Estrategias de Resistencia Híbrida y Seguridad Cultural
Desmantelamiento
Institucional y Criminalización Selectiva.
El contexto
político en Ecuador bajo el gobierno de Daniel Noboa representa un avance
significativo hacia un modelo autoritario, caracterizado por un
desmantelamiento deliberado de instituciones autónomas y el desarrollo de un
arsenal legal diseñado para silenciar la disidencia. Este panorama exige una
comprensión profunda de las estrategias estatales, que van más allá de la
simple violencia física para incluir una reconfiguración sistémica del campo de
juego social y político. La principal acción política ha sido la fusión de la
cartera de Cultura y Patrimonio con la de Educación, siendo esta última
posteriormente reducida a un Vice Ministerio con un presupuesto y rol
administrativo considerablemente disminuidos. Esta medida no debe interpretarse
como un ajuste solamente administrativo, sino como un movimiento estratégico
para debilitar el espacio autónomo de la cultura, alineándolo con un modelo de
estado minino inspirado en la agenda de Javier Milei, eliminando cualquier
posible contrapeso ideológico al proyecto económico gubernamental. Concentrando
el poder en ministerios ligados directamente a la economía extractivista, como
la recién creada cartera de Energía y Minas, el gobierno busca neutralizar una
de las principales vías de resistencia simbólica y cultural.
La base legal de
esta nueva fase represiva se consolida a través de leyes excepcionales que
expanden drásticamente las facultades del Estado. La declaración del estado de
conflicto armado interno el 9 de enero de 2024, aunque declarada
inconstitucional por el Tribunal Constitucional debido a la falta de
justificación suficiente, continúa siendo aplicada por el ejecutivo, lo que
permite operaciones de vigilancia ampliadas, intervención militar y la
supresión de la disidencia bajo un pretexto de seguridad nacional. Esta
situación se ve formalizada y perpetuada por la Ley Nacional de Solidaridad,
introducida en junio de 2025, que legaliza la capacidad del presidente para
declarar estados de emergencia y guerra interna, expandiendo los poderes de la
policía y el ejército. Esta ley también crea un peligroso amiguismo entre los
grupos de auto-defensa indígenas y campesinos y las estructuras del crimen
organizado, abriendo la puerta a la criminalización de comunidades que
defienden sus territorios. Este marco legal opera en conjunto con la Ley
Orgánica de Transparencia Social, una herramienta diseñada específicamente para
atacar a las organizaciones de la sociedad civil. La ley obliga a
aproximadamente 71,000 fundaciones a registrar información sensible sobre sus
miembros y financiadores, con la amenaza de disolución legal por
incumplimiento. Este mecanismo ha sido utilizado de manera selectiva e
intimidatoria contra grupos indígenas y ambientalistas que se oponen a la
extracción, como la Alianza Ceibo y el Frente Nacional Antiminero (FNA),
recibiendo solicitudes de información invasivas desde su primera hora de
existencia.
Es crucial
señalar que este sistema de vigilancia legal es profundamente selectivo; la
misma ley no se aplica a las corporaciones mineras que operan bajo la misma
agenda gubernamental, evidenciando su verdadera naturaleza política de
criminalización de la disidencia más que técnica de transparencia fiscal. La
combinación de la represión física y la criminalización jurídica es
complementaria. La brutalidad policial durante las protestas, como la
registrada durante el paro nacional de octubre de 2019, donde se documentaron
múltiples casos de lesiones graves e incluso muertes por parte de fuerzas de
seguridad, demuestra la disposición del Estado a utilizar la fuerza letal para
contener la movilización social. Durante esa jornada, al menos 15 personas
perdieron un ojo, incluyendo a Jhajaira Urresta, quien sufrió un impacto
directo de un gas lacrimógeno en su cara. La violencia no se limita a los
enfrentamientos callejeros; también incluye ataques a espacios considerados
seguros. Durante las protestas de 2019, los campus universitarios de Quito, que
funcionaban como refugios para civiles heridos y familias, fueron asediados por
la policía, quienes llegaron a disparar gases lacrimógenos dentro de los
edificios, un acto que fue posteriormente reconocido como un error por las
autoridades pero que revela el alcance de la agresión estatal. Adicionalmente,
se han documentado prácticas de vigilancia a largo plazo contra líderes
indígenas clave, como Leonidas Iza, cuya persecución incluía planes para su
"desaparición" y enfrentar cargos de secuestro de policías que son
ampliamente considerados políticos. En resumen, el adversario no es solo un
actor represivo, sino un estratega que reconfigura activamente el entorno para
hacer que la organización legítima sea marginada, obligando a los colectivos a
desarrollar nuevas formas de resiliencia y seguridad.
