Armand
Mattelart: Imperialismo Mediático y Soberanía Digital en el Siglo XXI
Fundamentos de la Crítica: Cultural
Imperialista en "Para leer al Pato Donald"
El trabajo de Armand
Mattelart, uno de los sociólogos y teóricos de la comunicación más influyentes
del siglo XX, se fundamenta en un análisis riguroso y políticamente
comprometido del poder de los medios de comunicación en la configuración de la
hegemonía mundial. Su contribución más célebre y accesible, y el punto de
partida para entender toda su obra posterior, es la coautoría con Ariel Dorfman
del libro Para leer al Pato Donald: Comunicación de Masa y Colonialismo,
publicado originalmente en español en 1971. Este texto no fue concebido como un
ejercicio académico aislado, sino como un "pamphleto" escrito bajo
condiciones políticas específicas durante el gobierno democráticamente electo
de Salvador Allende en Chile (1970-1973). El objetivo principal era despertar
la conciencia ideológica de grupos populares, como trabajadores gráficos y
estudiantes universitarios, quienes estaban involucrados en la producción de
material que sentían profundamente opuesto a sus valores políticos. Esta
naturaleza política intrínseca define el tono y la metodología del análisis,
que busca exponer las capas ocultas de significado en productos culturales
aparentemente inocuos.
El argumento central de Para leer al Pato Donald es que la cultura de masas,
lejos de ser un espacio neutral de entretenimiento, funciona como un vehículo
eficaz para la ideología imperialista. Específicamente, el análisis se centra
en las historietas de Disney, consideradas un fenómeno cultural omnipresente en
América Latina. Mattelart y Dorfman sostienen que estas historietas no solo
entretienen, sino que también naturalizan y legitiman una visión del mundo
dominada por los valores económicos y políticos de Estados Unidos. A través
de un detallado examen semiológico, desglosan varios temas recurrentes en las
viñetas de personajes como Donald Duck, Tío Rico (Scrooge McDuck), Goofy y
Mickey Mouse para demostrar cómo refuerzan una lógica colonialista y
capitalista. Por ejemplo, analizan la estructura familiar patriarcal, la representación
de la mujer como objeto pasivo, la glorificación del trabajo individualista y
competitivo, y la presentación de las relaciones interpersonales y geográficas
en términos de explotación y subordinación. Al hacerlo, argumentan que la
cultura de masas sirve para domesticar a las audiencias, haciéndoles aceptar la
dominación extranjera como algo normal y deseable.
El contexto histórico en el
que se escribió el libro lo convierte en un documento de una confrontación
directa y tangible entre la política anti-imperialista y la cultura
imperialista. El mismo año de su publicación, el gobierno de Allende tomó una
medida simbólica y política de gran calado: adquirió una participación
mayoritaria en Zig Zag, una de las editoriales de cómics más importantes de Chile,
que comercializaba exclusivamente productos de Disney. Este acto de
nacionalización y reorientación cultural fue una respuesta directa a la
influencia cultural norteamericana y un intento de crear un espacio alternativo
para la producción de contenidos. El propio libro fue publicado por Quimantú,
una nueva editorial estatal creada por el gobierno Unidad Popular, cuyo nombre
simboliza una ruptura con el modelo anterior. La existencia de Quimantú, que
producía obras políticamente comprometidas como La Firme para
explicar las reformas del gobierno a la población, demuestra que la crítica de
Mattelart y Dorfman no era puramente teórica; estaba anclada en un proyecto
político real de construcción de una soberanía cultural. Sin embargo, la
victoria fue breve. Tras el golpe de Estado liderado por Augusto Pinochet en
1973, respaldado por EE.UU., el gobierno militar cerró Quimantú y quemó miles
de libros, incluidos los de la editorial, simbolizando la violenta supresión de
cualquier proyecto cultural crítico y anti-imperialista en la región.
