Conciencia de Clase y Estructura Capitalista
Desigualdad Estructural y Reproducción de la Conciencia Falsa
El
análisis de la realidad socioeconómica de Ecuador revela un sistema
profundamente arraigado en la estructura capitalista, caracterizado por una
extrema desigualdad material y una persistente lucha ideológica por la
hegemonía cultural. La teoría de la conciencia de clase, desarrollada
principalmente por Karl Marx y posteriormente refinada por pensadores como
Georg Lukács y Antonio Gramsci, ofrece un lente indispensable para comprender
cómo las condiciones objetivas de vida en Ecuador —la posición en la división
social del trabajo, el acceso a los medios de producción y la distribución de
la riqueza— se entrelazan con las percepciones subjetivas de las diversas
poblaciones, determinando sus capacidades para la acción colectiva . En este
contexto, la conciencia de clase no es simplemente la auto-percepción
individual de pertenencia a una categoría social, sino la comprensión colectiva
de las clases subalternas sobre su explotación estructural y su potencial
histórico como agente de cambio. Sin embargo, la sociedad ecuatoriana presenta
un caso paradigmático donde la vasta brecha entre la brutalidad de la
estructura económica y la fragmentación de la conciencia subjetiva permite el
mantenimiento del orden existente. Este fenómeno se explica fundamentalmente a través
de la noción de "conciencia falsa", un estado en el que las clases
subordinadas internalizan las ideologías dominantes, lo que les impide
reconocer sus intereses comunes y su oposición a la clase propietaria.
La
base de la estructura capitalista en Ecuador se sustenta en niveles de
desigualdad crónicos y sistémicos. Datos cuantitativos muestran una
concentración de la riqueza que supera los promedios latinoamericanos. Por
ejemplo, el coeficiente de Gini para la distribución de la tierra alcanzó 0.81 en
2012, cifra significativamente alta que indica una casi total monopolización de
los recursos productivos. Esta concentración se ve reflejada en el ingreso
familiar, donde por cada dólar ganado por un hogar en el quintil más bajo, un
hogar de la clase alta gana $12.50. A pesar de la expansión de la clase media
durante parte del período de bonanza petrolera, esta sigue siendo
extremadamente vulnerable; entre 1990 y 2015, la clase media pasó de
representar al 10% a casi el 40% de la población, pero este crecimiento fue
impulsado por factores externos y afectó a un grupo donde el 80% trabajaba en
el sector informal y carecía de protección social, haciéndolo susceptible a
cualquier shock económico. Esta estructura de clases, definida primordialmente
por la relación con los medios de producción, crea una profunda antinomia entre
el proletariado urbano y rural, los pequeños productores y la burguesía
nacional y transnacional. La economía ecuatoriana, altamente dependiente de la
exportación de materias primas como el petróleo, reproduce esta desigualdad al
vincular la estabilidad macroeconómica a los precios internacionales, dejando a
los sectores populares en una posición de precariedad constante.
Esta
desigualdad estructural debería, teóricamente, debería permitir el desarrollo
de una fuerte conciencia de clase. Sin embargo, la realidad es diferente. La
conciencia falsa opera como un mecanismo de control eficaz. Una manifestación
clara es la difusión de la ideología del individualismo, encapsulada en mitos
como el "sueño americano" o la creencia en la movilidad social
ascendente a través del esfuerzo personal. Este discurso oculta la naturaleza
sistémica de la desigualdad, presentando la pobreza no como una consecuencia de
la estructura económica, sino como un fracaso individual. Las percepciones de
los estudiantes universitarios en Ecuador reflejan esta mentalidad: asocian el
empleo positivamente con el esfuerzo y el éxito, pero negativamente con la
precariedad, sin conectar estas experiencias personales con las causas
estructurales del desempleo y la inseguridad laboral. Otro factor crucial es la
ideología del Estado-Nación, que fomenta la percepción de un actor estatal
neutral y protector, cuando en la práctica ha actuado consistentemente para
defender los intereses del capital, ya sea mediante subsidios a grandes
corporaciones o mediante la represión de protestas populares. El gobierno de
Lenin Moreno, por ejemplo, justificó la eliminación de subsidios de
combustible, que beneficiaban a los pobres, mientras eximía a grandes empresas
de $4.295 mil millones en impuestos, demostrando una redistribución de la carga
fiscal desde el pueblo hacia los ricos. Esta dualidad entre la retórica del
Estado y su función real contribuye a la desconexión entre la experiencia
vivida por la mayoría de la población y la comprensión de la estructura de
poder.
