición de cuentas que también se observa en muchos
movimientos sociales.
Una de las fallas más evidentes es la concentración del
poder en figuras, lo que reproduce dinámicas autoritarias incluso dentro de
proyectos de izquierda. La historia del movimiento indígena en Ecuador ilustra
claramente cómo la dependencia de líderes carismáticos puede llevar a
estrategias arriesgadas sin salvaguardas institucionales. Este modelo tiende a
crear una élite dirigente separada de la comunidad, cuya legitimidad proviene
de su posición formal más que de un mandato continuo y revocable de la base.
Esto contrasta marcadamente con la práctica asamblearia indígena, donde la
máxima autoridad reside siempre en la comunidad y los dirigentes actúan como
voceros mandatarios bajo el principio de "mandar obedeciendo". La
consecuencia de esta centralización es una pérdida de agilidad y una dificultad
para mantener la participación activa de los miembros, quienes se convierten en
espectadores pasivos en lugar de protagonistas de su lucha. Esta situación
genera un ciclo vicioso: la ineficacia en la gestión interna erosiona la
confianza de la base, lo que a su vez lleva a una menor participación,
consolidando el poder del núcleo dirigente y alejándolos aún más de la realidad
social.
La vulnerabilidad a la cooptación es la consecuencia más
devastadora de estas formas organizativas tradicionales. Cuando un movimiento
social logra una presencia significativa en la arena política, como ocurrió con
el movimiento indígena durante la "Revolución Ciudadana", su éxito
puede convertirse en su mayor debilidad si carece de mecanismos internos para
proteger su autonomía ideológica y táctica. El caso de CONAIE y su brazo
político, Pachakutik, es paradigmático. Aunque sus masivas movilizaciones
fueron cruciales para impulsar un proyecto de estado centralizado, la
integración de Pachakutik en gobiernos neoliberales y extractivistas condujo a
una profunda fractura interna, una pérdida de credibilidad y una eventual
"retirada étnica" estratégica por parte del movimiento. La tensión en
el partido, que opera dentro de las reglas del juego liberal-democrático
negociando y comprometiendo, la amplia base social, que prioriza procesos
deliberativos y territoriales, se hizo insostenible. Este episodio demuestra
que cualquier movimiento, por muy potente que sea, es susceptible de ser neutralizado
si sus estructuras internas no garantizan una soberanía popular permanente. La
instrumentalización de la movilización indígena para un proyecto de estado
extractivista que violaba los derechos de sus propias comunidades fue posible
precisamente porque la relación entre la base y el liderazgo estaba mediada por
un partido político que buscaba el acceso al poder estatal, a menudo a expensas
de los principios fundacionales del movimiento.
Además, estas organizaciones tradicionales a menudo sufren de
una dependencia excesiva de fuentes externas de financiamiento y legitimidad,
principalmente del Estado o donantes internacionales. Esta dependencia limita
severamente su capacidad de acción, ya que las condiciones impuestas para
recibir fondos pueden contradecir las demandas populares. Por ejemplo, el
proceso de legalización de autoridades comunitarias en Salache San José,
Cotopaxi, requiere trámites burocráticos ante el Estado (establecido por la Ley Orgánica de Participación
Ciudadana y regulaciones del CONAGOPARE (Consejo Nacional de
Gobiernos Parroquiales Rurales del Ecuador)). que, lejos de facilitar la
autonomía, imponen criterios formales que entran en conflicto con las prácticas
comunitarias y sirven como un mecanismo de control estatal. De manera similar,
muchas ONGs y organizaciones de derechos humanos operan bajo presupuestos
estatales o de agencias extranjeras, lo que puede influir en la agenda de
trabajo y priorizar ciertos temas sobre otros. Esta dinámica socava la idea de
una organización verdaderamente independiente y solidaria. En contraste, el
modelo indígena, aunque también enfrenta obstáculos estatales, busca construir
sistemas de autonomía económica y financiera, como el Fondo Territorial
propuesto por CONAIE (participación AUTOMATICA en ingresos del petróleo y otros),
que reduce la dependencia del Estado y apoya procesos de defensa territorial y
desarrollo comunitario bajo principios de soberanía colectiva. La falta de un
modelo de financiamiento propio y descentralizado es una debilidad estructural
crítica en muchos colectivos progresistas, que les impide planificar a largo plazo
y responder con autonomía a las necesidades de sus bases.