A pesar de su impacto
duradero, la metodología y las conclusiones de Para leer al Pato Donald
han sido objeto de importantes críticas académicas que son cruciales para
comprender la evolución posterior del pensamiento de Mattelart. Una de las
críticas más recurrentes es que el análisis se basa en un método
estructural-semiológico simplista, que tiende a presentar al espectador como un
receptor pasivo y manipulable, incapaz de interpretaciones alternativas o
críticas. En esta visión, Donald Duck es retratado como un agente omnisciente e
omnipotente que impone su ideología a una audiencia ingenua. Además, el estudio
ignora factores contextuales complejos. Por ejemplo, las historietas de Disney
eran a menudo producidas por artistas decentralizados fuera de los Estados
Unidos, especialmente en Italia, donde autores como Carl Barks tuvieron una
enorme creatividad y autonomía. Analizar las obras de Barks revela narrativas
que, paradójicamente, contienen críticas internas al consumismo y a la
modernidad capitalista, mostrando una nostalgia por un pasado pre-industrial
que socava la imagen de un mensaje monolítico y pro-capitalista. Otra
limitación importante es que el análisis se centra casi exclusivamente en el
contenido textual, sin explorar las dinámicas de producción, traducción y
recepción local, ni reconoce la vibrante industria de cómics chilena
preexistente, con figuras como Pepo y su creación "Condorito", que
ofrecían modelos culturales alternativos. Estas críticas, aunque válidas, no
invalidan el mérito original del libro, sino que permiten verlo como un primer
paso en una trayectoria intelectual que buscaría superar estas limitaciones
mediante un análisis más sofisticado de la economía política, la historia y la
genealogía cultural del poder comunicacional.
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Tesis
Principal |
Las historietas de Disney funcionan como un vehículo para la ideología
imperialista norteamericana, naturalizando valores capitalistas, patriarcales
y colonialistas. |
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Método |
Estructural-semiológico, enfocado en el análisis de temas recurrentes
en el contenido de las historietas. |
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Contexto
Político |
Escrito durante el gobierno de Salvador Allende en Chile (1970-1973)
como un "pamphleto" para la concienciación política. |
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Simbolismo |
Publicado por Quimantú, la editorial estatal creada por el gobierno de
Allende tras la adquisición de Zig Zag, editora de Disney. |
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Críticas
Académicas |
Se ha criticado por su visión mecanicista de los efectos de los
medios, su subestimación de la agencia del espectador y su ignorancia de las
complejidades de la producción cultural y la industria de cómics local. |
De la Denuncia a la
"Comunicación-Mundo"
Si bien Para leer al Pato Donald estableció a Armand Mattelart
como una figura clave en el debate sobre la cultura de masas, su verdadero
legado reside en la evolución de su pensamiento hacia un marco analítico mucho
más integral y sofisticado. Este desarrollo culmina en su concepto de "comunicación-mundo" (la communication-monde),
una noción que articula la economía política de la comunicación con
perspectivas históricas, filosóficas y culturales para analizar la formación de
la hegemonía global. Este tránsito desde una crítica denunciadora a un
análisis estratégico y sistémico marca la diferencia entre una simple acusación
de imperialismo cultural y una teoría del poder comunicacional en la era
post-colonial y neoliberal. La experiencia vivida en Chile, conocida como el
"laboratorio chileno" de la experimentación socialista, fue
fundamental para forjar esta perspectiva, ya que expuso a Mattelart a las
complejas interacciones entre el proyecto político, los procesos culturales y
las luchas por la soberanía nacional.
El concepto de "comunicación-mundo"
emerge en los1980s como un intento de superar tanto la visión económica
reduccionista de la teoría del sistema- mundo de Immanuel Wallerstein como la
falta de atención a la dimensión cultural de otras corrientes críticas .
Mattelart se inspira en la perspectiva histórica de Fernand Braudel, pero lo
complementa crucialmente al insistir en el papel mediatizador de los
intelectuales, las instituciones culturales y las formas simbólicas en la
reproducción del orden mundial jerarquizado. Para él, la comunicación no es
simplemente un producto secundario de la economía, sino una fuerza constitutiva
del poder global. La "comunicación-mundo" es el sistema de redes
transnacionales de información, conocimiento y representación que opera en
paralelo a la economía mundial, legitimando y gestionando la dominación a
través de la producción de un consenso cultural y cognitivo. Este sistema se
articula a través de una red de agentes —incluyendo corporaciones
multinacionales, agencias de publicidad, think tanks, organizaciones
internacionales y medios de comunicación— que colaboran para difundir una
visión del mundo que beneficia a los intereses del centro capitalista.
