Infiltración del crimen organizado en Ecuador.
Captura del Estado
y Diversificación Criminal
La crisis de
inseguridad que enfrenta Ecuador no puede ser conceptualizada simplemente como
un aumento desmedido de la violencia; representa un cambio fundamental en la
relación entre el Estado y la sociedad, donde el crimen organizado ha logrado
internalizar funciones estatales y erosionar sistemáticamente las instituciones
democráticas. Este fenómeno, conocido regionalmente como "narco-insurgency
pattern", se manifiesta a través de dos facetas interconectadas: una
profunda "captura del Estado" (state capture), que
describe la influencia indebida de actores criminales en la toma de decisiones
públicas, y una sofisticada diversificación de sus actividades económicas para
asegurar su sostenibilidad y expandir su poder. La captura del Estado, definida
como la manipulación sistemática de las leyes y políticas por parte de
intereses privados para su beneficio, va más allá de la corrupción
administrativa tradicional. En el caso ecuatoriano, se trata de una penetración
estructural que compromete la formación de políticas, el proceso de implementación
y el ecosistema de controles y equilibrios. Investigaciones masivas como 'Caso
Metastasis', 'Plaga' y 'Purga' han expuesto redes criminales coordinadas con
altos funcionarios de la judicatura, la policía y el legislativo para
garantizar impunidad, proteger operaciones ilícitas y eliminar adversarios. Por
ejemplo, los mensajes de Leandro Norero, un aliado financiero de los carteles
Los Lobos y Los Tiguerones, revelaron conversaciones con miembros del sistema
judicial, legisladores y autoridades de seguridad para planificar liberaciones
de presos y sabotear investigaciones. Esta colaboración no es marginal; se ha
convertido en un pilar de la operación criminal, permitiendo a los carteles
actuar con una impunidad casi absoluta.
La
diversificación de actividades económicas es la otra cara de esta estrategia de
supervivencia y expansión. En respuesta a las crecientes presiones de las
fuerzas de seguridad, los carteles han movido rápidamente hacia mercados
locales y más rentables, reduciendo su dependencia exclusiva del narcotráfico.
La extorsión, conocida localmente como "vacunas", se ha convertido en
una fuente de ingresos masiva, obligando a miles de pequeñas y medianas
empresas a cerrar sus puertas o a pagar protectores pagos mensuales. Esta actividad
genera un flujo constante de capital sin necesidad de transportar grandes
cantidades de droga. Paralelamente, la minería ilegal de oro, impulsada por los
precios récord del metal, ha sido reclamada por los carteles como una nueva
frontera lucrativa.
Utilizando
técnicas rudimentarias pero devastadoras, como el uso de mercurio, estos grupos
controlan vastas extensiones de territorio amazónico y andino, generando
ganancias millonarias que se lavan a través de la economía formal. Otros flujos
de ingresos incluyen el contrabando de combustible, facilitado por la cercanía
de las refinerías de Petroecuador y el bajo costo de la gasolina subsidiada; el
tráfico de migrantes y personas, aprovechando la ubicación geográfica de
Ecuador como punto de tránsito hacia Estados Unidos; y la explotación ilegal de
recursos naturales como la madera y la fauna marina. Esta diversificación no
solo proporciona una base económica sólida, sino que también permite a los
carteles consolidar su control territorial al ofrecer empleo y protección a
comunidades vulnerables, convirtiéndose así en una alternativa de facto a un
Estado ausente o corrupto. El resultado es un círculo vicioso: la
diversificación financiera refuerza el poder militar y político, mientras que
el control territorial facilita la ejecución de estas nuevas actividades
ilícitas, perpetuando un ciclo de violencia y debilitamiento institucional.
Tabla1
Actividades ilícitas
|
Actividad ilícita |
Descripción
y actores clave |
|
arcotráfico |
Principal actividad
histórica. Ecuador es un nodo crucial para la salida de cocaína colombiana y
peruana hacia Europa y EE.UU., principalmente a través de los puertos de
Guayaquil y Manta. Los principales carteles involucrados son Los Choneros,
Los Lobos, y Tiguerones, con alianzas con carteleras mexicanas como Sinaloa y
CJNG. |
|
Extorsión ("Vacunas") |
Cobro sistemático de dinero
a comerciantes y empresarios. Se ha vuelto tan prevalente que se convirtió en
la principal demanda de pago de los carteles. |
|
Minería Ilegal de Oro |
Control de áreas rurales y
amazónicas para extraer oro mediante métodos contaminantes (uso de mercurio).