Finalmente, la incapacidad para articular una visión
política alternativa convincente y coherente a nivel nacional es otra falla
sistémica. Muchos movimientos, tras décadas de lucha, han sido absorbidos por
el discurso dominante o han perdido la capacidad de imaginar y proponer un
futuro distinto. El fracaso del proyecto correísta en cumplir con las promesas
de una "Revolución Ciudadana" genuina y su posterior giro hacia
políticas extractivistas alienó a una gran parte de la base progresista. Esto
dejó un vacío ideológico que ha sido ocupado por discursos nacionalistas y
represivos, como el del gobierno de Daniel Noboa, quien capitaliza la crisis de
seguridad para erosionar derechos y fortalecer el poder ejecutivo. Los
colectivos progresistas que no han desarrollado una propuesta política integral
y radical, basada en principios de soberanía alimentaria, justicia ecológica,
plurinacionalidad y economía popular, quedan reducidos a una posición meramente
reactiva, respondiendo a cada medida gubernamental en lugar de liderar una
agenda transformadora. La fragmentación de la izquierda, exacerbada por la
polarización entre "noboistas" y "correístas", agrava este
problema, impidiendo la construcción de una fuerza unificada capaz de presentar
un proyecto político claro y contundente . En resumen, la crisis de las formas
organizativas tradicionales no es un mero problema de eficiencia, sino una
cuestión de fundamentos. Su adhesión a modelos jerárquicos, su dependencia de
fuentes externas de poder y su fragilidad frente a la cooptación política las
hacen insuficientes para sostener una lucha prolongada y transformadora. Es
imperativo entonces buscar enfoques alternativos que internalicen la fuerza de
la autonomía, la decisión directa y la conexión inquebrantable con la base
social.
Cuadro No.1 Formas
Organizativas Tradicionales y Modelo Indígena
|
Característica |
Formas
Organizativas Tradicionales
(Modelo Occidental) |
Modelo
Indígena (Basado en Asambleas Comunitarias) |
|
Base de
Legitimidad |
Elección
periódica de líderes individuales; mandato formal. |
Decisiones
tomadas en asamblea comunitaria; mandato revocable y constante validación. |
|
Rol del Liderazgo |
Figura
central que toma decisiones y representa
al grupo. |
Vocero
mandatario ("mandar obedeciendo") que ejecuta decisiones colectivas
|
|
Mecanismos de Rendición de Cuentas |
Generalmente
débiles; depender de elecciones
futuras o conflictos internos. |
Periódica
validación ante la comunidad;
revocatoria del mandato es un derecho
reconocido. |
|
Autonomía Financiera |
Dependencia
de presupuestos estatales, donaciones o cuotas de afiliados. |
Busca
autonomía a través de sistemas comunitarios (minga), cooperativas y fondos
territoriales. |
|
Relación con
el Estado |
Búsqueda de
diálogo, acuerdos y acceso al
poder institucional. |
Tensión
constante; búsqueda de autogobierno
y resistencia al control estatal |
|
Visión de Desarrollo |
A menudo orientada
al crecimiento
económico y la inserción en
mercados globales |
Orientada al
Sumak Kawsay (buenvivir), soberanía alimentaria y sostenibilidad ecológica |
Lecciones sobre Autonomía, Decisión Directa y Resistencia
En medio de la crisis de las formas organizativas
tradicionales, el movimiento indígena de Ecuador, encabezado por la
Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (CONAIE), ofrece un
paradigma viable. Su fortaleza no radica solo en su capacidad para movilizar
masivamente, sino en una arquitectura organizativa profundamente arraigada en
cosmovisiones ancestrales que priorizan la autonomía, la decisión directa y la
resistencia continua contra la opresión estructural. Analizar este modelo no es
una apología a una cultura específica, sino un ejercicio de aprendizaje
estratégico sobre cómo construir colectivos con una legitimidad inquebrantable
y una capacidad de acción duradera. La clave de su éxito reside en el principio
fundamental de que la máxima autoridad nunca reside en un líder individual,
sino en la comunidad misma, expresada a través de la asamblea comunitaria. Este
pilar cultural, que tiene raíces prehispánicas en los ayllus andinos, se ha adaptado
a los contextos políticos modernos sin perder su esencia comunitaria,
permitiendo que el movimiento mantenga su cohesión histórica y su capacidad de
movilización.
La democracia comunitaria es el motor de toda la
organización indígena. En comunidades kichwas, las decisiones cotidianas y
estratégicas se toman mediante asambleas en las que participan todos los miembros,
desde ancianos hasta niños. Ninguna decisión es legítima sin la consulta previa
en asamblea, y los dirigentes son elegidos colectivamente para actuar como
voceros de esa voluntad colectiva. Este proceso se materializa en la práctica a
través del principio "mandar obedeciendo", que guía explícitamente la
función de la dirigencia. Un dirigente, como el presidente de CONAIE, es solo
la cara visible y el vocero de decisiones ya tomadas colectivamente por los
pueblos indígenas, actuando bajo un mandato preciso. Esta estructura asegura
una conexión orgánica y permanente entre los líderes y las bases, evitando la
desconexión que caracteriza a los sistemas políticos representativos y que ha
afectado negativamente a movimientos como Pachakutik. La posesión de cargos es
un acto simbólico y cultural, celebrado durante festividades comunitarias ancestrales,
que refuerza la legitimidad interna independientemente del reconocimiento
estatal formal.
