Poder
Corporativo, Autoritarismo y Alternativas Políticas y Culturales en América
Latina
Entre el Populismo Progresista y el Capitalismo
Autoritario
El panorama político de América Latina durante las
últimas décadas está definido por un ciclo recurrente de crisis económica,
masivas movilizaciones sociales, elecciones de gobiernos populistas y,
finalmente, la erosión de sus propias bases democráticas o su sustitución por
nuevos flancos autoritarios. Este ciclo se ha manifestado en dos oleadas prominentes
de populismo que operan dentro de marcos capitalistas pero que comparten una
profunda desconfianza hacia la representatividad tradicional y un impulso hacia
la concentración de poder en figuras carismáticas. La primera de estas oleadas
fue un movimiento que surgió en la década de 1990 como una reacción directa a
la brutalidad de las políticas neoliberales impuestas por agencias
internacionales como el FMI y el Banco Mundial. Este modelo, encarnado por
líderes como Hugo Chávez en Venezuela, Evo Morales en Bolivia, Rafael Correa en
Ecuador y los Kirchner en Argentina, se fundamentó en un discurso poderoso que
articulaba la lucha contra la "imperialismo", la defensa de la
soberanía nacional y la promesa de una nueva distribución de la riqueza. Su
éxito electoral no fue meramente electoral; se basó en un profundo malestar
social generado por las recesiones de los años 80 y 90, que llevaron a un
aumento drástico de la pobreza y la informalidad laboral. La principal arma
retórica de este proyecto fue la inclusión de los excluidos por la
globalización, presentando al "pueblo" como un actor histórico que
había sido silenciado por una "élite corrupta".
Sin embargo, la contradicción fundamental de la hola
progresista, reside en su incapacidad para transformar las relaciones de
propiedad productiva y liberar a la región de su posición subordinada en la
economía mundial. Aunque lograron reducir significativamente la pobreza y
expandir derechos sociales durante la "super-ciclogénesis de las materias
primas" impulsada por el auge de la demanda china post-2003, lo hicieron
sin cuestionar el modelo extractivista. Este período permitió a los gobiernos
progresistas implementar ambiciosas políticas redistributivas, pero su sostenibilidad
estaba intrínsecamente ligada a los precios de las materias primas. Cuando esta burbuja financiera estalló
después de 2014, debido a la desaceleración económica china, la región entró en
una profunda crisis que deslegitimó a estos gobiernos y abrió la puerta a una
reacción conservadora violenta. La caída de los ingresos fiscales forzó a
muchos de estos gobiernos a adoptar medidas de ajuste económico, abandonar
proyectos de inversión social y, en algunos casos, corromperse, lo que erosionó
su apoyo popular y legitimó golpes de estado o procesos de destitución
legalizados, como los ocurridos en Brasil, Paraguay, Honduras y Bolivia. Este
fenómeno fue descrito académicamente como una "revolución pasiva",
donde las reformas desde arriba absorbieron y neutralizaron las potentes
rebeliones plebeyas de abajo, preservando así las relaciones capitalistas.