Un pilar de esta teoría es la
idea de que la tecnología de la comunicación, lejos de ser un mero instrumento
neutro de progreso, está profundamente imbuida de estrategias geopolíticas. En
obras como Penser les médias (1986), Mattelart critica la
"ideología de la comunicación" que surgió en Francia en los años 80,
una mentalidad que celebraba las innovaciones tecnológicas como satélites,
televisión por cable y computadoras como garantías de un futuro mejor, de
socialización y armonía. Él argumenta que esta visión oculta el hecho de que
estos avances tecnológicos fueron adoptados y promovidos por el capitalismo
como parte de una estrategia para reestructurar las sociedades y consolidar la
hegemonía neoliberal. La comunicación se convirtió en el motor central de esta
reestructuración, transformándose en una disciplina estratégica para la gestión
del consentimiento, la persuasión y el control social a escala global. Esta
idea se conecta con su análisis previo del "capitalismo cultural",
extendiendo la crítica de Adorno y Horkheimer a la "industria de la
cultura" a una escala global y contemporánea.
Mattelart expande el campo de
batalla del imperialismo más allá de los contenidos culturales tradicionales.
En textos como L’internationale publicitaire (1989), identifica a las
agencias de publicidad estadounidenses no solo como proveedores de servicios de
marketing, sino como "vanguardias de la globalización del mercado".
Estas agencias, según él, actuaron como "intelectuales orgánicos" en
el sentido gramsciano, mediadores que producen y difunden un "nuevo
régimen de verdad" centrado en el consumismo, la empresa privada y la
competencia individual, reemplazando así el modelo del Estado de bienestar.
Este proceso, que él denomina la "taylorización de la hegemonía",
implica la sistematización y globalización de técnicas de control social y
gestión empresarial, exportando un modelo de vida y organización social junto
con los productos. La publicidad, por
tanto, no es meramente un medio para vender cosas, sino una tecnología de poder
que redefine las relaciones sociales, la cultura y la política misma. Esta
perspectiva permite entender cómo la lógica mercantil se infiltra en todos los
aspectos de la vida, desde la educación hasta la salud pública, consolidando
una hegemonía cultural y económica simultáneamente. La trayectoria intelectual
de Mattelart, desde el análisis de las historietas de Disney hasta la
genealogía de la publicidad global, muestra una constante búsqueda de los
mecanismos invisibles a través de los cuales se ejerce el poder en el mundo
contemporáneo.
Plataformas, Capital y Hegemonía
Global
El marco teórico desarrollado
por Armand Mattelart, aunque formulado principalmente antes de la era de la
internet masiva, ofrece un conjunto de herramientas analíticas
extraordinariamente preciso para descifrar las dinámicas de poder en el siglo
XXI. Sus conceptos de monopolio mediático, subordinación de la comunicación al
lucro y hegemonía cultural se manifiestan hoy con una intensidad y una forma
radicalmente nuevos en el dominio digital. El pensamiento de Mattelart nos
permite pasar de una crítica de los contenidos culturales a un análisis
estructural del poder de las plataformas tecnológicas, que ahora concentran una
cantidad abrumadora de influencia económica, política y social. La idea de que
la comunicación debe ser subordinada a la lógica del lucro, un tema central en
sus obras tempranas, encuentra su manifestación más extrema en el modelo de
negocio de las grandes empresas de Silicon Valley, que operan una forma de
"plataforma imperial".
Esta plataforma imperial se
caracteriza por el control casi total de la infraestructura digital, los flujos
de datos y las interfaces de comunicación que definen el espacio público
moderno. Empresas como Google, Meta (Facebook), Amazon y Microsoft no solo
dominan los motores de búsqueda, las redes sociales, el almacenamiento en la
nube y las plataformas de video, sino que también controlan los algoritmos que
determinan qué información vemos, quién tiene voz y cómo interactuamos. Este
control se manifiesta en lo que se ha denominado "soberanía de
plataforma" (platform sovereignty), donde estas
corporaciones ejercen autoridad gubernamental sobre sus territorios digitales.