Esta forma de organización se extiende más allá de la simple
elección de líderes para abarcar todo el ámbito de la vida social, política y
cultural. Las asambleas comunitarias deciden sobre la gestión de recursos
naturales, la resolución de conflictos internos a través de la justicia
indígena, la organización de festividades y la movilización nacional. La
movilización nacional de mayo-junio 2022, por ejemplo, fue decidida
colectivamente en un congreso de CONAIE realizado antes de diciembre de 2021,
como respuesta a la precariedad de vida y al fracaso de los diálogos con el
gobierno. Esta capacidad de tomar decisiones estratégicas a nivel nacional
desde una base comunitaria es una habilidad excepcional. Además, el costo
personal de la participación activa en la dirigencia crea un sistema de
responsabilidad compartida y reciprocidad. Los líderes no reciben salarios y
deben invertir sus propios recursos ("ponerse con plata y persona"),
lo que limita la permanencia en el cargo y fomenta la rotación, asegurando que
el liderazgo no se convierta en una carrera profesionalizada. Esta práctica
contrasta fuertemente con el liderazgo profesionalizado en partidos políticos,
donde la acumulación de poder y la continuidad en el cargo a menudo se vuelven
fines en sí mismos.
La autonomía territorial es otro pilar fundamental del
modelo indígena. La legitimidad de la organización proviene directamente del
territorio y sus recursos. Las comunidades ejercen un autogobierno en sus
linderos, gestionando el agua, la salud y la educación según usos y costumbres
ancestrales. La Constitución de 2008 reconoce formalmente la jurisdicción
indígena, pero su implementación real está plagada de obstáculos. Sin embargo,
la propia existencia de estos sistemas paralelos demuestra una capacidad innata
para operar en espacios de autonomía frente a la institucionalidad estatal.
Movimientos como el de Intag, Pichincha, han desarrollado iniciativas
socio-organizativas para crear alternativas económicas a la minería, como
asociaciones de productores de café, demostrando que la resistencia puede ir
acompañada de propuestas constructivas de desarrollo sostenible. La creación de
áreas de conservación y uso sostenible, como la del río Pachijal, para proteger
el patrimonio natural y cultural del pueblo Yumbo y consolidar el Subsistema
Metropolitano de Áreas Naturales Protegidas) es un resultado directo de la
resistencia comunitaria y la defensa territorial. Este enfoque territorial no
solo protege los recursos naturales, sino que también fortalece la identidad y
la cohesión social de los pueblos.
Finalmente, el modelo indígena enseña la importancia de una
resistencia constante y multifacética. Esta no se limita a bloqueos viales y
protestas masivas, sino que incluye la defensa de sus propios sistemas de
justicia, educación e idiomas. La lucha por la interculturalidad en la
educación pública, por ejemplo, comenzó con la creación de una escuela paralela
y ahora se debate en los foros del Ministerio de Educación. A pesar de los
avances, persisten desafíos significativos, como la limitación de la instrucción
en Kichwa a solo una hora por semana y la dominancia del español en las aulas,
lo que subraya que la resistencia debe ser continua para defender y expandir
los derechos conquistados. La resistencia también se manifiesta en la denuncia
de violaciones sistemáticas de los derechos de los pueblos, como el
consentimiento informado previo, vinculante para proyectos extractivos, un
derecho que se ve constantemente violado por el Estado y las empresas. La
capacidad del movimiento indígena para articular demandas específicas con una
narrativa poderosa —como la defensa del río Piatúa como símbolo de vida y
resistencia— ha sido crucial para mantener la movilización y conectar las
luchas locales con una causa nacional. En definitiva, el paradigma indígena
ofrece una hoja de ruta completa para la reorientación de los colectivos
progresistas: una organización basada en la decisión directa, una economía
comunitaria, un autogobierno territorial y una resistencia cultural, política y
ambiental inquebrantable.