Implicados FARC disidentes, Tren de Aragua y carteles locales. |
|
Contrabando de Combustible |
Robo de combustible de las
tuberías de Petroecuador, especialmente el "white gasoline"
utilizado en la producción de cocaína. Colaboran trabajadores de la empresa
con los carteles. |
|
Tráfico de Migrantes |
Uso de Ecuador como ruta de
tránsito hacia el norte, facilitado por la informalidad y la corrupción en
sectores de transporte y hospitalidad. Actores como Tren de Aragua y Clan del
Golfo están activos. |
|
Trafficking de Fauna y Flora |
Tráfico de animales
exóticos del Galápagos y la Amazonía, y tala ilegal de maderas valiosas. Las
empresas legítimas sirven como fachada para lavar dinero y ocultar drogas. |
Dinámicas
Operativas y Causas Históricas de la Hiperinseguridad Ecuatoriana
La escalada
violenta y la consolidación del crimen organizado en Ecuador son el resultado
de décadas de políticas estatales que, por negligencia o diseño intencional,
han debilitado las estructuras de gobernanza y seguridad, creando un vacío que
las organizaciones criminales fueron hábiles en llenar. La actual
hiperinseguridad es el producto de un largo proceso de desmantelamiento
institucional que comenzó en la década de 2010. Durante el primer gobierno de
Rafael Correa (2007-2017), se implementaron reformas que, aunque buscaban una
mayor integración social, terminaron por normalizar la presencia de pandillas y
debilitar la capacidad del Estado para combatirlas. Se eliminaron las guardias
armadas de las prisiones, reconvirtiendo los centros penitenciarios en
"centros de rehabilitación" donde los presos eran tratados como
"personas privadas de libertad", lo que facilitó la formación de
poderosas redes criminales dentro de las cárceles. Además, se adoptaron
políticas de inmigración muy laxas, como el programa de "Ciudadanía
Universal", que permitió el ingreso sin restricciones de ciudadanos de
varios países, facilitando la entrada de mafias extranjeras como la albana, que
ahora juegan un papel dominante en el narcotráfico internacional desde Ecuador.
La inteligencia nacional fue politizada, equipándose con tecnología china para
espionaje político contra opositores y activistas, en lugar de ser utilizada
para la lucha contra el crimen.
El colapso se
profundizó durante las administraciones posteriores. La gestión de Lenin Moreno
(2017-2021) disolvió secretarías clave como la de Seguridad Pública y recortó
drásticamente el presupuesto de las prisiones, lo que provocó un aumento masivo
de la población carcelaria y una mayor concentración de poder en manos de
líderes de pandillas. La administración de Guillermo Lasso (2021-2023) exacerbó
la precariedad económica y enfrentó escándalos de corrupción masivos, lo que
erosionó aún más la confianza pública y dejó al Estado incapaz de responder
eficazmente a la escalada de la violencia. Estas políticas acumulativas crearon
un entorno propicio para la expansión criminal, alimentado por vulnerabilidades
estructurales como la ubicación geográfica estratégica de Ecuador como puerta
de salida de cocaína, una economía dolarizada que facilita el lavado de dinero,
y niveles elevados de pobreza y desempleo informal que hacen vulnerable a la
población a la reclutamiento forzoso.En cuanto a las dinámicas operativas, la
violencia ha pasado por varias etapas. La muerte del líder de Los Choneros,
Jorge Luis Zambrano ('Rasquiña'), en diciembre de 2020, marcó un punto de
inflexión, desencadenando una primera oleada de guerra abierta entre las
principales pandillas por el control de las prisiones y los territorios. Sin
embargo, la actual fase se caracteriza por una fractura aún más compleja. La
extradición de Adolfo Macías ('Fito'), líder de Los Choneros, a EE.UU. en julio
de 2025, y el arresto de William Alcívar ('Negro Willy'), líder de Los
Tiguerones, en España en octubre de 2024, han desarticulado a los principales
carteles, fragmentándolos en múltiples facciones rivales. ACLED registró la
actividad de al menos 37 pandillas en 2024, un aumento significativo respecto a
años anteriores, describiéndola como una "segunda ola de
fragmentación". Esta dispersión de la estructura jerárquica ha generado un
patrón de violencia más caótico, volátil y predeciblemente indiscriminado, ya
que cada nueva facción busca demostrar su poder y reclamar territorios, a
menudo atacando a civiles inocentes en un intento de imponer su control y
extorsión. La guerra ahora se libra en las calles, en las zonas marginales de
ciudades como Guayaquil y Durán, y en las selvas amazónicas, donde los carteles
compiten por el control de rutas de transporte y recursos naturales. Este
modelo de "bandas fracturadas" dificulta cualquier intento de
negociación o control territorial tradicional, manteniendo al país en un estado
de conflicto constante.