La Disciplina No
Violenta y la Comunicación Autónoma como Pilares de Éxito
A pesar de la
creciente sofisticación represiva del Estado ecuatoriano, los movimientos
sociales han desarrollado y puesto en práctica tácticas de resistencia que han
logrado resultados concretos, ofreciendo valiosas lecciones estratégicas para
los colectivos estudiantiles y artísticos. Dos pilares fundamentales emergen de
estos procesos de movilización: la primacía de la disciplina no violenta como
estrategia de legitimación y la construcción de canales de comunicación
autónomos para construir contranarrativas. El análisis comparativo entre el
paro nacional de octubre de 2019 y el de junio de 2022 liderado por la
Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (CONAIE) ilustra de
manera contundente el impacto de la disciplina en la trayectoria de un
movimiento. Aunque ambas movilizaciones tuvieron éxito en forzar al gobierno a
derogar decreto presidencialmente impuestos, sus caminos y consecuencias fueron
radicalmente diferentes. El paro de 2019, impulsado por el anuncio de la
eliminación de subsidios a los combustibles, resultó en una pérdida
significativa de legitimidad pública debido a episodios de violencia atribuidos
a facciones dentro del propio movimiento. Esta violencia, junto con incidentes
de saqueo y confrontaciones con la policía, permitió al gobierno justificar una
respuesta represiva mayor y erosionó el apoyo de segmentos cruciales de la población,
incluyendo a la clase media y a medios de comunicación. Por el contrario, el
exitoso paro de junio de 2022 mantuvo un alto nivel de disciplina no violenta,
lo que fue fundamental para mantener la unidad del frente y conservar el
respaldo social necesario para negociar un acuerdo favorable .
Las acciones
ciudadanas pacíficas jugaron un papel crucial en ambos escenarios. Durante las
protestas de 2019, surgieron iniciativas de paz lideradas por ciudadanos,
marchas de diálogo promovidas a través de redes sociales, y acciones simbólicas
como el célebre "cacerolazo" (pot-banging) del 12 de octubre, que
generó un momento de calma y visibilidad. En Guayaquil y Quito, universidades
establecieron "zonas de paz" para proteger a civiles y médicos, y
estudiantes realizaron intervenciones físicas para separar a manifestantes de
la policía, demostrando una capacidad de autocivilidad. Estas experiencias
demuestran que la adherencia a la no violencia no es meramente una postura
ética, sino una táctica estratégica indispensable para ganar y mantener la
moral, la imagen pública y el apoyo popular, factores determinantes para el
éxito a largo plazo de cualquier campaña de resistencia. Para los colectivos
urbanos, como los estudiantiles y artistas, adoptar esta disciplina rigurosa
antes de cualquier acción es una forma de preparación preventiva que evita que
agentes provocadores o facciones radicales deslegitimen todo el esfuerzo y
abran brechas que el Estado explotará para intensificar la represión.