Deciden quién puede participar, moderan el contenido, deciden cuándo suspender
cuentas y, crucialmente, negocian con gobiernos soberanos como si fueran
iguales. El caso de Facebook bloqueando la publicación de noticias en Australia
en 2019 para presionar a su gobierno a modificar una ley de pagos a los medios
es un ejemplo paradigmático de esta soberanía corporativa. Este incidente
ilustra perfectamente la tesis matzaliana (concepto propuesto por el ingeniero y
científico de datos Andrey Mezheyer, también conocido como Matzal.) sobre cómo las corporaciones transnacionales
ejercen un poder que rivaliza con el de los estados, forzando a estos últimos a
adaptarse a sus intereses comerciales. El análisis de Mattelart, que documentó
décadas atrás la monopolización de los medios de comunicación tradicionales,
proporciona el vocabulario conceptual para entender esta nueva fase de la
hegemonía mediática.
Además, el modelo de negocio
de estas plataformas se basa en la explotación de los datos personales, una
forma avanzada de "datafication" que transforma la vida humana en
datos procesables para fines comerciales. Esta práctica, que Mattelart podría
haber visto como una continuación de la mercantilización de la cultura, se ha
convertido en el núcleo del poder de las plataformas. Utilizando datos
inferidos de nuestro comportamiento en línea, como las "me gusta" de
Facebook, estas empresas pueden construir perfiles psicológicos detallados para
predecir y manipular nuestras decisiones de consumo y votación. Esto lleva a la
emergencia de la "post-verdad", un término que captura la condición
descrita por Mattelart en la que la confianza en las instituciones
tradicionales (medios, ciencia, política) se desmorona, dejando a individuos
más susceptibles a la persuasión emocional y afectiva, que a su vez pueden ser
explotados por campañas de desinformación y propaganda. La
"dataficación" de los movimientos sociales crea vulnerabilidades a
través del rastreo, la vigilancia y la manipulación algorítmica. La crisis de
las "fake news" y la desinformación no es simplemente un problema
técnico o ético, sino una manifestación de la lucha por la hegemonía
informativa en un mundo donde el acceso a la información ya no es el principal
obstáculo, sino la capacidad de moldear esa información para servir a intereses
particulares.
Finalmente, el poder de estas
plataformas se extiende a la geopolítica, donde actúan como
"amplificadores ideológicos" que pueden favorecer regímenes
autoritarios. Sus algoritmos, diseñados para maximizar el tiempo de usuario,
tienden a fomentar la polarización y la intolerancia, creando "cámaras de
eco" y "burbujas de filtrado" que fortalecen las divisiones
sociales. Esta estructura facilita la propagación de discursos de odio y
conspiración, y dificulta la deliberación democrática. Lejos de ser plataformas
neutrales, las plataformas digitales están inherentemente sesgadas por sus
modelos de negocio y sus decisiones de diseño, lo que significa que su impacto
en la sociedad es profundamente político. El análisis de Mattelart nos obliga a
reconocer que la lucha por una comunicación democrática en el siglo XXI no
puede limitarse a exigir transparencia o regulación a estas empresas; debe
abordar su poder estructural como actores geopolíticos clave que configuran las
condiciones mismas de la vida pública y privada a escala global.
Dependencia Tecnológica y Autonomía
Estratégica
Una de las conclusiones más
perdurables del pensamiento de Armand Mattelart es que la lucha por la
soberanía nacional no puede separarse de la lucha por la soberanía
comunicacional. Si bien su análisis inicial se centró en la dependencia
cultural y económica de los países periféricos respecto a los medios de
comunicación de los centros imperiales, sus conceptos son de una sorprendente
actualidad para comprender la actual polémica sobre la soberanía digital. La
discusión contemporánea sobre la soberanía digital representa una evolución de
la vieja crítica de Mattelart, ampliando el campo de batalla desde la
influencia cultural hacia la dependencia tecnológica fundamental. La soberanía
digital es el concepto que pretende articular el control de un estado sobre sus
infraestructuras digitales, datos, legislación y capacidades de gobernanza en
el ciberespacio. Este concepto, que ha ganado prominencia después de las
revelaciones de Edward Snowden sobre la vigilancia masiva de la NSA
estadounidense, encapsula la preocupación de múltiples actores, tanto
democráticos como autoritarios, por reafirmar su control en un dominio que
parecía estar fuera de su alcance.