Los
datos sociométricos refuerzan esta tesis. El Instituto Nacional de Estadística
y Censos (INEC) clasifica a la población en cinco niveles socioeconómicos,
donde el nivel A (más alto) representa solo al 1.9% de la muestra y posee
acceso universal a servicios básicos, educación superior y seguros privados,
mientras que el nivel D (más bajo) representa al 14.9% y carece de acceso a
muchos de estos bienes esenciales. De manera similar, el INEC define a la clase
media ecuatoriana como aquellos con un ingreso per cápita entre 2.5 y 12.5
veces la línea de pobreza, un segmento que representó solo al 7.7% de la
población en 2022. La brecha entre estas categorías no es meramente económica, sino
también racial y territorial, evidenciando una profunda segregación social. La
élite oligárquica, aunque pequeña, mantiene un control significativo sobre la
economía y la política, a menudo a través de conexiones con el sector público o
de actividades extractivistas. Esta estructura de poder, donde la riqueza se
concentra y se hereda en una minoría, crea un campo de fuerzas donde la
burguesía nacional y transnacional ejerce una influencia desproporcionada sobre
las decisiones gubernamentales, reforzando la idea de que el sistema es
inamovible e injusto, pero inevitable. La respuesta a esta situación, según la
perspectiva marxista, debe pasar necesariamente por la superación de la
conciencia falsa y el desarrollo de una conciencia de clase que reconozca la
lucha de clases como el motor de la historia. La tarea para los movimientos
sociales no es tanto crear una nueva conciencia, sino articular y dar voz a la
conciencia latente que existe en medio de la explotación cotidiana, conectando
las luchas locales y particulares con la lucha de clases global y la estructura
capitalista.
|
Nivel
socioeconómico INEN 2022 |
% muestra |
Características principales |
|
Nivel
A |
1.9% |
Hogares con dos o más baños privados, acceso a internet, refrigerador,
lavadora. Jefes de hogar con educación terciaria o postgrado. Alta afiliación
a IESS (95%). Alta cobertura de seguro privado (79%). |
|
Nivel
B |
11.2% |
Similar al A, con acceso a tecnología básica. Jefes de hogar con
educación superior. Afiliación a IESS del 92%. Cobertura de seguro privado
del 47%. |
|
Nivel
C+ |
22.8% |
Cerámica, baldosa o vinilo. Uno o dos baños. Acceso limitado a
internet y computadoras. Jefes de hogar con educación secundaria. Afiliación
al IESS del 77%. Cobertura de seguro privado del 20%. |
|
Nivel
C- |
49.3% |
Materiales de construcción como ladrillo o cemento. Un baño. Acceso
restringido a tecnología. Jefes de hogar con educación primaria. Afiliación al
IESS del 48%. Ninguno tiene seguro privado. |
|
Nivel
D |
14.9% |
Materiales como madera sin tratar o tierra. Solo 31% tiene baño con
ducha. Jefes de hogar con educación primaria. Trabajan como obreros no
cualificados o son desempleados. Afiliación al IESS del 11%. Ninguno tiene
seguro privado. |
Esta
tabla ilustra de manera contundente la división social y económica de Ecuador,
una división que la teoría de la clase busca explicar no como una simple
jerarquía, sino como una relación de dominación y explotación. La estructura
capitalista, en su forma ecuatoriana, no solo genera desigualdad, sino que
también produce y reproduce una ideología que legitima esa desigualdad,
manteniendo a las masas en un estado de conciencia falsa que perpetúa la
sumisión y dificulta la formación de una clase para sí. La
superación de este doble rostro del capitalismo ecuatoriano requiere, por
tanto, un esfuerzo consciente por parte de los movimientos sociales para llevar
a cabo una pedagogía de la conciencia de clase, desmitificando la ideología
hegemónica y mostrando a las personas la conexión entre sus luchas individuales
y la lucha de clases colectiva.