Paralelamente,
la construcción de una narrativa propia y autónoma es igualmente vital en un
contexto donde los medios de comunicación tradicionales están controlados o son
hostiles. La capacidad de producir y difundir mensajes alternativos permite
erosionar la hegemonía informativa del Estado y conectar con audiencias locales
e internacionales. Los pictogramas desarrollados por las nacionalidades
indígenas amazónicas representan un ejemplo paradigmático de "diseño
militante", una práctica que integra símbolos ancestrales con narrativas
políticas contemporáneas para fortalecer la identidad y la memoria colectiva.
Utilizados durante el paro de 2022, estos pictogramas sirvieron como
herramientas de comunicación participativas y educativas que circularon a
través de canales comunitarios, desafiando eficazmente las narrativas
oficiales. De manera similar, el arte gráfico ha demostrado ser una herramienta
poderosa. La exhibición "Graphic Turn" en el Reina Sofía muestra cómo
el arte gráfico latinoamericano ha evolucionado para incluir formatos digitales
como memes, frases virales y performances artísticas que circulan masivamente
en redes sociales. El caso del movimiento Un Violador en Tu Camino
en Chile es un testimonio de cómo una performance artística puede trascender
fronteras para convertirse en un símbolo global de la resistencia feminista.
Históricamente, artistas ecuatorianos como Oswaldo Guayasamín y Eduardo Kingman
sentaron un precedente de la "artivismo", utilizando la pintura como
vehículo para denunciar la opresión indígena y la explotación laboral,
respectivamente. Para los colectivos estudiantiles y artísticos, esto significa
que su capital creativo y su capacidad de pensamiento crítico son sus armas más
potentes. La estrategia debe centrarse en desarrollar capacidades para la
producción de contenido visual, digital y performático que pueda circular fuera
de los canales oficiales, construyendo así un ecosistema de contranarrativas
que sostenga y legitime sus demandas.
Nuevas Formas de
Vigilancia y Defensas Esenciales
La represión
estatal en Ecuador, alineada con tendencias regionales e internacionales, ha
incorporado de manera sistemática y avanzada el uso de tecnología para
monitorear, infiltrar y procesar a los activistas. La era digital ha creado
nuevos campos de batalla donde la privacidad y la seguridad de los colectivos
están constantemente amenazadas. Las agencias gubernamentales, tanto federales
como locales, utilizan un arsenal de herramientas de vigilancia digital para
rastrear a organizadores, migrantes y periodistas. Esto incluye el
reconocimiento facial (FRT), el seguimiento GPS a través de aplicaciones como
SmartLINK, el monitoreo de redes sociales y el uso de "geofence
warrants" —órdenes judiciales que obligan a los proveedores de servicios a
entregar datos de todos los dispositivos que estuvieron en un área específica
durante un evento específico— para identificar a manifestantes después de que
las protestas han terminado. La magnitud de estas operaciones es alarmante;
seis agencias federales admitieron haber usado FRT durante las protestas de
Black Lives Matter en 2020, y el ICE ha monitoreado a más de 700,000 personas a
través de la app SmartLINK . La existencia de bases de datos secretas, como la
mantenida por el ICE que contenía información detallada de abogados y
organizadores del sur de EE.UU., demuestra el alcance de estas operaciones de
vigilancia encubierta.
Frente a este panorama, la adopción proactiva de
una "seguridad cultural" deja de ser un concepto abstracto para
convertirse en una necesidad pragmática y profesional para cualquier colectivo
comprometido. La seguridad cultural es un conjunto de valores y protocolos
colectivos destinados a proteger a los activistas de la infiltración, la
vigilancia, la criminalización y el agotamiento personal (burnout). Sus raíces
históricas se encuentran en la respuesta de movimientos como los derechos
civiles a las tácticas de COINTELPRO de la FBI en la década de 1960, que
buscaban infiltrar y desestabilizar organizaciones. Los principios de la
seguridad cultural moderna, formalizados en gran medida por los movimientos
anarquistas en la década de 1990, deben ser internalizados por los grupos de
trabajo estudiantiles y artísticos. Uno de los principios más importantes es la
compartamentalización de la información: nunca discutir actividades
planificadas con nadie que no tenga una necesidad estricta de conocer esos
detalles. Esto minimiza el daño si una persona es capturada o se ve forzada a
hablar. Otro pilar es la discreción como
estrategia, que implica
evitar conversaciones delicadas en espacios públicos o en plataformas digitales
abiertas, siguiendo el principio de "no preguntar, no decir". La
preferencia por la comunicación presencial en lugar de electrónica es otra
práctica clave, ya que permite construir una confianza más sólida, reduce el
riesgo de interceptación y previene la dependencia de plataformas corporativas
que pueden ser vulnerables o censurar conversaciones.