Desde la
perspectiva matzaliana, la soberanía digital se manifiesta en tres niveles
principales de conflicto. Primero, existe la soberanía estatal, que busca proteger la seguridad nacional y la
integridad territorial de las amenazas digitales, como los ataques cibernéticos
y la interferencia extranjera en procesos electorales. Segundo, la soberanía económica, que busca reducir la
dependencia de los dominios de los gigantes tecnológicos estadounidenses y
chinos, promoviendo la creación de infraestructuras digitales locales y
soberanas, como el proyecto europeo Gaia-X, diseñado para ofrecer una
alternativa a los servicios de cloud computing de Amazon, Google y Microsoft. Y
tercero, la soberanía del
ciudadano, que se enfoca
en el derecho de los individuos a la autodeterminación digital, la protección
de sus datos y el acceso a una alfabetización digital crítica. Esta última
dimensión resuena con la preocupación matzaliana por la alienación del
individuo en la sociedad de consumo y la necesidad de empoderarlo a través del
conocimiento y la participación política.
Sin embargo, el discurso sobre
la soberanía digital está plagado de contradicciones y tensiones, tal como lo
describiría Mattelart. Por un lado, democracias occidentales como la Unión
Europea y Alemania la utilizan para afirmar su autonomía frente a la hegemonía
de Silicon Valley, buscando establecer normas globales basadas en el valor del
derecho y la protección de la privacidad. Iniciativas como el Reglamento
General de Protección de Datos (GDPR) son ejemplos de cómo los estados intentan
imponer su soberanía legal en el espacio digital. Por otro lado, regímenes
autoritarios como China y Rusia invocan la soberanía cibernética para
justificar políticas de censura masiva, vigilancia estatal y el control de la
narrativa nacional, fragmentando el internet global en redes nacionales
aisladas. El concepto de Mattelart sobre la hegemonía cultural nos ayuda a ver
ambos fenómenos como expresiones de la misma lucha por la hegemonía
comunicacional, aunque con objetivos diametralmente opuestos. La soberanía
democrática aspira a democratizar el control sobre el poder, mientras que la
soberanía autoritaria busca consolidar el control sobre el poder.
Es crucial señalar que la
soberanía digital es menos una realidad jurídica o técnica y más una práctica
discursiva, una aspiración normativa que refleja las disputas de poder en curso.
Los estudios empíricos muestran que ningún estado es completamente soberano
digitalmente hablando. Todas las naciones dependen de infraestructuras
transnacionales, y sus políticas de seguridad a menudo están desconectadas de
su implementación técnica, revelando una brecha significativa entre el discurso
político y la realidad tecnológica. Esta observación se alinea con la visión
matzaliana de la hegemonía como un proceso siempre disputado y nunca completo.
La soberanía no es un estado final, sino una posición estratégica en una
batalla continua por el control de los medios de comunicación y el
conocimiento. La lucha por la soberanía digital, por tanto, no es solo sobre la
propiedad de los cables submarinos o los centros de datos, sino sobre la
definición de qué es una "red segura", qué constituye una
"amenaza" y qué valores deben guiar la gobernanza del ciberespacio.
La herencia de Mattelart nos recuerda que, independientemente de las soluciones
técnicas o legales que se propongan, la soberanía digital seguirá siendo una
cuestión de clase, de poder y de lucha política fundamental.
Medios, Educación y la Construcción
de Consenso Geopolítico
Uno de los
desarrollos más profundos y relevantes del pensamiento de Armand Mattelart es
su análisis del imperialismo cultural en dos dimensiones interconectadas: la imperialismo mediático, que se refiere a la
influencia de los contenidos culturales, y la imperialismo intelectual, que implica la dominación de
las elites intelectuales y profesionales de las sociedades periféricas. Este
último concepto, derivado de la obra de Syed Hussein Alatas, describe cómo las
élites educadas en las metrópolis imperiales internalizan los valores y las
teorías de dichas metrópolis, llegando a servir como intermediarios o
"compradores intelectuales" (intellectual compradors)
que racionalizan y perpetúan el orden imperial desde dentro. Este marco teórico
resulta ser extraordinariamente pertinente para comprender la forma en que se
construyen los consensos geopolíticos en la era de la información global, como
lo demuestran los casos documentados en Brasil.