Navegando la Crisis Multifactorial para Construir Poder Popular
Para que una propuesta política tenga sentido, debe estar
anclada en el contexto real y urgente en el que se desenvuelven los colectivos
progresistas. Ecuador se encuentra en un punto de inflexión crítico, sumido en
una crisis multifactorial que, si bien genera angustia social, también abre
ventanas de oportunidad estratégicas para la construcción de nuevas formas de
poder popular. La convergencia de una grave crisis de seguridad, una economía
volátil y una profunda crisis institucional ha creado un terreno fértil para
propuestas radicales que ofrezcan alternativas concretas a la represión, la
exclusión y el colapso del Estado. Ignorar este contexto sería un error táctico
fatal, ya que cualquier programa de acción debe responder directamente a las
necesidades y aspiraciones latentes de la población. La estrategia de los
colectivos progresistas debe ser, por tanto, doble: por un lado, fortalecer sus
propias estructuras internas para ser resilientes; por otro, aprovechar la
coyuntura para articular una agenda política que resuene ampliamente y pueda
imponer condiciones al poder.
La crisis de seguridad es, quizás, el factor más disruptivo.
Ecuador presenta tasas de homicidio entre las más altas de América Latina,
atribuidas a la expansión de grupos de delincuencia organizada transnacional
(GDOs). En respuesta, el gobierno de Daniel Noboa ha declarado un
"conflicto armado interno", desplegado fuerzas militares, endurecido
las penas y buscado la instalación de bases militares extranjeras para combatir
la inseguridad. Esta narrativa de emergencia nacional ha legitimado una
represión militarizada y una erosión de los derechos civiles, como se evidenció
con la declaración de un estado de excepción. Para los colectivos progresistas,
esto representa un desafío y una oportunidad simultáneamente. El desafío es
navegar un contexto de alta vigilancia y criminalización de la protesta. La
oportunidad reside en proponer una alternativa a la solución policial-militar.
Se puede articular una demanda por una política de seguridad integral y
ciudadana, que priorice la inversión en salud, educación y empleo, aborde las
causas estructurales de la violencia y fortalezca los mecanismos de justicia
comunitaria y reparación social. La experiencia de organizaciones como la Red
Comunitaria de Defensoras y Defensores de Derechos Humanos del Guayas, que
monitorean abusos policiales y defienden a las víctimas, es crucial para
construir esta propuesta. La crisis de seguridad crea una demanda ciudadana por
soluciones que el modelo de castas no puede ofrecer, abriendo espacio para una
propuesta que conecte la lucha contra la violencia con la lucha por la justicia
social.
Paralelamente, la economía ecuatoriana vive una profunda
crisis estructural. Históricamente dependiente de los precios de las materias
primas, especialmente del petróleo, el país es vulnerable a shocks externos. La
caída drástica de la producción petrolera debido a la suspensión de la
extracción en Yasuní National Park, aprobada en un referéndum en 2024, ha
provocado pérdidas millonarias y ha obligado al gobierno a buscar nuevos
acuerdos de inversión, como el recién firmado con la empresa china Sinopec para
desarrollar el campo Sacha. A esto se suma una caída vertiginosa de la inversión
extranjera directa (FDI), que cayó un 83% desde su pico en 2018. La inflación,
aunque baja gracias a la dolarización, sigue siendo un problema para los
ingresos bajos, y la informalidad laboral afecta a más del 50% de la fuerza de
trabajo, privándolos de protección social. El modelo neoliberal/extractivista,
que busca impulsar el crecimiento a través de la apertura a la inversión extranjera
y la privatización, ha demostrado su incapacidad para generar desarrollo
equitativo y sostenible. Esto crea un antagonismo claro entre las políticas
gubernamentales y las demandas de los movimientos sociales, que buscan una
soberanía alimentaria, la prohibición de la minería y un modelo económico
planificado y ecológico, como lo propone CONAIE. La propuesta de los colectivos
progresistas debe centrarse en la construcción de economías populares y
comunitarias, la defensa de la agricultura familiar agroecológica y la
exigencia de una reforma agraria integral que redistribuya la tierra y los
recursos.
La crisis institucional representa la ventana de oportunidad
más grande. El gobierno de Noboa ha perdido una consulta popular este noviembre
de 2025. Si bien el gobierno utiliza este proceso para centralizar el poder,
las mismas preguntas abren la puerta a demandas progresistas. La consulta
también ofrece un escenario ideal para lanzar una campaña masiva en torno a la
prohibición total de la minería, una propuesta que CONAIE ya ha aprobado en sus
congresos. Además, la fragilidad del poder legislativo, con una Asamblea
profundamente dividida y una mayoría presidencial frágil, limita la capacidad
del gobierno para avanzar en sus reformas sin enfrentar fuerte resistencia.
Esta división política interna es una ventaja que los colectivos progresistas
deben explorar para bloquear medidas antipopulares y avanzar en sus propias
agendas.