Conciencia de Clase Avanzada en Movimiento Indígena y Obrero
A
pesar de la formidable barrera de la conciencia falsa, la historia y la
actualidad de Ecuador están marcadas por la existencia incipiente de
movimientos sociales vibrantes que operan con niveles de conciencia de clase
notablemente avanzados. Estos movimientos no son meras agrupaciones de interés,
sino organizaciones políticas que han logrado trascender la mera defensa de
reivindicaciones parciales para articular una visión de transformación
estructural de la sociedad. La Confederación de Nacionalidades Indígenas de
Ecuador (CONAIE) y el movimiento obrero, con sus respectivas trayectorias
históricas y desafíos contemporáneos, constituyen los ejemplos más claros de
cómo una "clase para sí" puede emerger y proyectarse en el escenario
político nacional. Su lucha no se limita a demandar mejores condiciones de vida
dentro del marco capitalista, sino que apunta a la deconstrucción de dicho
marco, denunciando la estructura misma de la explotación y la colonización.
La
CONAIE, fundada en 1986, representa un caso paradigmático de conciencia de
clase total. Lejos de concebirse como una simple federación de comunidades, la
CONAIE se define como una organización política que encarna la voluntad de los
pueblos originarios para la autodeterminación y la resistencia. Su capacidad
para articular la lucha indígena con otras formas de opresión es evidente en
sus movilizaciones nacionales. Por ejemplo, en la huelga general de octubre de
2019, la CONAIE se alió con sindicatos, estudiantes, grupos de mujeres y
organizaciones del barrio, logrando un paro nacional que obligó al gobierno a
derogar el decreto neoliberal de Lenin Moreno. Esta unidad estratégica
demuestra una comprensión profunda de que los intereses de los pueblos
indígenas están intrínsecamente ligados a los de las clases populares urbanas y
campesinas frente a un enemigo común: el modelo extractivista y neoliberal. La
conciencia de clase de la CONAIE se manifiesta en su capacidad para traducir
demandas específicas en términos de clase. La lucha contra la eliminación de
subsidios de diesel no se presenta como un problema técnico de inflación, sino
como un ataque deliberado a los medios de subsistencia de los campesinos,
transportistas y comunidades indígenas, quienes ven cómo el costo de vida se
eleva mientras las corporaciones mineras y petroleras continúan recibiendo
subsidios. Esta interpretación conecta directamente las acciones del gobierno
con la estructura económica que beneficia a una minoría oligárquica y a las
corporaciones transnacionales, cumpliendo con uno de los pilares de la
conciencia de clase avanzada: la percepción de la sociedad estructurada por
relaciones de clase.
Más
allá de la defensa de intereses sectoriales, la CONAIE ha sido el principal
arquitecto de una alternativa basada en la plurinacionalidad y los Derechos de
la Naturaleza, conceptos formalizados en la Constitución de 2008. Esta
Constitución, producto de un intenso proceso de movilización social, estableció
un nuevo paradigma para el país, reconociendo explícitamente los derechos de
los pueblos indígenas, la participación ciudadana y el derecho de la naturaleza
a ser respetada y restaurada. La lucha de la CONAIE va más allá de la reversión
de políticas específicas; busca la plena implementación de este marco
constitucional, que representa una ruptura con el modelo neoliberal excluyente.
Los líderes indígenas, como Marlon Vargas, han articulado una crítica
sistemática al extractivismo, argumentando que proyectos como el de
hidroeléctricas en territorios ancestrales o la expansión de la minería no solo
violan los derechos de las comunidades, sino que socavan la viabilidad misma de
la vida en esos territorios. Esta visión incorpora elementos de la conciencia
de clase total y la visión de una sociedad alternativa, al plantear un modelo
de desarrollo basado en la Sumak Kawsay (buen
vivir), que prioriza el equilibrio con la naturaleza sobre la acumulación de
capital. La capacidad de la CONAIE para mantener una base de apoyo masiva,
incluso en momentos de intensa represión, demuestra que su proyecto cuenta con
un profundo respaldo subjetivo y una fuerte conciencia de clase.
