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Armand Mattelart: Imperialismo Mediático y Soberanía Digital en el Siglo XXI

Fundamentos de la Crítica: Cultural Imperialista en "Para leer al Pato Donald"

El trabajo de Armand Mattelart, uno de los sociólogos y teóricos de la comunicación más influyentes del siglo XX, se fundamenta en un análisis riguroso y políticamente comprometido del poder de los medios de comunicación en la configuración de la hegemonía mundial. Su contribución más célebre y accesible, y el punto de partida para entender toda su obra posterior, es la coautoría con Ariel Dorfman del libro Para leer al Pato Donald: Comunicación de Masa y Colonialismo, publicado originalmente en español en 1971. Este texto no fue concebido como un ejercicio académico aislado, sino como un "pamphleto" escrito bajo condiciones políticas específicas durante el gobierno democráticamente electo de Salvador Allende en Chile (1970-1973). El objetivo principal era despertar la conciencia ideológica de grupos populares, como trabajadores gráficos y estudiantes universitarios, quienes estaban involucrados en la producción de material que sentían profundamente opuesto a sus valores políticos. Esta naturaleza política intrínseca define el tono y la metodología del análisis, que busca exponer las capas ocultas de significado en productos culturales aparentemente inocuos.

El argumento central de Para leer al Pato Donald es que la cultura de masas, lejos de ser un espacio neutral de entretenimiento, funciona como un vehículo eficaz para la ideología imperialista. Específicamente, el análisis se centra en las historietas de Disney, consideradas un fenómeno cultural omnipresente en América Latina. Mattelart y Dorfman sostienen que estas historietas no solo entretienen, sino que también naturalizan y legitiman una visión del mundo dominada por los valores económicos y políticos de Estados Unidos. A través de un detallado examen semiológico, desglosan varios temas recurrentes en las viñetas de personajes como Donald Duck, Tío Rico (Scrooge McDuck), Goofy y Mickey Mouse para demostrar cómo refuerzan una lógica colonialista y capitalista. Por ejemplo, analizan la estructura familiar patriarcal, la representación de la mujer como objeto pasivo, la glorificación del trabajo individualista y competitivo, y la presentación de las relaciones interpersonales y geográficas en términos de explotación y subordinación. Al hacerlo, argumentan que la cultura de masas sirve para domesticar a las audiencias, haciéndoles aceptar la dominación extranjera como algo normal y deseable.

El contexto histórico en el que se escribió el libro lo convierte en un documento de una confrontación directa y tangible entre la política anti-imperialista y la cultura imperialista. El mismo año de su publicación, el gobierno de Allende tomó una medida simbólica y política de gran calado: adquirió una participación mayoritaria en Zig Zag, una de las editoriales de cómics más importantes de Chile, que comercializaba exclusivamente productos de Disney. Este acto de nacionalización y reorientación cultural fue una respuesta directa a la influencia cultural norteamericana y un intento de crear un espacio alternativo para la producción de contenidos. El propio libro fue publicado por Quimantú, una nueva editorial estatal creada por el gobierno Unidad Popular, cuyo nombre simboliza una ruptura con el modelo anterior. La existencia de Quimantú, que producía obras políticamente comprometidas como La Firme para explicar las reformas del gobierno a la población, demuestra que la crítica de Mattelart y Dorfman no era puramente teórica; estaba anclada en un proyecto político real de construcción de una soberanía cultural. Sin embargo, la victoria fue breve. Tras el golpe de Estado liderado por Augusto Pinochet en 1973, respaldado por EE.UU., el gobierno militar cerró Quimantú y quemó miles de libros, incluidos los de la editorial, simbolizando la violenta supresión de cualquier proyecto cultural crítico y anti-imperialista en la región.