Finalmente, el contexto político se caracteriza por una
profunda fragmentación de la izquierda. La fractura histórica entre el
movimiento indígena y el "correísmo" ha sido exacerbada por la
polarización actual, que se presenta como un duopolio entre
"noboistas" y "correístas". Esta división ha debilitado la
capacidad de la izquierda para presentar un frente unificado y una propuesta
política alternativa sólida. Reconstruir la unidad no significa homogeneizar
las diferentes luchas, sino reconocer la diversidad de los pueblos y
movimientos y buscar puntos de convergencia en torno a causas comunes. La
crisis actual, con sus dimensiones de seguridad, economía y justicia, afecta a
todas las clases populares, lo que crea una base para la articulación. La
propuesta de los colectivos progresistas debe ser inclusiva, reconociendo la
primacía del movimiento indígena en la lucha por la descolonización y la
autonomía, pero también articulándose con los movimientos urbanos de derechos
humanos, de vivienda, juveniles y de mujeres, así como con los trabajadores y
campesinos. Solo a través de una estrategia de alianzas amplias y diferenciadas
será posible superar la fragmentación y construir una fuerza popular capaz de
disputar el poder y transformar las condiciones de vida en Ecuador.
La Reconstrucción de los Colectivos desde la Base
La reorientación estratégica de los colectivos progresistas
comienza con una tarea fundamental y urgente: la reconstrucción de sus propias
estructuras organizativas desde la base. Si bien la crítica a las formas
tradicionales es necesaria, debe ser seguida por una propuesta concreta de cómo
hacerlo mejor. Inspirados en los principios de autonomía y decisión directa del
modelo indígena, pero adaptados a los contextos urbanos, campesinos y
afrodescendientes, los colectivos deben emprender un proceso de reorganización
interna que internalice la fuerza de la democracia comunitaria. Este plan de
acción interno no es un proyecto abstracto, sino un conjunto de acciones
prácticas y tangibles que cada organización, barrio, parroquia o sector
económico puede implementar para fortalecer su cohesión, aumentar su capacidad
de acción y recuperar la confianza de sus bases. El objetivo es pasar de ser
meros protestantes a ser agentes constructivos de una nueva sociedad, dotados
de los mecanismos internos para gobernarse a sí mismos y defender sus intereses
de manera autónoma.
La primera acción estratégica es la creación y
consolidación de asambleas comunitarias locales. Cada colectivo debe
establecer una asamblea regular como su órgano máximo de decisión, replicando
la estructura que ha demostrado ser la piedra angular del movimiento indígena.
Estas asambleas no deben ser reuniones informativas o ceremoniales, sino
espacios de deliberación profunda donde se definan las líneas políticas
generales, se elijan delegados con mandatos precisos y se tomen decisiones
sobre las acciones a emprender. La participación debe ser universal, abarcando
a todos los miembros activos, y los debates deben estar guiados por un orden
del día claro. Este mecanismo, probado en comunidades indígenas, permite que la
voluntad colectiva prevalezca sobre la voluntad de los líderes, garantizando
que las acciones emprendidas sean realmente representativas de la base. La
asamblea comunitaria debe ser el espacio donde se discutan las prioridades de la
organización, se evalúe el trabajo de la dirección y se tomen decisiones sobre
la movilización, la defensa territorial o la respuesta a crisis locales.
La segunda acción es la implementación del principio
"mandar obedeciendo" en la elección y funcionamiento de la
dirección. Los líderes y delegados deben ser elegidos explícitamente para ejecutar
las decisiones tomadas en la asamblea, no para tomar decisiones por sí mismos.
Deben rendir cuentas periódicamente ante sus bases, presentando informes claros
sobre sus gestiones y los resultados obtenidos. Este principio, popularizado
por el EZLN y adoptado por CONAIE, rompe con la lógica de la jerarquía
autoritaria y asegura que la dirigencia permanezca conectada con la realidad y
las necesidades de la comunidad. Para fortalecer esta conexión, se pueden
implementar mecanismos de revocatoria del mandato, permitiendo que la asamblea
retire a un dirigente que incumpla sus responsabilidades o actúe en contra de
la voluntad comunitaria, tal como lo propone CONAIE. Este sistema de rendición
de cuentas es fundamental para evitar la profesionalización del liderazgo y la
acumulación de poder, manteniendo siempre el poder en manos de la comunidad.
La tercera acción consiste en la descentralización y el fortalecimiento
de la autogestión financiera. La dependencia de presupuestos estatales o
donaciones externas es una de las principales debilidades de los colectivos
progresistas, ya que estas fuentes a menudo vienen con condiciones que limitan
la autonomía. Es imperativo construir sistemas de financiamiento propio y
descentralizados. El modelo del Fondo Territorial propuesto por CONAIE, que
busca fortalecer la autodeterminación económica de los pueblos indígenas, puede
servir de inspiración. Cada comunidad o barrio podría crear un fondo común,
financiado a través de cuotas de afiliados, contribuciones voluntarias y la
reinvención de beneficios de actividades comunitarias (mingas, ferias, etc.).