El
movimiento obrero ecuatoriano, con una larga y sangrienta historia de lucha,
también exhibe distintos grados de conciencia de clase. Desde las primeras
huelgas en Guayaquil a principios del siglo XX, como la masacre del 15 de
noviembre de 1922, hasta la consolidación de confederaciones nacionales como la
Confederación de Trabajadores de Ecuador (CTE) en 1944, los trabajadores han
forjado una identidad colectiva y una capacidad organizativa considerable. Sin
embargo, en la era neoliberal, el movimiento obrero enfrenta desafíos sin
precedentes que amenazan con erosionar su poder. La baja tasa de
sindicalización, estimada en menos del 10% de la fuerza laboral, se ve agravada
por legislación anti-sindical, la proliferación de contratos temporales y la
terciarización laboral, que despoja a millones de trabajadores de sus derechos
y seguridad. Empresas como La Industrial Algodonera llegaron a exigir la
prohibición y/o el control de los sindicatos por parte de los empresarios,
ilustrando la hostilidad estructural hacia la organización obrera. A pesar de
estas dificultades, el movimiento obrero ha demostrado su capacidad para la
acción conjunta. La alianza con la CONAIE en 2014 contra las reformas laborales
de Rafael Correa es un testimonio de esta solidaridad. Asimismo, la Federación Unitaria
de Trabajadores (FUT) ha propuesto un código laboral alternativo que busca
proteger a los nuevos tipos de trabajadores sin sacrificar los derechos
adquiridos, mostrando una adaptación estratégica a las nuevas formas de
precariedad.
Más
allá de la acción sindical tradicional, emerge una forma de resistencia
económica y comunitaria que refleja una conciencia de clase constructiva.
Iniciativas como Salinerito, una red de cooperativas de alimentos en Salinas de
Guaranda, Bio Warmi, una empresa de productos orgánicos liderada por mujeres
kichwas, y ECOSIMIA, un sistema de trueque basado en el crédito mutuo, son
expresiones concretas de una "clase para sí" que intenta construir
economías alternativas fuera del marco capitalista. Estas redes no solo generan
ingresos y fortalecen la comunidad, sino que también cultivan nuevas relaciones
sociales basadas en la solidaridad, la reciprocidad y el cuidado del ambiente,
en lugar de la competencia y la acumulación. Son microcosmos de la Sumak Kawsay, experimentando una forma de vida que
contrasta radicalmente con el individualismo y la explotación del capitalismo.
La supervivencia y el crecimiento de estas iniciativas, a menudo apoyadas por
organismos internacionales como el UNDP e IFAD, demuestran que existe un potencial
latente para la transformación social que no proviene únicamente de la protesta
callejera, sino también de la construcción deliberada de nuevas formas de vida
y organización económica. La combinación de una fuerte conciencia de clase
política en el movimiento indígena y una capacidad de acción colectiva, aunque
debilitada, en el movimiento obrero, junto con la emergencia de economías
solidarias, crea un panorama complejo pero rico en posibilidades para la
movilización social en Ecuador.
Criminalización, Violencia y Estrategias de Desarticulación Social
La
respuesta del Estado ecuatoriano a la creciente resistencia social,
especialmente desde la llegada de Daniel Noboa a la presidencia en noviembre de
2023, ha trascendido la mera gestión de disturbios públicos para convertirse en
una ofensiva deliberada y sistemática destinada a desmantelar la
infraestructura organizativa, económica y moral de los movimientos sociales.
Esta estrategia represiva no es una reacción espontánea a la protesta, sino una
herramienta calculada para mantener la hegemonía ideológica, silenciar la
disidencia y prevenir la articulación de una oposición popular efectiva.
Utilizando una combinación de violencia física, criminalización legal, ataques
económicos y manipulación mediática, el gobierno ha creado un clima de terror
que busca aniquilar la capacidad de los movimientos para organizar y resistir.