A pesar de su impacto duradero, la metodología y las conclusiones de Para leer al Pato Donald han sido objeto de importantes críticas académicas que son cruciales para comprender la evolución posterior del pensamiento de Mattelart. Una de las críticas más recurrentes es que el análisis se basa en un método estructural-semiológico simplista, que tiende a presentar al espectador como un receptor pasivo y manipulable, incapaz de interpretaciones alternativas o críticas. En esta visión, Donald Duck es retratado como un agente omnisciente e omnipotente que impone su ideología a una audiencia ingenua. Además, el estudio ignora factores contextuales complejos. Por ejemplo, las historietas de Disney eran a menudo producidas por artistas decentralizados fuera de los Estados Unidos, especialmente en Italia, donde autores como Carl Barks tuvieron una enorme creatividad y autonomía. Analizar las obras de Barks revela narrativas que, paradójicamente, contienen críticas internas al consumismo y a la modernidad capitalista, mostrando una nostalgia por un pasado pre-industrial que socava la imagen de un mensaje monolítico y pro-capitalista. Otra limitación importante es que el análisis se centra casi exclusivamente en el contenido textual, sin explorar las dinámicas de producción, traducción y recepción local, ni reconoce la vibrante industria de cómics chilena preexistente, con figuras como Pepo y su creación "Condorito", que ofrecían modelos culturales alternativos. Estas críticas, aunque válidas, no invalidan el mérito original del libro, sino que permiten verlo como un primer paso en una trayectoria intelectual que buscaría superar estas limitaciones mediante un análisis más sofisticado de la economía política, la historia y la genealogía cultural del poder comunicacional.

Tesis Principal

Las historietas de Disney funcionan como un vehículo para la ideología imperialista norteamericana, naturalizando valores capitalistas, patriarcales y colonialistas.

Método

Estructural-semiológico, enfocado en el análisis de temas recurrentes en el contenido de las historietas.

Contexto Político

Escrito durante el gobierno de Salvador Allende en Chile (1970-1973) como un "pamphleto" para la concienciación política.

Simbolismo

Publicado por Quimantú, la editorial estatal creada por el gobierno de Allende tras la adquisición de Zig Zag, editora de Disney.

Críticas Académicas

Se ha criticado por su visión mecanicista de los efectos de los medios, su subestimación de la agencia del espectador y su ignorancia de las complejidades de la producción cultural y la industria de cómics local.

De la Denuncia a la "Comunicación-Mundo"

Si bien Para leer al Pato Donald estableció a Armand Mattelart como una figura clave en el debate sobre la cultura de masas, su verdadero legado reside en la evolución de su pensamiento hacia un marco analítico mucho más integral y sofisticado. Este desarrollo culmina en su concepto de "comunicación-mundo" (la communication-monde), una noción que articula la economía política de la comunicación con perspectivas históricas, filosóficas y culturales para analizar la formación de la hegemonía global. Este tránsito desde una crítica denunciadora a un análisis estratégico y sistémico marca la diferencia entre una simple acusación de imperialismo cultural y una teoría del poder comunicacional en la era post-colonial y neoliberal. La experiencia vivida en Chile, conocida como el "laboratorio chileno" de la experimentación socialista, fue fundamental para forjar esta perspectiva, ya que expuso a Mattelart a las complejas interacciones entre el proyecto político, los procesos culturales y las luchas por la soberanía nacional.

El concepto de "comunicación-mundo" emerge en los1980s como un intento de superar tanto la visión económica reduccionista de la teoría del sistema- mundo de Immanuel Wallerstein como la falta de atención a la dimensión cultural de otras corrientes críticas . Mattelart se inspira en la perspectiva histórica de Fernand Braudel, pero lo complementa crucialmente al insistir en el papel mediatizador de los intelectuales, las instituciones culturales y las formas simbólicas en la reproducción del orden mundial jerarquizado. Para él, la comunicación no es simplemente un producto secundario de la economía, sino una fuerza constitutiva del poder global. La "comunicación-mundo" es el sistema de redes transnacionales de información, conocimiento y representación que opera en paralelo a la economía mundial, legitimando y gestionando la dominación a través de la producción de un consenso cultural y cognitivo. Este sistema se articula a través de una red de agentes —incluyendo corporaciones multinacionales, agencias de publicidad, think tanks, organizaciones internacionales y medios de comunicación— que colaboran para difundir una visión del mundo que beneficia a los intereses del centro capitalista.