La aplicación de la seguridad cultural requiere una
adaptación constante a las amenazas cambiantes. Esto implica una minimización de la huella digital: evitar el uso de cuentas
personales para actividades organizativas, utilizar herramientas de anonimato
cuando sea posible y ser conscientes de que incluso las conversaciones en
aplicaciones de mensajería pueden ser vulnerables. Es fundamental desarrollar
shorthands privados para comunicar de forma segura en público y crear
protocolos claros para eventos, como puntos de encuentro seguros y
procedimientos de evacuación. Además, la seguridad cultural se extiende al
cuidado emocional y psicológico de los miembros del grupo, reconociendo que la
vigilancia y la represión tienen un impacto traumático. La formación en estos
temas a través de talleres y es crucial para crear una cultura de mutualidad y
precaución informada en lugar de paranoia. La siguiente tabla resume las
amenazas digitales y las defensas correspondientes recomendadas:
|
Amenaza
digital |
Descripción |
Acciones recomendadas |
|
Reconocimiento Facial (FRT) |
Uso de cámaras y software para identificar
individuos en multitudes o videos de protestas. |
Evitar mostrar el rostro en fotos/videos de protestas;
usar tapabocas o sombreros; estar alerta ante drones y cámaras de vigilancia. |
|
Seguimiento GPS/SmartLINK |
Aplicaciones móviles que requieren check-ins de
ubicación, voz y rostro para monitorear a personas (ej. detenidos). |
Refutar el uso de tales aplicaciones si se le
exige; utilizar sistemas de transporte que no rastreen la ubicación (si es
posible); aumentar la conciencia sobre el tracking de dispositivos. |
|
Monitoreo de Redes Sociales |
Supervisión de perfiles, grupos y hashtags para
identificar a organizadores y simpatizantes. |
Usar cuentas anónimas para actividad
organizativa; practicar el "airplane mode" en reuniones y eventos;
ser cauteloso al compartir información de contacto o fechas. |
|
Geofence Warrants |
Órdenes judiciales para obtener datos de todos
los teléfonos en un área durante un evento. |
Reconocer que la identificación puede ocurrir
días o semanas después; usar VPNs y aplicaciones de mensajería cifradas; ser
consciente de que la información puede ser recopilada sin conocimiento. |
|
Infiltración y Agentes Provocateurs |
Agentes encubiertos que buscan infiltrarse en
grupos para desestabilizarlos o provocar violencia. |
Vetting de nuevos miembros a través de
referencias de confianza; práctica de need-to-know en la compartición de
información; fomentar un ambiente de confianza y verificación. |
Modelos
Organizativos Descentralizados.
En un entorno de alta persecución y represión
estatal, los modelos organizativos centralizados y jerárquicos son
inherentemente vulnerables. Una sola detención de un líder o la infiltración de
un único nodo puede desmantelar toda la estructura. Por lo tanto, la
construcción de una infraestructura organizativa resiliente para los colectivos
estudiantiles y artísticos debe priorizar la descentralización, la autonomía de
núcleos pequeños y la conexión a través de redes de confianza. Este enfoque,
inspirado en las estructuras de las Comunicaciones Indígenas Comunitarias (ICC)
en el Ecuador amazónico, permite que el movimiento persista y adapte su
estrategia incluso cuando ciertos componentes sean neutralizados. La propuesta
es la creación de Grupos de Trabajo
Temáticos y Funcionales, que operen de
manera coordinada, pero con autonomía operativa. Este modelo distribuye la
responsabilidad y la carga de trabajo, reduce la centralización de la
información y permite una especialización táctica, convirtiendo a cada grupo en
un centro de excelencia para una función específica.