Esta táctica se alinea con modelos de gobernanza autoritaria y neofascista
observados en otras partes de América Latina, donde el Estado se posiciona como
una fuerza militarizada contra un "enemigo" interno percibido como
monolítico y violento.
La
violencia física es el componente más visible de esta ofensiva. Durante las
protestas contra la eliminación de subsidios de diésel en 2024 y 2025, el uso
indiscriminado de armas letales por parte de las fuerzas de seguridad resultó
en múltiples muertes de civiles pacíficos, incluidos prominentes líderes
indígenas. El asesinato de Efraín Fuérez, un hombre de 46 años, y José Alberto
Guamán Izama, un padre de dos hijas, ambos abatidos por disparos de la fuerza
militar, fueron casos emblemáticos de esta brutalidad. Estos asesinatos no solo
suprimieron vidas, sino que enviaron un mensaje inequívoco de que la defensa de
los territorios y la dignidad colectiva tendría un precio mortal. La violencia
simbólica es igualmente importante: el hecho de que militares y policías hayan
sido filmados golpeando el cuerpo de un manifestante caído y el uso de gas
lacrimógeno en niños y ancianos demuestran un desprecio por la vida humana y un
propósito deliberado de infundir pánico. Esta violencia se justifica a través
de la construcción de una narrativa de "guerra" o "conflicto
armado interno", declarada por el propio presidente Noboa, lo que permite
suspender derechos constitucionales y delegar funciones de seguridad a la
fuerza militar, normalizando así el uso de la fuerza letal contra la población
civil.
Paralelamente
a la violencia física, el Estado ha desarrollado una sofisticada estrategia de
criminalización conocida como "lawfare" (derecho de guerra).
Se ha recurrido masivamente a la ley para perseguir a activistas, líderes y
organizaciones, utilizando marcos legales diseñados para combatir al
narcotráfico y al terrorismo para acusar a manifestantes pacíficos. Decenas de
personas, incluidos líderes de la CONAIE y organizaciones ambientales, han sido
detenidas y procesadas bajo cargos de "terrorismo" o
"enriquecimiento ilícito", a menudo sin pruebas concluyentes. La
investigación de "injustificado enriquecimiento" ha sido
particularmente devastadora, ya que ha llevado a la imputación de más de 60
individuos y organizaciones, incluyendo a la CONAIE, Pachamama y CONFENIAE .
Estas investigaciones buscan agotar financieramente y jurídicamente a los
movimientos, convirtiendo la defensa de los derechos humanos y la autonomía
territorial en un riesgo penalizable. Además, el gobierno ha utilizado la ley
para restringir la libertad de expresión y asociación. El bloqueo de canales de
televisión comunitaria como MICC bajo la acusación de "daño a la seguridad
nacional" y la suspensión de programas de radio son ejemplos de cómo se
censura la comunicación alternativa que informa sobre la realidad de las luchas
sociales. La creación de leyes como la Ley de Transparencia Social, que permite
al Ejecutivo congelar cuentas bancarias sin mandato judicial, representa un
ataque frontal a la autonomía económica de la sociedad civil, incapacitándola
para operar y sostener a sus miembros.
El
ataque más insidioso y sutil de esta ofensiva es la manipulación ideológica y
la deslegitimación mediática. El gobierno de Noboa ha construido un
"enemigo" monolítico, etiquetando a todas las protestas como actos de
"terrorismo" orquestados por "narco-terroristas" y
"izquierdistas radicales". Esta narrativa busca polarizar a la
sociedad, aislando a los movimientos sociales de posibles apoyos y alimentando
el miedo en amplios sectores de la población. Al mismo tiempo, se ha emprendido
una campaña sistemática de desprestigio contra los líderes indígenas y los
defensores de derechos humanos, reviviendo estereotipos racistas y
presentándolos como ignorantes o motivados por intereses extranjeros. La
publicación de carteles condenando a jueces del Tribunal Constitucional como
"enemigos del pueblo" después de que este suspendiera leyes
represivas es otra táctica de intimidación que busca corroer la independencia
del poder judicial, un pilar fundamental de cualquier sistema democrático. Esta
estrategia de desinformación está respaldada por una coalición de actores,
incluyendo la derecha política y medios de comunicación aliados, que buscan
erosionar la credibilidad de los movimientos sociales y presentar al gobierno
como la única opción capaz de restaurar el orden. En conjunto, estas tácticas
conforman una estrategia integral diseñada para mantener la conciencia falsa a
la fuerza, desalentando la participación popular y asegurando que la estructura
de poder capitalista permanezca intacta. La resistencia ante esta ofensiva
requiere no solo valentía física, sino también una estrategia de
contrainsurgencia ideológica y organizativa que pueda neutralizar estas
tácticas de desarticulación.