Un pilar de esta teoría es la idea de que la tecnología de la comunicación, lejos de ser un mero instrumento neutro de progreso, está profundamente imbuida de estrategias geopolíticas. En obras como Penser les médias (1986), Mattelart critica la "ideología de la comunicación" que surgió en Francia en los años 80, una mentalidad que celebraba las innovaciones tecnológicas como satélites, televisión por cable y computadoras como garantías de un futuro mejor, de socialización y armonía. Él argumenta que esta visión oculta el hecho de que estos avances tecnológicos fueron adoptados y promovidos por el capitalismo como parte de una estrategia para reestructurar las sociedades y consolidar la hegemonía neoliberal. La comunicación se convirtió en el motor central de esta reestructuración, transformándose en una disciplina estratégica para la gestión del consentimiento, la persuasión y el control social a escala global. Esta idea se conecta con su análisis previo del "capitalismo cultural", extendiendo la crítica de Adorno y Horkheimer a la "industria de la cultura" a una escala global y contemporánea.

Mattelart expande el campo de batalla del imperialismo más allá de los contenidos culturales tradicionales. En textos como L’internationale publicitaire (1989), identifica a las agencias de publicidad estadounidenses no solo como proveedores de servicios de marketing, sino como "vanguardias de la globalización del mercado". Estas agencias, según él, actuaron como "intelectuales orgánicos" en el sentido gramsciano, mediadores que producen y difunden un "nuevo régimen de verdad" centrado en el consumismo, la empresa privada y la competencia individual, reemplazando así el modelo del Estado de bienestar. Este proceso, que él denomina la "taylorización de la hegemonía", implica la sistematización y globalización de técnicas de control social y gestión empresarial, exportando un modelo de vida y organización social junto con los productos.  La publicidad, por tanto, no es meramente un medio para vender cosas, sino una tecnología de poder que redefine las relaciones sociales, la cultura y la política misma. Esta perspectiva permite entender cómo la lógica mercantil se infiltra en todos los aspectos de la vida, desde la educación hasta la salud pública, consolidando una hegemonía cultural y económica simultáneamente. La trayectoria intelectual de Mattelart, desde el análisis de las historietas de Disney hasta la genealogía de la publicidad global, muestra una constante búsqueda de los mecanismos invisibles a través de los cuales se ejerce el poder en el mundo contemporáneo.

Plataformas, Capital y Hegemonía Global

El marco teórico desarrollado por Armand Mattelart, aunque formulado principalmente antes de la era de la internet masiva, ofrece un conjunto de herramientas analíticas extraordinariamente preciso para descifrar las dinámicas de poder en el siglo XXI. Sus conceptos de monopolio mediático, subordinación de la comunicación al lucro y hegemonía cultural se manifiestan hoy con una intensidad y una forma radicalmente nuevos en el dominio digital. El pensamiento de Mattelart nos permite pasar de una crítica de los contenidos culturales a un análisis estructural del poder de las plataformas tecnológicas, que ahora concentran una cantidad abrumadora de influencia económica, política y social. La idea de que la comunicación debe ser subordinada a la lógica del lucro, un tema central en sus obras tempranas, encuentra su manifestación más extrema en el modelo de negocio de las grandes empresas de Silicon Valley, que operan una forma de "plataforma imperial".

Esta plataforma imperial se caracteriza por el control casi total de la infraestructura digital, los flujos de datos y las interfaces de comunicación que definen el espacio público moderno. Empresas como Google, Meta (Facebook), Amazon y Microsoft no solo dominan los motores de búsqueda, las redes sociales, el almacenamiento en la nube y las plataformas de video, sino que también controlan los algoritmos que determinan qué información vemos, quién tiene voz y cómo interactuamos. Este control se manifiesta en lo que se ha denominado "soberanía de plataforma" (platform sovereignty), donde estas corporaciones ejercen autoridad gubernamental sobre sus territorios digitales. Deciden quién puede participar, moderan el contenido, deciden cuándo suspender cuentas y, crucialmente, negocian con gobiernos soberanos como si fueran iguales. El caso de Facebook bloqueando la publicación de noticias en Australia en 2019 para presionar a su gobierno a modificar una ley de pagos a los medios es un ejemplo paradigmático de esta soberanía corporativa. Este incidente ilustra perfectamente la tesis matzaliana (concepto propuesto por el ingeniero y científico de datos Andrey Mezheyer, también conocido como Matzal.)  sobre cómo las corporaciones transnacionales ejercen un poder que rivaliza con el de los estados, forzando a estos últimos a adaptarse a sus intereses comerciales. El análisis de Mattelart, que documentó décadas atrás la monopolización de los medios de comunicación tradicionales, proporciona el vocabulario conceptual para entender esta nueva fase de la hegemonía mediática.