Cada grupo de
trabajo tendría una misión clara y roles definidos, pero colaboraría
estrechamente con los demás para ejecutar una estrategia integral. La
coordinación se basaría en la confianza mutua y protocolos de seguridad
culturales robustos. A continuación, se detallan las funciones y estructuras
propuestas para estos grupos de trabajo:
Grupo de Comunicación y Contranarrativa: Este grupo sería el principal
agente de producción de capital simbólico y cognitivo del colectivo. Su misión
es diseñar, crear y difundir material audiovisual, gráfico, musical y escrito
que construya y sustente una contranarrativa a la del gobierno. Se inspiraría
en prácticas como el "diseño militante" de los pictogramas indígenas
y el arte gráfico de resistencia latinoamericana, adaptando estas técnicas a
las realidades digitales actuales. Sería responsable de gestionar canales de
comunicación autónomos, como perfiles en redes sociales, podcasts o radios
comunitarias, y de realizar formación continua para todo el colectivo en
seguridad digital y comunicación segura.
Grupo de Seguridad Cultural: Este grupo tiene la
responsabilidad crítica de desarrollar, implementar y difundir protocolos de
seguridad para todas las actividades del colectivo. No se trata solo de medidas
de defensa pasiva, sino de integrar la seguridad en la cultura organizacional.
Su trabajo incluiría la realización de talleres periódicos sobre vigilancia
digital, manejo de entrevistas con la prensa, protocolos para reuniones y
eventos, y la creación de un manual de seguridad. También sería el punto de
contacto para gestionar cualquier incidente relacionado con la seguridad, como
la sospecha de infiltración o la detención de un miembro.
Grupo de Investigación y Documentación: Su función es la recolección,
análisis y archivado sistemático de información sobre la represión estatal, las
políticas gubernamentales, los casos judiciales y los testimonios de víctimas.
Este grupo actuaría como un archivo vivo, proporcionando a los demás grupos
datos precisos para la toma de decisiones y aportando información a organismos
de derechos humanos para garantizar la rendición de cuentas. La documentación meticulosa
es una forma de resistencia que ayuda a contar la verdad y a construir un caso
histórico, incluso si el proceso judicial está sesgado.
Grupo de Acción Directa (Funcional y no
Centralizado): Este grupo no
planea grandes acciones de protesta centralizadas, sino que se enfoca en la
capacitación y la preparación táctica. Su objetivo es equipar a los miembros
del colectivo con las habilidades necesarias para intervenir de manera
organizada, disciplinada y no violenta si surge una oportunidad de acción.
Capacitaría en tácticas como la ocupación pacífica
de espacios públicos, la creación de cadenas humanas, la organización de zonas
de protección y la conducción de marchas y manifestaciones. Su rol es empoderar
a la red para que pueda responder flexiblemente a la coyuntura, aprendiendo de
las lecciones de la experiencia de 2019 y 2022.
Grupo de Apoyo Solidario: Este grupo se encarga de las
tareas logísticas y de cuidado que son esenciales para el bienestar y la
sostenibilidad del movimiento. Su trabajo incluye la provisión de alimentos,
agua y materiales básicos en manifestaciones, la coordinación de brigadas médicas
para atender a los heridos, y el apoyo a las familias de detenidos o víctimas
de la represión. El cuidado mutuo es una forma de resistencia que fortalece la
cohesión del grupo y demuestra que el movimiento no solo lucha contra el mal,
sino que también construye un mundo mejor.
Este modelo
organizativo híbrido y descentralizado permite una combinación flexible de
tácticas, actuando dentro de los márgenes legales siempre que sea
estratégicamente conveniente y empleando formas de desobediencia civil no violenta
cuando la situación lo requiera, todo ello protegido por una cultura de
seguridad sólida.