Militarización,
Represión y la Amenaza a la Democracia
La respuesta del
gobierno de Daniel Noboa, desde su asunción en mayo de 2024, se ha centrado
casi exclusivamente en una estrategia militarizada y represiva, adoptando
modelos de "mano dura" similares a los implementados en El Salvador.
Esta aproximación, aunque popular entre segmentos de la población que buscan
soluciones rápidas a la violencia, ha venido acompañada de graves consecuencias
para los derechos humanos y la propia estructura democrática del país. En enero
de 2024, el presidente declaró un "conflicto armado interno" y
designó a 22 pandillas como organizaciones terroristas, lo que justificó la
intervención militar en las prisiones, la ocupación de barrios urbanos y la
suspensión de ciertos derechos constitucionales bajo estados de excepción. Juristas
y organismos internacionales han criticado esta retórica, argumentando que el
conflicto no cumple con los criterios legales de una guerra civil según la Ley
Internacional Humanitaria, pero la declaración política ha servido para
legitimar una respuesta estatal brutal. La militarización de la seguridad ha
estado plagada de denuncias de graves abusos. Documentos de organizaciones como
Inredh y Fundamedios han registrado decenas de ejecuciones extrajudiciales,
desapariciones forzadas, torturas e incluso el incineramiento de adolescentes
vivos por parte del ejército en Guayaquil. La propuesta del propio presidente
de otorgar amnistías a personal militar acusado de estos crímenes es
particularmente alarmante, ya que representa un paso deliberado hacia la impunidad
y la normalización de la violencia estatal.
Además de la
represión física, la estrategia de "mano dura" se complementa con un
ataque frontal a las libertades fundamentales y a la autonomía de las
instituciones democráticas. La libertad de expresión y la labor periodística
están bajo asedio constante. Entre enero y abril de 2024, Fundamedios documentó
92 ataques contra periodistas, incluyendo agresiones físicas, amenazas de
muerte y obstrucción del trabajo informativo, perpetrados tanto por agentes
estatales como por grupos criminales. Reporteros que investigan el crimen
organizado son forzados a la autoexiliación debido a la falta de protección
estatal. El gobierno utiliza la narrativa de "narcoterrorismo" para
criminalizar toda forma de disidencia, presentando a manifestantes sociales,
especialmente a los pueblos indígenas, como cómplices de los carteles. Esto
justifica una represión brutal contra protestas pacíficas, resultando en
heridos, detenidos y hasta muertes, como la del líder indígena Efraín Fuerez,
quien fue asesinado por fuerzas militares durante una marcha. La Constitución
misma parece estar siendo socavada. El asesinato del candidato presidencial
Fernando Villavicencio, atribuido a los carteles, fue orquestado desde prisión
para eliminar a un adversario político, demostrando el peligroso vínculo entre
el crimen y la manipulación electoral.
Un elemento
central de la consolidación del poder ejecutivo es la aprobación de la Ley
Orgánica de Inteligencia en junio de 2024. Esta ley representa un punto de
inflexión peligroso para la democracia ecuatoriana. Centraliza el control de
todas las agencias de inteligencia directamente en manos del presidente, crea
un nuevo directorio nacional de inteligencia (DNI) sometido a la voluntad
presidencial y elimina prácticamente toda supervisión judicial sobre las
interceptaciones telefónicas y el acceso a datos de ciudadanos. Al definir
vagamente qué constituye una "amenaza a la seguridad nacional", la
ley abre la puerta a la vigilancia y persecución de opositores políticos,
activistas, defensores de derechos humanos y medios de comunicación
independientes. Expertos advierten que este marco legal podría dar lugar a un
"estado de inteligencia autoritario", similar al de Perú, donde la
información recopilada se usa para suprimir la disidencia en lugar de combatir
el crimen. Esta centralización del poder de vigilancia, combinada con la
militarización de la seguridad y la criminalización de la protesta, crea un
entorno en el que la democracia está en grave riesgo de retroceder hacia un
régimen híbrido, donde las formas democráticas coexisten con prácticas
autoritarias.