Síntesis Analítica: Tensión entre la Realidad Objetiva y la Subjetividad
Fragmentada
El
análisis de la situación socioeconómica y política de Ecuador a través del
prisma de la teoría de la conciencia de clase revela una tensión central y
persistente: una vasta discrepancia entre la brutalidad de la realidad objetiva
y la fragmentación de la conciencia subjetiva. Por un lado, la estructura
económica del país, marcada por una desigualdad extrema, una dependencia de la
extracción de recursos y un estado que históricamente ha servido a los
intereses del capital, debería ser el caldo de cultivo perfecto para el desarrollo
de una conciencia de clase avanzada. Por otro lado, la sociedad ecuatoriana
presenta una imagen compleja donde la conciencia falsa sigue siendo un poderoso
agente de control, manteniendo a amplios sectores de la población atomizados,
conformistas o divididos. Comprender esta tensión es clave para formular una
propuesta política efectiva, ya que demuestra que la tarea no consiste en
inventar una conciencia de clase desde cero, sino en conectar la vasta
experiencia de explotación y precariedad que vive la mayoría de los
ecuatorianos con la estructura macroeconómica que la genera.
La
evidencia de la estructura objetiva es innegable. La concentración de la
propiedad de la tierra, con un Gini de 0.81, y la brecha salarial abismal,
donde la clase alta gana 12.5 veces más que la más pobre, crean una división
social profunda y visible. La economía, dependiente de los precios del
petróleo, somete a la población a ciclos de bonanza y crisis, mientras que las
políticas gubernamentales, desde el correcismo extractivista hasta el
neoliberalismo post-FMI, han demostrado una tendencia recurrente a sacrificar
los intereses de los sectores populares para satisfacer las demandas del
capital nacional e internacional. Esta realidad objetiva, si fuera
correctamente comprendida, debería generar una fuerte sensación de clase y una
conciencia de antagonismo. Sin embargo, la subjetividad popular es mucho más
heterogénea. En gran medida, la conciencia falsa opera como un filtro que
distorsiona esta realidad. La internalización de la ideología individualista,
que atribuye el éxito o el fracaso a la virtud personal en lugar de a las
estructuras sociales, impide que las personas conecten sus problemas personales
con la causa sistémica. La percepción del Estado como un árbitro neutro, a
pesar de su historial de represión y privilegios a la élite, y la difusión de
narrativas neofascistas que pintan a la disidencia como terrorismo, sirven para
fragmentar la solidaridad y deslegitimar cualquier forma de protesta
organizada.
En
este panorama, la conciencia de clase en Ecuador no es un fenómeno monolítico,
sino un espectro con diferentes niveles de desarrollo. En un extremo se
encuentra la CONAIE, que ejemplifica una conciencia de clase avanzada. Sus
líderes y miembros han desarrollado una comprensión totalizadora de la
sociedad, viendo la lucha indígena no como una demanda multicultural, sino como
una lucha de clases contra un modelo extractivista que beneficia a una
oligarquía y a las corporaciones transnacionales. Reconocen el antagonismo de
clase, articulan una visión de alternativa (Sumak Kawsay) y
saben cómo construir alianzas estratégicas con otros sectores populares para
maximizar su poder de negociación. En el otro extremo, existe una conciencia de
clase atomizada y conformista en amplios sectores de la población urbana y
rural, donde la precariedad cotidiana no se traduce en una comprensión crítica
de la estructura de clases. Entre estos dos polos se encuentran otros actores
con distintos grados de conciencia. El movimiento obrero, por ejemplo, posee
una fuerte identidad de clase y una historia de lucha, pero ha sido severamente
debilitado por la precarización laboral y la represión, lo que limita su
capacidad para una acción colectiva independiente. Por otro lado, las economías
solidarias y comunitarias, como ECOSIMIA o Bio Warmi, representan una forma de
"clase para sí" que se construye a través de la acción y la práctica,
forjando nuevas relaciones sociales que se oponen directamente a los
imperativos del mercado capitalista.