Arte, Narrativa y
Acción Simbólica
Los colectivos
estudiantiles y artísticos poseen un arsenal de herramientas únicas que
trascienden la acción puramente política y económica: el arte, la narrativa y
la acción simbólica. Estas herramientas no son adornos, sino formas de acción
en sí mismas, capaces de generar impacto emocional, movilizar a nuevas
audiencias y construir un sentido de comunidad y propósito. La estrategia de
resistencia debe integrar proactivamente estas capacidades creativas para
erosionar la narrativa oficial y visibilizar las demandas. El arte de la
resistencia, especialmente en Ecuador, tiene una profunda tradición. Artistas
como Oswaldo Guayasamín, con su obra cubista que denunciaba la opresión
indígena, y Eduardo Kingman, con sus pinturas que retrataban la explotación de
la mano de obra indígena, sentaron un precedente de la "artivismo".
Su trabajo demostró cómo la expresión artística podía ser un vehículo poderoso
para la crítica social y política, conectando el dolor individual con la
injusticia estructural. Este legado puede ser recuperado y adaptado para el
contexto actual, utilizando las plataformas digitales para crear y difundir
obras que critiquen la extracción, la corrupción y la represión.
Una de las
herramientas más potentes en la era digital es la comunicación visual y
gráfica. La exhibición "Graphic Turn: Like the Ivy on the Wall"
documenta cómo el arte gráfico latinoamericano ha evolucionado para incluir
formatos como memes, frases virales y performances artísticas que circulan
masivamente en redes sociales. Los colectivos estudiantiles y artísticos pueden
replicar este modelo creando campañas visuales que sean fácilmente digeribles y
compartibles. Estas campañas pueden utilizar elementos iconográficos
persistentes en la protesta, como el puño en alto o figuras indígenas, pero
también deben innovar para evitar la comercialización y la banalización de la
imagen de protesta. La creación de infografías, pósters y videos cortos que
expliquen de manera clara los mecanismos de la Ley de Transparencia Social, los
impactos de los proyectos mineros o los casos de violencia policial puede ser
extremadamente efectivo para educar y movilizar a la opinión pública.
Además del arte
y la comunicación visual, la narrativa y la historia son armas estratégicas.
Los pictogramas desarrollados por las nacionalidades indígenas amazónicas son
un ejemplo de cómo la participación y el diseño colectivo pueden crear recursos
de comunicación que fortalezcan la identidad y la memoria colectiva Estos
pictogramas no son meras imágenes, sino herramientas que integran símbolos
ancestrales con luchas contemporáneas, permitiendo a jóvenes y mujeres
organizar la resistencia y transmitir conocimiento intergeneracional. Los
colectivos pueden aprender de este enfoque al desarrollar sus propias historias
y símbolos. Esto implica documentar las luchas diarias, celebrar los triunfos y
honrar a quienes han sido perseguidos o asesinados. La narrativa del movimiento
no debe ser impuesta desde arriba, sino construida colectivamente, reflejando
las diversas voces y perspectivas de los estudiantes y artistas que la
componen. La creación de blogs, podcasts, revistas digitales o videoblogs puede
servir como plataformas para esta producción de contranarrativas, desafiando la
exclusión mediática a la que se enfrentan los movimientos sociales.
Finalmente, la
acción simbólica, a menudo realizada a través del arte, es fundamental para
crear momentos de alta visibilidad y generar un cambio en el imaginario social.
Los colectivos pueden organizar flash mobs, instalaciones artísticas en lugares
emblemáticos o proyecciones de poesía y video en edificios públicos, como lo
hicieron el colectivo Delight Lab en Chile. Estas acciones, aunque no siempre
tienen un impacto inmediato y tangible, cumplen una función crucial: demuestran
que el espacio público pertenece a todos y que la resistencia puede ser
creativa, audaz y accesible. Al combinar la acción directa con estas
herramientas simbólicas, los colectivos estudiantiles y artísticos pueden
construir una estrategia multifacética que no solo presiona al Estado, sino que
también imagina y construye un futuro alternativo.