Simultáneamente, una segunda oleada de populismo,
esta vez de derecha, ha emergido en la última década, capitalizando la misma
frustración con la clase política tradicional, pero articulando sus demandas
con agendas conservadoras y neoliberales. Figuras como Jair Bolsonaro en
Brasil, Javier Milei en Argentina y Nayib Bukele en El Salvador representan
este nuevo paradigma de autoritarismo de derecha. Su estrategia política se
sustenta en varios pilares: primero, la explotación deliberada del miedo,
utilizando la inseguridad ciudadana (como en el caso de Bukele en El Salvador),
la cultura de género y pandemias (como en el caso de Bolsonaro en Brasil) y la
burocracia (como en el caso de Miley en Argentina) para construir un consenso
popular en torno a soluciones represivas. Segundo, un ataque frontal y
sistemático a las instituciones democráticas. Estos líderes han desmantelado la
independencia judicial, intimidado al poder legislativo, cuestionado los
resultados electorales y utilizado el aparato estatal para perseguir a sus
adversarios, consolidando un poder ejecutivo omnipresente. Tercero, la
formación de alianzas transnacionales con otras fuerzas de extrema derecha y
dictaduras, conectándose con redes como CPAC, Vox en España y el Hayek Society
en Alemania. Finalmente, ofrecen un discurso de "salvación" basado en
la promesa de estabilidad económica, eficiencia y seguridad, a través de medidas de shock que priorizan la
protección de los intereses empresariales sobre el bienestar social, como la
abolición de los subsidios a los combustibles y la supresión de los derechos,
especialmente los laborales. En conclusión, tanto el populismo de izquierda
como el de derecha, a pesar de sus profundos contrastes ideológicos, convergen
en una trayectoria que erosiona la democracia liberal, instrumentaliza el
Estado para fines partidarios y manipula las narrativas públicas para
justificar la concentración del poder. Ambos flancos demuestran cómo la crisis
de representatividad puede ser explotada por liderazgos que se presentan como
salvadores, pero que en realidad socavan los cimientos de la vida política
plural y deliberativa.
|
Populismo de izquierda |
Populismo de derecha |
|
|
Origen Ideológico |
Anti-neoliberalismo, anti-imperialismo,
socialismo del siglo XXI, inclusión social. |
Nacionalismo conservador, liberalismo económico
radical, individualismo, seguridad ciudadana. |
|
Base Social |
Movimientos sociales, sectores populares
excluidos por la globalización, sindicatos históricos. |
Sectores urbanos de clase media, pequeños
empresarios, agronegocios, grupos religiosos conservadores. |
|
Discurso Principal |
Lucha contra la "élite corrupta" e "imperialista",
defensa de la soberanía nacional y la justicia social. |
Ataque a la "política tradicional",
combate a la corrupción (selectivamente), defensa de la familia y valores
cristianos. |
|
Relación con el Estado |
Busca utilizar el Estado para transformar la
distribución de la riqueza y los recursos, aunque sin cambiar la propiedad
privada. |
Busca proteger al mercado libre, reducir el
tamaño del Estado, privatizar servicios públicos y eliminar regulaciones. |
|
Erosión Democrática |
Concentración del poder ejecutivo, debilitamiento
del poder judicial y legislativo, uso de leyes para marginar a la oposición. |
Desmantelamiento de la independencia judicial,
militarización de la seguridad, criminalización de la protesta, negación de
resultados electorales. |
|
Alianzas Transnacionales |
Foro de São Paulo, CLACSO, Grupo de Puebla, y
aliados geopolíticos como Cuba, Venezuela, Nicaragua y China. |
CPAC, Vox (España), Hayek Society (Alemania),
Trumpismo, y potencias como EE.UU. e Israel. |
Narrativas Hegemónicas y Construcción de
Identidades
El poder político en América Latina no solo se
ejerce a través de instituciones y fuerza económica, sino también mediante una
intensa batalla cultural por la hegemonía ideológica, donde las narrativas, los
símbolos y las historias construyen realidades compartidas y legitiman ciertos
modos de gobernar. Esta guerra por el consenso ha moldeado profundamente el
panorama político contemporáneo, permitiendo que tanto proyectos autoritarios
de izquierda como de derecha generen atracción popular. Una de las narrativas
más persistentes y efectivas es la del victimismo histórico, que presenta a
América Latina como una víctima de la explotación imperialista, principalmente
por parte de Estados Unidos. Desde discursos de Che Guevara en las Naciones
Unidas hasta los de Hugo Chávez, esta historia de opresión externa y
resistencia interna ha servido como una poderosa ancla emocional para
liderazgos que se posicionan como protectores de la nación frente a amenazas
externas e internas. Esta narrativa se ve reforzada por la experiencia
documentada de intervenciones extranjeras, como la ayuda militar de EE.UU. a
regímenes represivos en El Salvador para combatir a insurgentes, lo que resultó
en un conflicto civil devastador. Además, la aplicación de recetas neoliberales
impuestas por organismos multilaterales generó rebeliones masivas, como el
Caracazo en Venezuela en 1989, un evento que demostró la capacidad de la
violencia estatal para sofocar la desobediencia popular y cimentó la percepción
de un sistema injusto y depredador.