Esta
fragmentación de la conciencia de clase es tanto una causa como una
consecuencia de la estrategia del Estado. La ofensiva represiva de Noboa, con
su combinación de violencia, criminalización y desinformación, no es solo una
respuesta a la protesta, sino una táctica activa para perpetuar esta
fragmentación. Al criminalizar a los líderes y difundir el miedo, el Estado
busca desarticular las cadenas de solidaridad. Al utilizar una narrativa de
"terrorismo", busca aislar a los movimientos sociales de la opinión
pública. La estrategia exitosa de Noboa en el paro de 2025, que terminó sin
lograr las demandas originales, se atribuyó a la división interna de los
movimientos, la cooptación de algunos sectores con pagos y la superioridad de
su represión, todo lo cual demuestra la eficacia de estas tácticas de
desarticulación. Por lo tanto, una propuesta política dirigida a movimientos
sociales debe reconocer esta realidad compleja. No puede aspirar a unificar a
una masa homogénea, sino que debe centrarse en fortalecer los puntos de
conciencia de clase existentes, construir puentes entre los diversos actores
sociales y desarrollar una pedagogía que ayude a miles de personas a ver la
conexión entre su vida cotidiana y la estructura de poder que la domina. La
lucha no es contra una falta de conciencia, sino por la superación de la
conciencia falsa y la articulación de una subjetividad popular capaz de
confrontar la estructura capitalista.
Propuesta Estratégica para la Construcción de una Alternativa Popular:
Pedagogía, Solidaridad y Autonomía
En
vista de la compleja realidad ecuatoriana, caracterizada por una profunda
desigualdad estructural y una conciencia subjetiva fragmentada, los movimientos
sociales y activistas deben adoptar una estrategia multifacética que combine la
pedagogía de la conciencia de clase, la construcción de alianzas inter-actores
sólidas, la búsqueda de la autonomía económica y la difusión de una narrativa
de alternativa visionaria. Esta propuesta no busca ofrecer una fórmula única,
sino un conjunto de principios y acciones que permitan a los movimientos
articular su poder, fortalecer su resiliencia y avanzar hacia una
transformación social verdaderamente liberadora. La base de esta estrategia
reside en el reconocimiento de que la superación de la conciencia falsa y la
construcción de una alternativa popular es un proceso dialéctico que se nutre
de la lucha y de la reflexión colectiva.
El primer pilar de esta propuesta es la Pedagogía
de la Conciencia de Clase. La tarea fundamental no es educar a una población
que carece de conciencia, sino conectar la vasta experiencia de explotación y
precariedad que viven millones de ecuatorianos con la estructura macroeconómica
que la genera. Esto requiere traducir conceptos abstractos como la deuda
externa, la política monetaria, el modelo extractivista y la globalización en
lenguaje cotidiano y relevante para la vida diaria. Las organizaciones podrían
desarrollar materiales educativos accesibles —infografías, videos cortos,
talleres comunitarios— que muestren de manera visual cómo las decisiones
tomadas en Quito o en Washington impactan directamente en el bolsillo del
trabajador, el campesino o el indígena. Por ejemplo, explicar cómo el aumento
de tasas de interés por parte del Banco Central, a menudo para atraer capitales
extranjeros, provoca una depreciación del salario real y aumenta el costo de
los créditos hipotecarios y educativos. Esta pedagogía debe ir más allá de la
crítica negativa, buscando también analizar positivamente las formas de
resistencia y autonomía que ya existen, como las economías solidarias y las
luchas históricas, para inspirar y legitimar la acción presente. El objetivo es
pasar de una "clase en sí" (una categoría social
con intereses compartidos) a una "clase para sí"
(organizada e históricamente consciente de esos intereses), un proceso que Marx
describió como la unión de la subjetividad con las condiciones objetivas de la
época.