El Campo de Batalla
Ampliado
Para los
activistas sociales, colectivos populares y defensores de derechos humanos en
Ecuador, la crisis actual ha transformado su campo de acción en un espacio de
extrema vulnerabilidad. Ya no operan en un terreno claramente definido entre el
Estado y el crimen organizado; ahora se encuentran en medio de un conflicto
ampliado, donde ambas partes representan amenazas directas. El Estado,
debilitado y/o instrumentado por la corrupción, carece de la capacidad y la
voluntad para protegerlos, mientras que las fuerzas de seguridad, enmarcadas en
una estrategia de "mano dura", las perciben como una posible fuente
de apoyo o colaboración con las pandillas, convirtiéndolas en blanco de
vigilancia, hostigamiento y represión.
Simultáneamente,
los carteles, al operar con una impunidad casi total, ven a los activistas que
denuncian sus operaciones, protegen territorios ancestrales o luchan contra
proyectos extractivistas como una amenaza a sus intereses económicos y buscan
silenciarlos a través de la intimidación o la violencia. Esta doble amenaza
crea un entorno de peligro extremo, donde la labor de monitoreo y defensa de
derechos se vuelve una tarea de alto riesgo.
La
criminalización de la protesta es una táctica central utilizada por el Estado
para neutralizar a la sociedad civil. Las manifestaciones sociales, que
históricamente han sido un vehículo para la expresión de demandas ciudadanas,
son descritas oficialmente como "narcoterrorismo" o actividades
subversivas, sin evidencia alguna que respalde estas afirmaciones. Esto no solo
deslegitima las causas de los movimientos, sino que también legitima una
respuesta policial y militar desproporcionada. Durante las protestas de
septiembre de 2023 contra la eliminación de subsidios de combustibles,
organizadas por CONAIE, se documentaron numerosos casos de violencia estatal,
incluyendo disparos con munición real contra manifestantes pacíficos, como el
fatal incidente que costó la vida al líder indígena Efraín Fuerez. Los
activistas enfrentan un conjunto de herramientas de represión diseñadas para
disuadir y silenciar. Esto incluye la vigilancia digital, la interceptación de
comunicaciones, la investigación de su historial personal y profesional, y la
difamación a través de campañas mediáticas y procesos judiciales basados en
cargos falsos, como el de terrorismo. La financiación de organizaciones no gubernamentales
también se ve afectada, con casos reportados de "hostigamiento
financiero", como el congelamiento inexplicable de cuentas bancarias de
líderes de movimientos sociales, buscando debilitar sus operaciones financieras.
Ante esta
realidad, los colectivos sociales se enfrentan a una decisión crítica:
retirarse del escenario público o intensificar sus esfuerzos de autodefensa y
resistencia. La elección de la resistencia exige un replanteamiento estratégico
fundamental. La fragmentación del movimiento social y la falta de coordinación
entre diferentes organizaciones son factores que magnifican la vulnerabilidad
individual. Es imperativo que los colectivos fortalezcan sus propias
capacidades de seguridad y resiliencia, desarrollando protocolos internos para
la protección de sus miembros, la gestión de información sensible y la
respuesta a emergencias. La creación de plataformas de coordinación, como la
plataforma de protección para periodistas MAPP, es un modelo a seguir y debe
ser replicado y ampliado para incluir a otros sectores de la sociedad civil.
Estas redes de apoyo mutuo son cruciales para compartir recursos, experiencia
y, sobre todo, para construir sistemas de alerta temprana que puedan anticipar
amenazas y movilizar respuestas colectivas. La supervivencia y el impacto
efectivo de los activistas hoy en día dependen de su capacidad para navegar
este paisaje de amenazas complejas, fortaleciendo sus vínculos internos y
externos, y utilizando todos los mecanismos disponibles para denunciar abusos y
exigir rendición de cuentas, tanto a las fuerzas de seguridad como a los
carteles criminales.