Sobre esta base de resentimiento histórico, emerge
en 1990 figuras como Fidel Castro y Lula da Silva, el Foro de São Paulo actúa
como el nodo central de una vasta red de organizaciones políticas y académicas
que promueven una visión binaria del mundo: Estados Unidos como agresor versus
el Tercer Mundo como víctima, y el imperialismo versus la liberación. Su brazo
intelectual, el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO), juega un
papel crucial en la legitimación de esta visión. Esta red ha dominado el
espacio académico, la cultura y gran parte de los medios progresistas,
utilizando conceptos gramscianos de "victorias culturales" para
construir un consenso intelectual a favor de sus proyectos políticos,
argumentando que antes de cualquier victoria política, se necesitan éxitos culturales
en universidades, medios y barrios.
En contraposición, la derecha autoritaria ha
desarrollado su propia narrativa cultural, articulada en torno a temas
conservadores, antidemocraticos y antiliberales. Esta narrativa capitaliza la
fragmentación social y la ansiedad generada por la modernidad, promoviendo
agendas basadas en valores tradicionales, la familia nuclear, el racismo, la
oposición a los derechos LGBTQ+ y la denuncia de una "ideología de
género" que busca desestabilizar la sociedad. El crecimiento explosivo de
iglesias protestantes en la región durante las últimas décadas ha sido un
vehículo clave para difundir estos mensajes, ya que promueven narrativas de
salvación individualista y moral conservadora que encuentran terreno fértil en
poblaciones marginadas. Además, esta narrativa se apoya en una fuerte crítica a
la "corrupción" y la "incompetencia" de la clase política
tradicional, presentando a sus líderes como outsiders honestos y eficientes
capaces de cambiar el sistema. La construcción de la identidad nacional también
es un campo de batalla cultural. Museos en Argentina, por ejemplo, fueron
instrumentos pedagógicos en el siglo XIX para forjar una identidad nacional
homogénea y disciplinada. Fotografías icónicas como la de Pancho Villa en la
silla presidencial se convierten en artefactos culturales que mitifican a los
líderes revolucionarios y sirven para legitimar movimientos políticos
posteriores. Al mismo tiempo, la historia de la región ha sido constantemente
reescrita y reinterpretada para servir a las agendas políticas vigentes, ya sea
glorificando dictadores como Augusto Pinochet en Chile bajo José Antonio Kast,
o demonizando a los movimientos indígenas y campesinos. Esta compleja dinámica
cultural revela que el poder no es solo una cuestión de fuerza bruta o dinero,
sino de la capacidad de contar historias convincentes que resuenen con las
aspiraciones y miedos de la población, creando un consenso que, aunque frágil,
puede sostener regímenes autoritarios durante largos períodos.