Este dinero se destinaría a cubrir los costos directos de las acciones
comunitarias, como transporte para movilizaciones, materiales para campañas de
concienciación o apoyo a familias afectadas por la represión. La creación de
cooperativas de consumo, ahorro y crédito, así como de proyectos de economía
popular y solidaria, como la agroecología, también es una vía crucial para
generar ingresos y reducir la dependencia del mercado capitalista. La
transparencia absoluta en la gestión de estos fondos es esencial para mantener
la confianza de la base.
Finalmente, la cuarta acción es el de la justicia popular
y la mediación comunitaria. Ante el colapso de la justicia estatal, que es
vista con menos del 15% de credibilidad por la población, los colectivos deben
desarrollar sus propios mecanismos para resolver conflictos y procurar la
reparación social. Esto no implica necesariamente crear tribunales paralelos,
sino capacitarse en técnicas de mediación, arbitraje y reconciliación. Las
organizaciones de derechos humanos y las comunidades indígenas ya practican
formas de justicia alternativa, pero estas pueden ser aprendidas y adaptadas
por otras organizaciones. Se podrían crear comités de paz y justicia en los
barrios, compuestos por personas de confianza de la comunidad, para mediar en
conflictos vecinales, familiares o laborales. Estos comités podrían trabajar en
colaboración con los jueces ordinarios, siguiendo los principios de interculturalidad
establecidos en el Código Orgánico de la Función Judicial, que obligan a los
funcionarios públicos a considerar las normas y procedimientos del derecho
indígena. Al proveer una alternativa efectiva a la justicia penalista, los
colectivos no solo resolverían problemas cotidianos, sino que también
demostrarían la validez de sus propios valores y métodos, construyendo un
tejido social más resiliente y cohesionado.
Cuadro no. 2 Acciones
estratégica de los colectivos progresistas
|
Acción
Interna |
Objetivo
Principal |
Herramientas
Prácticas |
Inspiración /
Precedentes |
|
Creación de Asambleas
Comunitarias Locales |
Garantizar la
decisión directa y la legitimidad de las acciones. |
Orden del
día, votación por levantamiento de mano, participación universal. |
Democracia comunitaria
en Salache San José CONAIE |
|
Implementación
del Principio
"Mandar Obedeciendo"
|
Romper con la
jerarquía autoritaria y asegurar la rendición de cuentas. |
Mandatos
escritos, informes
periódicos, mecanismos de revocatoria. |
CONAIE, EZLN. |
|
Autogestión Financiera y Economía
Popular |
Reducir la dependencia
externa y fortalecer la autonomía económica. |
Fondos
comunitarios, cooperativas, mingas, agroecología. |
Fondo
Territorial de CONAIE, iniciativas en Intag. |
|
Fortalecimiento
de la Justicia
Popular |
Ofrecer
alternativas a la justicia estatal y resolver
conflictos locales. |
Comités de
mediación,capacitación en arbitraje, seguimiento de casos. |
Jurisdicción
indígena , Red
Comunitaria de Defensores del Guayas. |
Tejiendo un Frente Plurinacional Anticapitalista
La reorientación de los colectivos progresistas no puede
limitarse a la reforma interna de cada organización; es igualmente crucial
construir un frente amplio y estratégico que articule las diversas luchas de
los movimientos sociales en torno a una agenda común. La historia demuestra que
la fuerza del movimiento indígena radica en su capacidad para articular
múltiples movimientos en torno a causas comunes. Para que los colectivos
progresistas puedan imponer condiciones al poder y construir un proyecto
político alternativo, deben abandonar la fragmentación y el particularismo y
tejer una estrategia de alianzas que sea a la vez amplia y profunda. Esta
estrategia debe basarse en el reconocimiento mutuo de la diversidad de luchas y
la búsqueda de convergencias en torno a objetivos estratégicos compartidos: la
resistencia al extractivismo, la defensa de la soberanía territorial, la lucha
contra la corrupción y la construcción de una nueva democracia basada en la
participación directa.
La primera y más fundamental alianza es con el Movimiento
Indígena CONAIE. No se trata de una subordinación, sino de un
reconocimiento estratégico de su superioridad organizativa y su papel histórico
como motor de la lucha anticapitalista en Ecuador. Los colectivos progresistas
deben apoyar públicamente la demanda de CONAIE de un Estado Plurinacional, que
reconozca la diversidad civilizatoria de los pueblos indígenas y
afrodescendientes a través de mecanismos de autogobierno territorial, justicia
propia y educación intercultural. Esto implica articular acciones conjuntas en
defensa de territorios amenazados por megaproyectos extractivos, como lo
demuestran las movilizaciones contra la minería en Cuenca y Zamora Chinchipe o
el proyecto de mega-prisión en la Comuna Ancestral Bajada de Chanduy. La
solidaridad no debe ser simbólica, sino material, apoyando económicamente y con
presencia física a las comunidades en lucha, como Panzaleo San José, que
defienden sus ríos y montañas. Reconociendo el modelo indígena como una fuente
de inspiración, los colectivos urbanos pueden aprender de sus prácticas de
democracia comunitaria para fortalecer sus propias estructuras internas,
creando un intercambio horizontal y no paternalista.