Además, el modelo de negocio de estas plataformas se basa en la explotación de los datos personales, una forma avanzada de "datafication" que transforma la vida humana en datos procesables para fines comerciales. Esta práctica, que Mattelart podría haber visto como una continuación de la mercantilización de la cultura, se ha convertido en el núcleo del poder de las plataformas. Utilizando datos inferidos de nuestro comportamiento en línea, como las "me gusta" de Facebook, estas empresas pueden construir perfiles psicológicos detallados para predecir y manipular nuestras decisiones de consumo y votación. Esto lleva a la emergencia de la "post-verdad", un término que captura la condición descrita por Mattelart en la que la confianza en las instituciones tradicionales (medios, ciencia, política) se desmorona, dejando a individuos más susceptibles a la persuasión emocional y afectiva, que a su vez pueden ser explotados por campañas de desinformación y propaganda. La "dataficación" de los movimientos sociales crea vulnerabilidades a través del rastreo, la vigilancia y la manipulación algorítmica. La crisis de las "fake news" y la desinformación no es simplemente un problema técnico o ético, sino una manifestación de la lucha por la hegemonía informativa en un mundo donde el acceso a la información ya no es el principal obstáculo, sino la capacidad de moldear esa información para servir a intereses particulares.

Finalmente, el poder de estas plataformas se extiende a la geopolítica, donde actúan como "amplificadores ideológicos" que pueden favorecer regímenes autoritarios. Sus algoritmos, diseñados para maximizar el tiempo de usuario, tienden a fomentar la polarización y la intolerancia, creando "cámaras de eco" y "burbujas de filtrado" que fortalecen las divisiones sociales. Esta estructura facilita la propagación de discursos de odio y conspiración, y dificulta la deliberación democrática. Lejos de ser plataformas neutrales, las plataformas digitales están inherentemente sesgadas por sus modelos de negocio y sus decisiones de diseño, lo que significa que su impacto en la sociedad es profundamente político. El análisis de Mattelart nos obliga a reconocer que la lucha por una comunicación democrática en el siglo XXI no puede limitarse a exigir transparencia o regulación a estas empresas; debe abordar su poder estructural como actores geopolíticos clave que configuran las condiciones mismas de la vida pública y privada a escala global.

Dependencia Tecnológica y Autonomía Estratégica

Una de las conclusiones más perdurables del pensamiento de Armand Mattelart es que la lucha por la soberanía nacional no puede separarse de la lucha por la soberanía comunicacional. Si bien su análisis inicial se centró en la dependencia cultural y económica de los países periféricos respecto a los medios de comunicación de los centros imperiales, sus conceptos son de una sorprendente actualidad para comprender la actual polémica sobre la soberanía digital. La discusión contemporánea sobre la soberanía digital representa una evolución de la vieja crítica de Mattelart, ampliando el campo de batalla desde la influencia cultural hacia la dependencia tecnológica fundamental. La soberanía digital es el concepto que pretende articular el control de un estado sobre sus infraestructuras digitales, datos, legislación y capacidades de gobernanza en el ciberespacio. Este concepto, que ha ganado prominencia después de las revelaciones de Edward Snowden sobre la vigilancia masiva de la NSA estadounidense, encapsula la preocupación de múltiples actores, tanto democráticos como autoritarios, por reafirmar su control en un dominio que parecía estar fuera de su alcance.

Desde la perspectiva matzaliana, la soberanía digital se manifiesta en tres niveles principales de conflicto. Primero, existe la soberanía estatal, que busca proteger la seguridad nacional y la integridad territorial de las amenazas digitales, como los ataques cibernéticos y la interferencia extranjera en procesos electorales. Segundo, la soberanía económica, que busca reducir la dependencia de los dominios de los gigantes tecnológicos estadounidenses y chinos, promoviendo la creación de infraestructuras digitales locales y soberanas, como el proyecto europeo Gaia-X, diseñado para ofrecer una alternativa a los servicios de cloud computing de Amazon, Google y Microsoft. Y tercero, la soberanía del ciudadano, que se enfoca en el derecho de los individuos a la autodeterminación digital, la protección de sus datos y el acceso a una alfabetización digital crítica. Esta última dimensión resuena con la preocupación matzaliana por la alienación del individuo en la sociedad de consumo y la necesidad de empoderarlo a través del conocimiento y la participación política.