El Rol Central de las Élites Económicas y la Captura
Estatal
La persistencia endémica de la desigualdad y la
fragilidad de las instituciones democráticas en América Latina no se deben
únicamente a la acción de líderes carismáticos o a dinámicas culturales, sino a
la formidable capacidad de las élites económicas para mantener y reproducir su
poder a través de la captura del Estado y la manipulación de las políticas
públicas. Múltiples estudios y análisis confirman que los grupos de interés
económicos ejercen una influencia desproporcionada sobre los procesos de toma
de decisiones gubernamentales, utilizando una variedad de mecanismos para
proteger sus privilegios fiscales y evitar reformas estructurales que pongan
fin a la inequidad. Un informe de Oxfam y CLACSO identifica once mecanismos de
influencia ilegítima, como el "revolving door" (la rotación de
funcionarios entre el sector público y el privado), el lobby intensivo, la
financiación de partidos políticos, la corrupción y las campañas mediáticas
diseñadas para distorsionar el debate público. El resultado de esta captura
estatal es la implementación de sistemas tributarios altamente regresivos en la
mayoría de los países de la región. En estos sistemas, la riqueza más alta
concentra una parte cada vez menor de sus ingresos en impuestos, mientras que los
grupos más pobres terminan pagando una proporción mayor de sus salarios en
impuestos indirectos como el IVA. Solo cinco países de la región gravan la
riqueza neta y nueve tienen impuestos sobre la herencia, lo que permite que la
acumulación de capital permanezca fuera del alcance del fisco. Esta situación
crea un ciclo vicioso: la falta de ingresos fiscales progresivos limita
severamente la capacidad del Estado para invertir en servicios públicos de
calidad como salud, educación y seguridad social, perpetuando la exclusión y
alimentando la desconfianza en la democracia, que es percibida como un sistema
que sirve a los intereses de unos pocos en detrimento de la mayoría.
Este fenómeno se manifiesta claramente en la forma
de "crony capitalism" (capitalismo de cuña), un sistema donde las
economías de los países están dirigidas por acuerdos privados y selectivos
entre el gobierno y los individuos más cercanos a él. En ausencia de
instituciones robustas y autónomas como un poder judicial independiente, los
gobiernos autoritarios o débiles conceden favores económicos —como monopolios,
crédito subsidiado o exenciones fiscales— a aquellos que garantizan su lealtad
política. Esto incentiva la rent-seeking (búsqueda de rentas) por encima de la
innovación y la productividad, llevando a una grave asignación de recursos y
exacerbando la brecha de ingresos. Un estudio sobre el régimen de Porfirio Díaz
en México muestra que, a pesar de los cambios ideológicos posteriores, las
mismas estructuras de crony capitalism persistieron, indicando su carácter
sistémico más allá de cualquier gobierno específico. La influencia económica
sigue siendo determinante incluso cuando los gobiernos son elegidos
democráticamente. Durante la primera ola de la pandemia de COVID-19, la
investigación comparada reveló que los países con élites más ricas y
organizadas lograron retrasar las medidas de confinamiento y diseñar paquetes
de apoyo que beneficiaban predominantemente a las grandes empresas. En Chile y
México, las élites comerciales mantuvieron un acceso institucionalizado a
través de asociaciones empresariales que les permitieron canalizar sus
intereses, mientras que, en Perú, donde la hostilidad hacia las élites condujo
a un lockdown temprano, el apoyo empresarial fue mínimo. Esto demuestra que el
poder económico, a través de sus redes y sus representantes, sigue siendo un
factor decisivo que moldea la respuesta estatal a las crisis.
Finalmente, la debilidad estructural de los estados
latinoamericanos, que históricamente surgieron como proyectos de exclusión y
continúan sirviendo a los intereses de las élites, se manifiesta en una
persistente "sinfonía" entre el estado y las élites que mantiene la
desigualdad estructural. A pesar de las transiciones democráticas de los años
80 y 90, muchas de estas estructuras de poder oligárquicas y excluyentes
perduraron, dejando a las democracias procedimentales con instituciones débiles
y una alta prevalencia de la violencia estatal. La resistencia de las élites a
cualquier reforma fiscal progresiva es la barrera principal para la reforma en
países como Guatemala y El Salvador, donde las élites económicas y políticas se
oponen activamente a cualquier medida que limite sus privilegios. La evidencia
sugiere que el cambio estructural requiere un nivel de implicación de las
élites que va más allá de lo que se observa actualmente, pero también depende
de la capacidad de los movimientos sociales y la ciudadanía para exigir un
cambio real y romper con la "cultura inaceptable de privilegios". Sin
una lucha constante por la soberanía fiscal y la democratización de las
finanzas públicas, las democracias en América Latina seguirán siendo
vulnerables a la influencia de las élites que las gobiernan.