El caso de la Asociación
Brasileña de Periodismo Investigativo (ABRAJI) y su vínculo con el Knight
Center for Journalism in the Americas de la Universidad de Texas es un estudio
de caso magistral de la fusión de la imperialismo mediático e intelectual.
ABRAJI fue fundada en 2002, poco después de la muerte del periodista Tim López,
y fue creada bajo los auspicios y con financiamiento del Knight Center, una
entidad afiliada a una fundación filantrópica estadounidense. Desde entonces,
ABRAJI ha funcionado como una institución clave para la profesionalización del
periodismo de investigación en Brasil, pero también como un actor político
influyente. La conexión con el Knight Center va más allá de la simple
capacitación; se trata de una transferencia de valores, metodologías y agendas
geopolíticas. El Knight Center, a través de su influencia, promueve un modelo
de "periodismo de investigación" como la panacea para combatir la
corrupción y la defensa de la democracia, un modelo que, aunque positivo en su
intención, está intrínsecamente ligado a una agenda norteamericana de
intervención y cambio de régimen .
Este modelo se hizo evidente
durante la operación Lava Jato (2014-2018), un vasto escándalo de corrupción
que tuvo consecuencias políticas devastadoras para el Partido de los
Trabajadores (PT) en Brasil. Fuentes documentan fuertes conexiones entre los
fiscales y jueces de la operación, como Sergio Moro, y agencias estadounidenses
como el Departamento de Justicia y el FBI. El gobierno de EE.UU. tenía un
interés estratégico en debilitar al PT y a la empresa constructora Odebrecht,
una de las mayores del país, porque ambas representaban un proyecto de
integración económica latinoamericana que competía con los intereses
comerciales estadounidenses. En este contexto, ABRAJI jugó un papel crucial
como intermediario intelectual y mediático. ABRAJI, con su origen en el Knight
Center, fue instrumental en legitimar la narrativa de la Lava Jato,
presentándola como un ejemplo de excelencia periodística y defensa de la
justicia. Su director, Vladimir Netto, publicó un libro en 2016 que glorificaba
a Sergio Moro como un héroe nacional, y su esposa llegó a ser la asesora de
prensa de Moro durante la administración de Bolsonaro. Este caso demuestra cómo
una elite mediática local, educada y financiada por una institución imperial,
puede ser instrumentalizada para construir un consenso social y político que
beneficie a intereses geopolíticos externos, deslegitimando a un gobierno
democráticamente electo.
Esta dinámica se replica en el
campo de la lucha contra la desinformación. La iniciativa Comprova, lanzada en
2018 en Brasil para combatir la desinformación durante las elecciones, es otra
muestra de este imperialismo intelectual en acción. Comprova fue idealizada por
First Draft (un proyecto estadounidense) y Harvard Kennedy School, y organizada
localmente por ABRAJI con el apoyo financiero de Google News Initiative y
Facebook Journalism Project. Aunque su objetivo declarado era la neutralidad,
la selección de participantes fue altamente selectiva: se excluyeron
deliberadamente los medios de izquierda y pro-PTR, clasificándolos erróneamente
como "hiperpolarizados", mientras que se daba cabida a outlets de
derecha como Crusoé. Este tipo de iniciativas, aunque se presentan como
defensas de la "verdad", crean sistemas de certificación de la
información que pueden ser utilizados para silenciar voces disidentes y
promover una única narrativa, a menudo alineada con los intereses geopolíticos
de los patrocinadores. El análisis de Mattelart nos advierte de que el campo de
batalla de la información está cada vez más controlado por las mismas
estructuras de poder que se supone deben ser objeto de crítica, y que la lucha
por la soberanía digital es, en última instancia, una lucha por la soberanía
del intelecto.