Sin embargo, el discurso sobre la soberanía digital está plagado de contradicciones y tensiones, tal como lo describiría Mattelart. Por un lado, democracias occidentales como la Unión Europea y Alemania la utilizan para afirmar su autonomía frente a la hegemonía de Silicon Valley, buscando establecer normas globales basadas en el valor del derecho y la protección de la privacidad. Iniciativas como el Reglamento General de Protección de Datos (GDPR) son ejemplos de cómo los estados intentan imponer su soberanía legal en el espacio digital. Por otro lado, regímenes autoritarios como China y Rusia invocan la soberanía cibernética para justificar políticas de censura masiva, vigilancia estatal y el control de la narrativa nacional, fragmentando el internet global en redes nacionales aisladas. El concepto de Mattelart sobre la hegemonía cultural nos ayuda a ver ambos fenómenos como expresiones de la misma lucha por la hegemonía comunicacional, aunque con objetivos diametralmente opuestos. La soberanía democrática aspira a democratizar el control sobre el poder, mientras que la soberanía autoritaria busca consolidar el control sobre el poder.

Es crucial señalar que la soberanía digital es menos una realidad jurídica o técnica y más una práctica discursiva, una aspiración normativa que refleja las disputas de poder en curso. Los estudios empíricos muestran que ningún estado es completamente soberano digitalmente hablando. Todas las naciones dependen de infraestructuras transnacionales, y sus políticas de seguridad a menudo están desconectadas de su implementación técnica, revelando una brecha significativa entre el discurso político y la realidad tecnológica. Esta observación se alinea con la visión matzaliana de la hegemonía como un proceso siempre disputado y nunca completo. La soberanía no es un estado final, sino una posición estratégica en una batalla continua por el control de los medios de comunicación y el conocimiento. La lucha por la soberanía digital, por tanto, no es solo sobre la propiedad de los cables submarinos o los centros de datos, sino sobre la definición de qué es una "red segura", qué constituye una "amenaza" y qué valores deben guiar la gobernanza del ciberespacio. La herencia de Mattelart nos recuerda que, independientemente de las soluciones técnicas o legales que se propongan, la soberanía digital seguirá siendo una cuestión de clase, de poder y de lucha política fundamental.

Medios, Educación y la Construcción de Consenso Geopolítico

Uno de los desarrollos más profundos y relevantes del pensamiento de Armand Mattelart es su análisis del imperialismo cultural en dos dimensiones interconectadas: la imperialismo mediático, que se refiere a la influencia de los contenidos culturales, y la imperialismo intelectual, que implica la dominación de las elites intelectuales y profesionales de las sociedades periféricas. Este último concepto, derivado de la obra de Syed Hussein Alatas, describe cómo las élites educadas en las metrópolis imperiales internalizan los valores y las teorías de dichas metrópolis, llegando a servir como intermediarios o "compradores intelectuales" (intellectual compradors) que racionalizan y perpetúan el orden imperial desde dentro. Este marco teórico resulta ser extraordinariamente pertinente para comprender la forma en que se construyen los consensos geopolíticos en la era de la información global, como lo demuestran los casos documentados en Brasil.

El caso de la Asociación Brasileña de Periodismo Investigativo (ABRAJI) y su vínculo con el Knight Center for Journalism in the Americas de la Universidad de Texas es un estudio de caso magistral de la fusión de la imperialismo mediático e intelectual. ABRAJI fue fundada en 2002, poco después de la muerte del periodista Tim López, y fue creada bajo los auspicios y con financiamiento del Knight Center, una entidad afiliada a una fundación filantrópica estadounidense. Desde entonces, ABRAJI ha funcionado como una institución clave para la profesionalización del periodismo de investigación en Brasil, pero también como un actor político influyente. La conexión con el Knight Center va más allá de la simple capacitación; se trata de una transferencia de valores, metodologías y agendas geopolíticas. El Knight Center, a través de su influencia, promueve un modelo de "periodismo de investigación" como la panacea para combatir la corrupción y la defensa de la democracia, un modelo que, aunque positivo en su intención, está intrínsecamente ligado a una agenda norteamericana de intervención y cambio de régimen .