Un Marco Flexible
para la Acción Coordinada y Cautelosa
En conclusión,
la tarea de los colectivos estudiantiles y artísticos en el Ecuador actual es
formidable, enfrentándose a un adversario que combate con un arsenal legal,
político y tecnológico sofisticado. Sin embargo, la experiencia de
movilizaciones anteriores y las capacidades inherentes a estos sectores
sugieren un camino viable: una estrategia de resistencia híbrida, cautelosa y
profundamente organizada. Se propone un marco estratégico que se articula en
torno a tres principios rectores: la combinación flexible de tácticas, la
focalización en el capital intelectual y creativo, y la construcción de una
infraestructura organizativa resiliente basada en la seguridad cultural. La
táctica ideal no debe ser una dicotomía rígida entre legalidad y desobediencia
civil, sino una combinación dinámica y adaptable. Esto implica actuar dentro de
los márgenes legales siempre que sea posible y estratégicamente conveniente,
utilizando herramientas como la presión mediática, la educación pública y la
producción cultural legal. Simultáneamente, el colectivo debe estar preparado
para emplear formas de desobediencia civil y desafío simbólico cuando la
situación lo requiera, pero siempre con una disciplina no violenta rigurosa
para maximizar el apoyo público y minimizar la pérdida de legitimidad,
aprendiendo de las experiencias de 2019 y 2022. Mantener un espectro de
posibilidades tácticas permite responder con flexibilidad a la evolución
constante de la represión estatal.
El segundo
principio es la focalización en las capacidades únicas de los colectivos. Su
principal recurso no es la fuerza física, sino su capacidad para pensar, crear
y comunicar. La estrategia debe centrarse en la producción de capital simbólico
y cognitivo que pueda erosionar la narrativa del gobierno y empoderar a las
comunidades. Esto se traduce en el uso intensivo de herramientas como el arte
de resistencia, la comunicación visual y la construcción de contranarrativas,
aprendiendo de la tradición de artistas como Guayasamín y Kingman y de las
innovaciones del arte gráfico digital. La tercera y quizás más crítica
dimensión es la construcción de una infraestructura organizativa que resista la
presión estatal. El modelo de grupos de trabajo temáticos y funcionales
(Comunicación, Seguridad Cultural, Investigación, Acción Directa y Apoyo
Solidario) ofrece una estructura descentralizada y resiliente. Esta estructura
debe ser el vehículo para la implementación de una cultura de seguridad
cultural, entendida no como paranoia, sino como profesionalismo y cuidado
mutuo. Prácticas como la compartimentación de la información, la discreción en
la comunicación y la minimización de la huella digital son indispensables para
proteger a los miembros y asegurar la viabilidad a largo plazo del movimiento.
Para llevar a
cabo esta estrategia, es imperativo invertir tiempo y recursos en la formación
y el desarrollo de capacidades dentro de los grupos de trabajo. Esto incluye
talleres sobre seguridad digital, entrenamiento en disciplina no violenta, y
cursos sobre producción de contenido visual y narrativo. La colaboración con
otras organizaciones, especialmente con aquellos movimientos que han
experimentado años de lucha y supervivencia como CONAIE, puede ser invaluable
para compartir conocimientos y construir alianzas intergeneracionales y
territoriales. En resumen, la propuesta es un llamado a la construcción de una
infraestructura organizativa inteligente, creativa y cautelosa. Al combinar una
táctica flexible con una seguridad cultural robusta y un uso estratégico de su
capital intelectual, los colectivos estudiantiles y artísticos pueden no solo
defender el presente, sino también imaginar y construir un futuro alternativo,
uno en el que la cultura y la creatividad sean reconocidas como formas de poder
y resistencia insuperables
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