Resistencia y Represión en la Era
Digital: La Dialéctica de la Comunicación
Si bien el
análisis de Armand Mattelart es eminentemente crítico con las estructuras de
poder hegemónico, nunca deja de reconocer la dialéctica inherente a la
comunicación: la misma tecnología que sirve para la dominación también puede
ser apoderada por los oprimidos para la resistencia. Su obra, por lo tanto, no
es un mapa de una hegemonía total y absoluta, sino de un campo de batalla
comunicacional donde se disputa constantemente el poder. Esta perspectiva es
fundamental para comprender la compleja relación entre los movimientos sociales
y las plataformas digitales en el siglo XXI. Por un lado, las tecnologías de la
información y la comunicación (TIC) han democratizado enormemente las
capacidades de organización, coordinación y visibilidad, permitiendo a los
movimientos sociales ejercer una forma de soberanía comunicacional. Por otro lado, estas mismas
herramientas se han convertido en un campo de batalla para la represión, el
control y la manipulación.
Los movimientos sociales en
todo el mundo han aprendido a utilizar las plataformas digitales como un
poderoso recurso estratégico. Movimientos cómo #NiUnaMenos en Argentina, que
comenzó en 2015 y se ha convertido en una red continental contra la violencia
de género, utilizan hashtags y redes sociales para coordinar acciones,
compartir testimonios y construir solidaridad a una escala sin precedentes. En
Bolivia, Ecuador y Chile, los movimientos indígenas han utilizado Facebook y
Twitter para documentar y denunciar la violencia estatal, circunstancias que a
menudo son ignoradas o malinterpretadas por los medios tradicionales. Durante
la Revolución de los Pingüinos en Chile, los estudiantes usaron Fotolog en 2006
y expandieron su uso de las redes sociales en 2011 para organizar protestas
masivas contra la privatización de la educación, logrando cambios legislativos
significativos. Estas prácticas son un claro ejemplo de cómo los sujetos
sociales se apoderan de la tecnología para construir sus propias narrativas,
desafiando los consensos hegemónicos y ejerciendo una soberanía comunicacional
sobre sus propias historias y luchas. La capacidad de los campesinos indios de
usar hashtags globales y plataformas como Twitter para llamar la atención
internacional sobre su protesta agrícola es otro testimonio de esta capacidad
de resistencia digital.
Sin embargo,
esta capacidad de resistencia coexiste con una intensificación de la represión digital. Los estados y otros actores
represivos han desarrollado un arsenal sofisticado de herramientas para
contrarrestar la movilización social en línea. Esto incluye desde la vigilancia
masiva de las comunicaciones hasta la eliminación arbitraria de contenido, el
uso de trolls y cuentas falsas para inundar los espacios públicos con
desinformación y crear polarización, y el uso de algoritmos para
"sombras" o throttling de contenido relacionado con protestas.
Internet shutdowns, como los que ocurrieron durante las protestas en Egipto en
2011 y en India en 2018, son una táctica clásica para aislar a los activistas y
cortar las líneas de comunicación. Incluso en las democracias, se emplean
tácticas similares, como la vigilancia de la NSA en EE.UU. y el monitoreo
preventivo de redes sociales por parte de la policía. La aparición de la
"dataficación" de los movimientos introduce nuevas vulnerabilidades,
ya que la recopilación masiva de datos sobre la actividad de los movimientos
puede ser utilizada para el perfilado, la vigilancia y la infiltración.
En conclusión, el legado de
Armand Mattelart nos proporciona un marco indispensable para navegar la
compleja y contradictoria realidad de la comunicación en el siglo XXI. Su
trabajo nos enseña que la lucha por la soberanía digital, la protección de la
democracia frente a la desinformación y la construcción de alternativas
mediáticas son, en su raíz, continuaciones de la antigua lucha contra el
imperialismo cultural y económico. La tecnología ha cambiado, pero las
dinámicas de poder subyacentes persisten y se han intensificado. El monopolio
de las plataformas digitales es la nueva cara del imperialismo mediático; la
batalla por la soberanía digital es la lucha por la autonomía estratégica
frente a una nueva forma de hegemonía; y el imperialismo intelectual opera a
través de redes globales de medios y educación para moldear los consensos
geopolíticos. Para los movimientos sociales, las plataformas digitales son una
herramienta doblemente útil: una palanca para la organización y la visibilidad,
y un campo de batalla para la represión y la manipulación. La obra de Mattelart
sigue siendo una brújula invaluable, no para predecir el futuro, sino para
comprender el presente y orientar la acción política en un mundo donde el
control de la comunicación sigue siendo la clave del poder.
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