La Digitalización del Autoritarismo en la Región
Una de las conclusiones más preocupantes y
contemporáneas que emergen del análisis del poder en América Latina es el
rápido desarrollo y expansión de sistemas sofisticados de vigilancia y control
digital, a menudo exportados por tecnologías de potencias como China. Estas
herramientas están transformando el panorama de la seguridad pública y la
libertad ciudadana, creando un nuevo andamiaje para la represión y la coacción
política. Países como Venezuela, Ecuador y Bolivia han adoptado activamente
tecnología china de compañías como Huawei, ZTE y Hikvision para construir
infraestructuras de vigilancia masiva. En Venezuela, el sistema Carnet de la
Patria, construido con tecnología china, utiliza códigos QR para vincular el
acceso a alimentos, atención médica y vivienda. De manera similar, en Ecuador,
ZTE desarrolló el sistema "Homeland ID", un mecanismo de control
social que monitoriza a los ciudadanos y les ofrece beneficios económicos a
cambio de que actúen como propagandistas del gobierno en las redes sociales,
creando una red de "trolls digitales" recompensados. Estos sistemas
no solo permiten la monitorización de comportamientos y la supresión de
disidentes, sino que también integran la vigilancia con el control financiero y
social, fusionando el capitalismo de vigilancia con la represión política.
Esta tendencia se extiende más allá de la
vigilancia física. Tecnologías financieras están siendo adaptadas para fines de
control social. El PIX instantáneo en Brasil, inicialmente diseñado para
mejorar la inclusión financiera, ahora funciona como un mecanismo de vigilancia
completa que rastrea cada transacción, permitiendo al estado analizar patrones
de consumo, monitorear redes sociales a través de patrones de pago y congelar
los activos de opositores políticos de manera instantánea. En Argentina, la
iniciativa de "peso digital" promete una total trazabilidad de las
transacciones, límites de gasto algorítmicos y deducciones automáticas de
impuestos, mientras que las exigencias biométricas para acceder a beneficios
sociales crean una sociedad de dos velocidades: una para los ciudadanos de
confianza y otra para los sospechosos. Ecuador, al ser un país dólarizado,
utiliza la tecnología para rastrear el número de serie de los billetes,
permitiendo a los gobiernos analizar patrones de retirada de efectivo, mapear
la economía informal y predecir la evasión fiscal de manera algorítmica. Esta
"data colonialista" no solo suprime la innovación al concentrar el
control de datos en manos del estado o de empresas extranjeras, sino que
también incrementa la brecha digital, donde los ricos pueden comprar privacidad
mientras los pobres enfrentan una vigilancia obligatoria para acceder a
servicios básicos.
Paralelamente a la construcción de infraestructuras
de control, existe una intensa campaña de manipulación de la opinión pública a
través de la información. El uso de inteligencia artificial para crear
deepfakes, como los videos falsos emitidos por presentadores ficticios en
Venezuela para promover la narrativa contra el gobierno de Maduro, representa
una nueva frontera en esta guerra digital. A esto se suma la creciente
dificultad para investigar y combatir esta desinformación, ya que plataformas
como X (anteriormente Twitter) y Meta han cerrado el acceso a sus APIs,
dificultando el trabajo de fact-checkers y académicos. En resumen, la
digitalización del control social en América Latina no es un fenómeno futuro,
sino una realidad presente que está reconfigurando las relaciones de poder,
expandiendo la capacidad represiva del estado y erosionando las bases de la
vida democrática.