Mecanismos de
Autoprotección y Resiliencia Comunitaria para Activistas
En un contexto
donde el Estado ofrece una protección insuficiente o inexistente, y donde las
amenazas provienen tanto del crimen organizado como de la represión estatal, es
imperativo que los colectivos sociales y los activistas individuales
fortalezcan sus propias capacidades de autoprotección y resiliencia. Una
estrategia integral de seguridad debe abordar tanto las dimensiones digitales
como las físicas de la amenaza. En el ámbito digital, la vigilancia es
omnipresente, realizada tanto por las fuerzas de seguridad que buscan
desmantelar redes de organización como por los carteles que buscan identificar
a sus oponentes. Por ello, la adopción rigurosa de protocolos de seguridad
digital se convierte en una condición sine qua non para la supervivencia. Esto
implica el uso consistente de herramientas de comunicación cifradas de extremo
a extremo como Signal o Threema, que protegen los mensajes y llamadas de
escuchas no autorizadas. Para el almacenamiento de documentos sensibles,
imágenes o datos personales, es crucial utilizar servicios de almacenamiento en
la nube cifrados como Proton Drive o CryptPad, o software de cifrado de disco
como VeraCrypt, para evitar que la información quede expuesta en dispositivos
que podrían ser confiscados o pirateados. La gestión segura de contraseñas es
otro pilar fundamental; el uso de un gestor de contraseñas como Bitwarden o
KeePassXC reduce la exposición a ataques de phishing y credenciales robadas.
Además, es vital realizar capacitaciones constantes para todos los miembros del
colectivo sobre cómo reconocer y evitar amenazas digitales comunes, como
correos electrónicos fraudulentos, malware y la divulgación accidental de
información a través de redes Wi-Fi públicas no seguras.
En la dimensión
física, la seguridad requiere un enfoque proactivo y multifacético.
Primero, es
necesario establecer redes de apoyo y alerta temprana entre los miembros del
colectivo. Esto significa identificar puntos de contacto seguros, protocolos de
comunicación alternativos (por ejemplo, utilizando apps de mensajería no
vinculadas a una cuenta de correo electrónico específica) y canales de
emergencia predefinidos. Estas redes no solo ayudan a compartir información
crítica en tiempo real, sino que también proporcionan un soporte emocional y
logístico en momentos de crisis.
Segundo, es
crucial desarrollar estrategias de mitigación de riesgos físicos. Esto incluye
evitar patrones de comportamiento predecibles, utilizar vehículos anónimos
cuando sea posible, y establecer puntos de encuentro seguros que no sean
fácilmente identificables con el colectivo. Tercero, la documentación meticulosa
de cualquier amenaza, seguimiento, agresión o abuso es una herramienta de
defensa poderosa. Registrar fechas, horas, nombres (si se conocen),
descripciones de los agresores y detalles circunstanciales puede generar un
archivo robusto que pueda ser utilizado para presentar denuncias ante
organismos nacionales e internacionales, como la CIDH o la ONU, y para
construir un caso de evidencia sólido.
Finalmente, la
conciencia situacional es clave. Mantenerse informado sobre la dinámica de
violencia en las áreas donde se trabaja, conocer las señales de alerta de una
posible amenaza y tener un plan de contingencia claro pueden marcar la
diferencia entre una situación manejable y un evento catastrófico. La
resiliencia comunitaria se cultiva a través de la preparación, la solidaridad
interna y la voluntad de aprender y adaptarse continuamente a un entorno de
riesgo.
Tabla 2.-
Medidas de seguridad.