El segundo pilar es la Solidaridad
Inter-Actores y Alianzas Estratégicas. La fuerza de
los movimientos sociales reside en su capacidad para unirse en torno a
intereses comunes y construir una "frente popular". Históricamente,
las movilizaciones más exitosas en Ecuador, como las de 2019 y 2022, fueron
multitudinarias, involucrando a la CONAIE, sindicatos, estudiantes, feministas
y organizaciones de barrio. Para mantener esta energía, es crucial fortalecer y
formalizar estos lazos de solidaridad. Esto implica la creación de mesas de
diálogo permanentes entre las principales organizaciones (CONAIE, FUT,
campesinos, etc.) para coordinar estrategias de defensa ante ataques
gubernamentales, planificar acciones conjuntas y proponer agendas comunes. Es
fundamental aprender de los errores del pasado, como la instrumentalización de
las protestas por parte de facciones políticas, y trabajar para garantizar la
autonomía de cada movimiento dentro de la alianza. La solidaridad también debe
extenderse a la defensa de los derechos humanos y la justicia social en todos
sus aspectos, creando un frente unitario contra la discriminación racial, de
género y sexual, y la violencia institucional. Una estrategia dividida es
fácilmente desarticulable; una estrategia unida, en cambio, puede presentar un
desafío formidable al poder establecido.
El tercer pilar es la Autonomía
Económica y Resiliencia Organizativa. Dependiendo
del sistema financiero convencional y de las redes de comunicación corporativas
es una vulnerabilidad estratégica frente a la ofensiva represiva del Estado.
Por ello, es imperativo invertir recursos en el fortalecimiento de las
economías populares y comunitarias. Esto incluye apoyar y expandir iniciativas
como ECOSIMIA, las cooperativas de bio-agricultura y las industrias familiares,
no solo por su valor productivo, sino porque funcionan como células de
resistencia y construcción de nuevas relaciones sociales. Además, es urgente
crear mecanismos de autonomía financiera. Un fondo común de emergencia para
movimientos sociales, gestionado democráticamente y diversificado en formas de
pago que no dependan exclusivamente de los bancos (como sistemas de trueque o
criptomonedas), podría ayudar a contrarrestar el "lawfare" y los
bloqueos bancarios que han incapacitado a tantas organizaciones. Fortalecer la
infraestructura digital descentralizada y la comunicación alternativa (radio
comunitaria, medios independientes) es igualmente crucial para evitar la
censura y mantener la capacidad de movilización.
Finalmente, el cuarto pilar es la Narrativa
de Alternativa. La resistencia no es suficiente si no se ofrece
un camino alternativo que inspire y dé sentido a la lucha. Los movimientos
sociales deben trabajar para construir y difundir una narrativa positiva y
visionaria que articule los valores de la Sumak Kawsay, los
Derechos de la Naturaleza y la soberanía alimentaria. Esta narrativa debe
proyectar un futuro tangible donde la economía rebase la solidaridad y el
cuidado, y no se quede en la acumulación infinita. Debe conectar la lucha
contra la extracción de recursos con la defensa de la biodiversidad, la salud
pública y la justicia climática, mostrando que estas luchas no son separadas,
sino inseparables. Al hacerlo, se ofrece a los millones de ecuatorianos que
sufren la precariedad una esperanza concreta y una visión de futuro deseable,
validando su lucha frente a la narrativa hegemónica del fracaso y la fatalidad.
En conclusión, esta propuesta estratégica integra la lucha política y económica
con la construcción de una nueva cultura y una nueva conciencia. Es un llamado
a los movimientos sociales a ser tanto destructores de la vieja sociedad como
constructores de la nueva, entendiendo que la transformación de la subjetividad
es tan importante como la conquista de nuevas políticas públicas.
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