La segunda línea de acción es la unificación de los
movimientos sociales urbanos y de barrios. Existe un vasto y activo tejido
de organizaciones en las ciudades que luchan contra la violencia estatal, la
falta de vivienda digna, la precariedad laboral y la inseguridad. Estos
movimientos deben ser articulados en un frente único. La Red Comunitaria de
Defensoras y Defensores de Derechos Humanos del Guayas, con sus brigadas de
acompañamiento y monitorización, puede ser un nodo central para la coordinación
de acciones contra la represión militarizada. Los movimientos de vivienda, como
Socio Vivienda en Guayaquil, que luchan por la titulación de sus tierras y
contra las invasiones de GDOs, deben ser aliados naturales. Los jóvenes, a
través de movimientos como el Social de Jóvenes de Guayaquil, que abogan por la
educación sexual integral y la justicia de género, representan una fuerza vital
que debe ser incorporada a la lucha general. La articulación de estos diversos
movimientos en torno a una plataforma común, como la defensa de la vida, la
seguridad ciudadana y la democratización del espacio urbano, puede generar una
presión social considerable sobre las autoridades municipales y nacionales.
La tercera estrategia de alianza se dirige a la articulación
con los sectores populares tradicionales, como los trabajadores y los
campesinos. Los sindicatos de educación (UNE) y estudiantes (FEUE) han mostrado
su disposición a la movilización, como lo demuestra su protesta contra la
consulta popular de 2025. Estos sectores, junto con organizaciones como la
Confederación Ecuatoriana de Organizaciones Sindicales (CEOSL) y la Confederación
de Trabajadores del Ecuador (CEDOCUT), deben ser socios clave en la lucha por
un salario digno, la defensa de los servicios públicos y la oposición a las
reformas laborales. Del mismo modo, los movimientos campesinos, representados
históricamente por la Unión de Organizaciones Campesinas e Indígenas de
Cotacachi (Unorcac), tienen una agenda de Reforma Agraria Integral que choca
frontalmente con el modelo neoliberal. La construcción de un frente
rural-urbano, defendiendo la soberanía alimentaria, la propiedad comunitaria de
la tierra y el acceso equitativo al agua, es fundamental para desmantelar el
poder de los grandes latifundistas y corporaciones agroindustriales.
Finalmente, es indispensable la construcción de un frente
de mujeres y feminista. Las organizaciones de mujeres, agrupadas en
coaliciones como la Coalición Nacional de Mujeres, han sido pioneras en la
defensa de los derechos sexuales y reproductivos y en la lucha contra la
violencia patriarcal. Su trabajo es crucial para descolonizar el feminismo y
conectarlo con las luchas de las mujeres indígenas, afrodescendientes y de los
barrios populares. La articulación con estas organizaciones debe ser una
prioridad, abordando temas como la violencia machista, el acceso a la salud
sexual y reproductiva, y la defensa de la maternidad indígena, como lo hace el
movimiento de madres de Cotacachi . Un frente progresista genuino no puede
existir sin una perspectiva feminista que critique y transforme las estructuras
de poder patriarcales tanto dentro de la sociedad como dentro de los propios
movimientos sociales. La paridad de género, como la exigida por CONAIE en sus
niveles de liderazgo, debe ser un pilar de todas las alianzas estratégicas.
La Consulta Popular como Bandera de Lucha y Transformación
En el contexto de la crisis multifactorial que atraviesa
Ecuador, el triunfo del No en la consulta
popular y la negativa para reformar la Constitución de 2008 representa la
ventana de oportunidad más estratégica para que los colectivos progresistas
lancen demandas políticas concretas, ambiciosas y vinculantes. Esta herramienta
de democracia directa, aunque manipulada por el gobierno para sus fines, debe ser
reutilizada como un instrumento de empoderamiento popular si se articula en
torno a una bandera de lucha clara y contundente. La propuesta debe ir más allá
de la simple oposición a las medidas del gobierno y debe plantear una
alternativa positiva y transformadora. La demanda política más poderosa y
estratégica que los colectivos progresistas pueden articular es la convocatoria
a un referéndum nacional vinculante para prohibir la minería en todo el
territorio ecuatoriano. Esta demanda, que ya ha sido aprobada por el VIII
Congreso de CONAIE, encapsula la lucha contra el extractivismo, la defensa de
la vida y la naturaleza, y la exigencia de un modelo de desarrollo diferente,
alineándose perfectamente con la narrativa de justicia ecológica que resuena
con una creciente parte de la población.