|
Área de seguridad |
Herramientas y prácticas recomendadas |
Justificación y beneficios |
|
eguridad
Digital |
Comunicación:
Signal, Session, Element Almacenamiento:
Proton Drive, Nextcloud, VeraCrypt |
Protege la privacidad de las comunicaciones y datos sensibles. Evita
la interceptación por parte de inteligencia estatal o carteles. Previene el
robo de identidad y la pérdida de información crítica. |
|
Seguridad
Física |
Redes
de Apoyo: Protocolos de alerta temprana y apoyo mutuo. Estrategias
de Mitigación: Patrones de comportamiento variables, vehículos
anónimos. |
Reduce la probabilidad de ser víctima de un ataque. Facilita una
respuesta rápida y coordinada en emergencias. Proporciona evidencia para
denuncias y acciones legales. |
|
Salud
Mental y Bienestar |
Apoyo
Psicosocial: Creación de espacios seguros para el
procesamiento de traumas. Capacitación:
Entrenamiento en manejo de estrés y resiliencia. Descanso
y Descarga: Promoción de períodos de descanso para evitar el
agotamiento. |
Los activistas en contextos de alta tensión experimentan un estrés
postraumático. El bienestar mental es esencial para la sostenibilidad a largo
plazo del trabajo de defensa. |
Estrategias de
Contrapeso Institucional y Cooperación Regional
Si bien la
autoprotección es fundamental para la supervivencia inmediata, los colectivos
sociales y populares deben aspirar a un objetivo más amplio: construir un
contrapeso social capaz de ejercer presión sobre las instituciones estatales y
promover la rendición de cuentas. Esta labor de construcción institucional no
se realiza desde la confrontación directa, sino a través de la participación
ciudadana transparente, el monitoreo de la justicia y la alianza con redes
regionales y globales que ofrecen apoyo y visibilidad.
Una de las áreas
más frágiles y vulnerables a la captura del crimen es la judicatura. Frente a
la corrupción sistémica y la impunidad endémica, los colectivos pueden jugar un
papel crucial en el monitoreo ciudadano. Esto implica seguir de cerca los
procesos judiciales públicos, solicitar activamente el acceso a la información
pública sobre los procedimientos y los resultados de las investigaciones, y
exponer cualquier irregularidad, sesgo o evidencia de coacción en las
decisiones judiciales. Al hacerlo, se contribuye a construir un registro
público de la integridad (o falta de ella) de los funcionarios de la justicia,
generando presión para que se adopten medidas disciplinarias o se eliminen a
aquellos que son cómplices del crimen.
Otra área
estratégica es la promoción de la integridad corporativa y financiera.
Siguiendo los modelos de las plataformas anti-corrupción regionales lideradas
por UNODC, los colectivos pueden presionar a las empresas privadas para que
adopten programas de integridad corporativa y transparenten sus cadenas de
suministro. Al exigir que las empresas no solo cumplan con la ley, sino que
implementen políticas proactivas para prevenir la corrupción, se reduce la
capacidad de los carteles para infiltrarse en la economía a través de la compra
de licitaciones públicas, la cooptación de proveedores o la manipulación de
contratos privados. La transparencia en la contratación pública es un arma
poderosa contra la corrupción, y la participación ciudadana en la selección de
funcionarios públicos, como se promueve en las plataformas anti-corrupción de
la región, puede ayudar a asegurar que los jueces, fiscales y otros
funcionarios sean nombrados sobre la base de méritos y no de conexiones con el
crimen organizado.
Finalmente,
ningún actor social puede luchar solo contra la amenaza del crimen organizado.
La integración en redes de defensores a nivel regional y global es esencial
para acceder a recursos, recibir protección internacional y aumentar la
visibilidad de las luchas locales. Los colectivos ecuatorianos deben fortalecer
sus lazos con organizaciones de derechos humanos y defensores de tierras a
nivel regional, como REDAM en México o la CONAMAQ en Bolivia, que han
desarrollado experiencias valiosas en la defensa de sus comunidades contra la
violencia estatal y la presión de actores extractivistas. Estas redes ofrecen
apoyo legal, protección internacional a través de mecanismos como los
procedimientos de urgencia ante la CIDH, y una plataforma para visibilizar
casos de manera conjunta, lo que aumenta la presión sobre los Estados para que
garanticen la seguridad de sus ciudadanos. Además, es fundamental
familiarizarse y utilizar activamente los mecanismos de protección disponibles
en el sistema interamericano de derechos humanos (CIDH, Corte Interamericana) y
las recomendaciones de la ONU. Presentar denuncias formales ante estos cuerpos
puede generar un escrutinio internacional que obligue al Estado ecuatoriano a
investigar los abusos, proteger a los activistas y cumplir con sus obligaciones
internacionales. En conclusión, la lucha contra la infiltración del crimen
organizado en Ecuador es una batalla multifrontal. Requiere que los activistas
no solo se protejan a sí mismos, sino que también construyan una red de apoyo social,
presionen por la reforma institucional y se conecten con una comunidad global
de defensores para asegurar que la voz de la sociedad civil no sea silenciada.
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