Hacia un Horizonte Post-Capitalista
A pesar de la
magnitud y la complejidad de los desafíos planteados por el poder corporativo y
el autoritarismo, existen propuestas y movimientos concretos que apuntan hacia
horizontes alternativos. Estas alternativas no son meras utopías, sino
desarrollos prácticos y tangibles que buscan transformar las estructuras
económicas y sociales de la región desde abajo. La propuesta más sistemática y
desarrollada se encuentra en los textos, es la Economía Solidaria,
un movimiento global que ha encontrado en América Latina uno de sus epicentros
históricos. Este movimiento no se conforma con regular el capitalismo, sino que
busca construir una economía justa y sostenible basada en principios de
cooperación, propiedad comunitaria y democracia participativa, priorizando a
las personas y al planeta sobre la ganancia ilimitada. Los modelos concretos
que surgen de esta propuesta ofrecen un camino tangible para la transformación
económica. En el ámbito de la tierra y la alimentación, se promueven
Confederaciones de Tierra Comunitaria para asegurar el acceso a la tierra fuera
del mercado especulativo, junto con sistemas alimentarios basados en la
agroecología y la soberanía alimentaria, liderados por comunidades indígenas y afrodescendientes.
Para democratizar el trabajo, las cooperativas de producción son una
herramienta central, que garantizan que la gestión y la riqueza se distribuyan
entre los trabajadores, en lugar de concentrarse en manos de unos pocos
ejecutivos o accionistas.
El control de las finanzas es otro pilar
fundamental de la Economía Solidaria. Modelos como los bancos comunitarios, las
cooperativas de crédito y las monedas locales buscan recuperar el control del
crédito y el dinero a nivel local, alejándolo de los bancos centrales y las
grandes entidades financieras. De manera similar, la democratización de
servicios esenciales como la energía, el agua y la internet a través de la
municipalización o la propiedad pública comunitaria busca asegurar que estos
bienes se gestionen como bienes públicos y derechos humanos, no como mercancías
a ser explotadas. Esta economía solidaria no es un proyecto marginal; ha
surgido de la propia resistencia social a largo de la historia de América
Latina, como lo demuestran el Movimiento de Trabajadores Rurales Sin Tierra
(MST) en Brasil, que ha creado asentamientos exitosos basados en la propiedad
colectiva, o el Movimiento de Empresas Recuperadas (MRC) en Argentina, que
demostró la viabilidad de la producción bajo control obrero. Ofrece, por tanto,
un modelo tangible para una transformación económica radical que va más allá de
la simple regulación del capital, planteando una alternativa concreta a la
lógica extractivista y la desigualdad.
Además de la construcción de economías alternativas,
la resistencia y la transformación política dependen de la fortaleza y la
autonomía de los movimientos sociales. La evidencia histórica sugiere que los
cambios políticos importantes a menudo preceden a los cambios electorales.
Movimientos indígenas, campesinos, feministas, ambientalistas y urbanos siguen
siendo una fuerza vital para plantear la "pregunta del poder" y crear
espacios de participación radical que van más allá de la representación
parlamentaria. La experiencia de las comunas en Venezuela, las asambleas
vecinales en Argentina durante la crisis de 2001 y los clubes de trueque
durante la hiperinflación muestran la necesidad de construir instituciones de
participación directa y horizontal que puedan funcionar tanto dentro como fuera
del marco estatal. Sin embargo, una de las mayores vulnerabilidades de estos
movimientos es su cooptación por parte del Estado. Cuando los activistas
aceptan cargos ministeriales o se integran en burocracias estatales, su
independencia y su capacidad para criticar al poder se ven comprometidas. Por
lo tanto, una propuesta clave para la resistencia es fortalecer la autonomía de
estos movimientos, manteniendo su capacidad de presión y su capacidad de
imaginar futuros alternativos.
En última instancia, la superación de los problemas
estructurales de América Latina — la opresión nacional, la desigualdad agraria,
la falta de vivienda, empleo y servicios— requiere un esfuerzo coordinado y una
visión a largo plazo. La propuesta de una Economía Solidaria, combinada con una
reinvención de la democracia radical a través de la participación directa y la
fortaleza de los movimientos sociales, constituye un conjunto de alternativas
viables. No se trata de una solución única, sino de un conjunto de herramientas
y visiones que, si se articulan en una coalición amplia, podrían desafiar tanto
al capitalismo extractivista como a las diversas formas de autoritarismo que
hoy amenazan la región.
Comentarios
Publicar un comentario