La construcción de esta demanda como una bandera de lucha
requiere una campaña masiva y educativa. Primero, es necesario documentar y
difundir los impactos devastadores de la minería en el país. Esto incluye la
contaminación de ríos y suelos, la degradación de la biodiversidad, el
desplazamiento de comunidades y la violencia contra los defensores de la
tierra. Se pueden utilizar estudios de casos como los de Intag, Pichincha,
donde las comunidades han desarrollado alternativas sostenibles, o las
experiencias de resistencia de los pueblos Zápara y Achuar en la Amazonia.
Segundo, la campaña debe conectar la lucha contra la minería con las
necesidades cotidianas de las personas: la contaminación del agua potable, la
pérdida de cultivos, la degradación de los paisajes y la afectación a la salud.
Utilizando las redes sociales, como lo hizo el movimiento ciudadano #EstoTambiénEsEcuador
para mostrar la belleza de Ecuador, se puede contrarrestar la narrativa de
"desarrollo" que promueve el extractivismo y destacar el valor
intrínseco de la naturaleza y los territorios. Tercero, es crucial articular
esta demanda con otras luchas, como la defensa de la soberanía alimentaria, la
protección de los páramos y la lucha contra el cambio climático. La campaña
debe ser inclusiva, involucrando a científicos, artistas, líderes religiosos y
organizaciones de derechos humanos para darle mayor alcance y credibilidad.
La estrategia para hacer de esta demanda una realidad
vinculante debe ser meticulosa. El primer paso es presentarla formalmente ante
el Consejo Nacional Electoral (CNE) como una solicitud de consulta popular,
siguiendo los requisitos legales de recolección de firmas. Esto requerirá una
movilización de base masiva para conseguir el número de firmas necesarias, una
tarea que pondrá a prueba la capacidad organizativa de los colectivos. Mientras
se realiza esta recolección, se debe intensificar la campaña de concienciación
a nivel nacional, utilizando todos los medios disponibles, desde
manifestaciones callejeras hasta campañas de información en radio, televisión y
redes sociales. La alianza con el movimiento indígena será fundamental en esta
fase, ya que cuenta con una infraestructura organizativa y una movilización de
bases robusta. Durante la campaña electoral, los candidatos y las
organizaciones deben posicionarse abiertamente a favor o en contra de la
prohibición de la minería, convirtiéndola en una de las principales preguntas
de la contienda política.
Si la demanda logra superar el umbral de admisibilidad del
CNE, el siguiente paso es prepararse para la campaña de un referéndum. Aquí, la
estrategia debe ser centrarse en un mensaje simple y poderoso: "Sí, quiero
proteger mis ríos, mis montañas y mi futuro". Se debe trabajar para
superar la polarización política y construir un consenso en torno a la idea de
que la minería es incompatible con un futuro sostenible y justo para Ecuador.
La campaña deberá enfocarse en explicar los beneficios a largo plazo de una
economía post-extractivista, basada en la agroecología, el turismo responsable
y la innovación tecnológica limpia. Se debe contar con una estrategia de
comunicación clara y accesible, utilizando lenguaje sencillo y visual, para
llegar a todos los segmentos de la población. La victoria en un referéndum no solo
sería un triunfo político, sino que también sentaría un precedente histórico,
demostrando la capacidad del pueblo ecuatoriano para tomar decisiones sobre su
destino y su territorio, y establecería una barrera insuperable para cualquier
intento de revertir esta decisión en el futuro.
Para cerrar, la propuesta de una consulta popular vinculante
sobre la prohibición de la minería no es solo una demanda específica, sino el
catalizador para una transformación más profunda. Implica la construcción de un
nuevo pacto social en torno a la relación entre los seres humanos y la
naturaleza. Requiere la articulación de una nueva economía, la revitalización
de saberes ancestrales y la construcción de una cultura de cuidado. Al apostar
por esta demanda, los colectivos progresistas están invirtiendo en una
estrategia a largo plazo que va más allá de la mera defensa de los intereses
particulares. Están construyendo un proyecto político alternativo, basado en
los principios de Sumak Kawsay y la soberanía popular, que puede inspirar y
guiar a las próximas generaciones en su lucha por un mundo más justo y
sostenible. Es una apuesta por la esperanza y por la capacidad del pueblo para
decidir su propio futuro, lejos de los intereses extractivistas y las elites
corruptas.
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