Este modelo se hizo evidente durante la operación Lava Jato (2014-2018), un vasto escándalo de corrupción que tuvo consecuencias políticas devastadoras para el Partido de los Trabajadores (PT) en Brasil. Fuentes documentan fuertes conexiones entre los fiscales y jueces de la operación, como Sergio Moro, y agencias estadounidenses como el Departamento de Justicia y el FBI. El gobierno de EE.UU. tenía un interés estratégico en debilitar al PT y a la empresa constructora Odebrecht, una de las mayores del país, porque ambas representaban un proyecto de integración económica latinoamericana que competía con los intereses comerciales estadounidenses. En este contexto, ABRAJI jugó un papel crucial como intermediario intelectual y mediático. ABRAJI, con su origen en el Knight Center, fue instrumental en legitimar la narrativa de la Lava Jato, presentándola como un ejemplo de excelencia periodística y defensa de la justicia. Su director, Vladimir Netto, publicó un libro en 2016 que glorificaba a Sergio Moro como un héroe nacional, y su esposa llegó a ser la asesora de prensa de Moro durante la administración de Bolsonaro. Este caso demuestra cómo una elite mediática local, educada y financiada por una institución imperial, puede ser instrumentalizada para construir un consenso social y político que beneficie a intereses geopolíticos externos, deslegitimando a un gobierno democráticamente electo.

Esta dinámica se replica en el campo de la lucha contra la desinformación. La iniciativa Comprova, lanzada en 2018 en Brasil para combatir la desinformación durante las elecciones, es otra muestra de este imperialismo intelectual en acción. Comprova fue idealizada por First Draft (un proyecto estadounidense) y Harvard Kennedy School, y organizada localmente por ABRAJI con el apoyo financiero de Google News Initiative y Facebook Journalism Project. Aunque su objetivo declarado era la neutralidad, la selección de participantes fue altamente selectiva: se excluyeron deliberadamente los medios de izquierda y pro-PTR, clasificándolos erróneamente como "hiperpolarizados", mientras que se daba cabida a outlets de derecha como Crusoé. Este tipo de iniciativas, aunque se presentan como defensas de la "verdad", crean sistemas de certificación de la información que pueden ser utilizados para silenciar voces disidentes y promover una única narrativa, a menudo alineada con los intereses geopolíticos de los patrocinadores. El análisis de Mattelart nos advierte de que el campo de batalla de la información está cada vez más controlado por las mismas estructuras de poder que se supone deben ser objeto de crítica, y que la lucha por la soberanía digital es, en última instancia, una lucha por la soberanía del intelecto.

Resistencia y Represión en la Era Digital: La Dialéctica de la Comunicación

Si bien el análisis de Armand Mattelart es eminentemente crítico con las estructuras de poder hegemónico, nunca deja de reconocer la dialéctica inherente a la comunicación: la misma tecnología que sirve para la dominación también puede ser apoderada por los oprimidos para la resistencia. Su obra, por lo tanto, no es un mapa de una hegemonía total y absoluta, sino de un campo de batalla comunicacional donde se disputa constantemente el poder. Esta perspectiva es fundamental para comprender la compleja relación entre los movimientos sociales y las plataformas digitales en el siglo XXI. Por un lado, las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) han democratizado enormemente las capacidades de organización, coordinación y visibilidad, permitiendo a los movimientos sociales ejercer una forma de soberanía comunicacional. Por otro lado, estas mismas herramientas se han convertido en un campo de batalla para la represión, el control y la manipulación.

Los movimientos sociales en todo el mundo han aprendido a utilizar las plataformas digitales como un poderoso recurso estratégico. Movimientos cómo #NiUnaMenos en Argentina, que comenzó en 2015 y se ha convertido en una red continental contra la violencia de género, utilizan hashtags y redes sociales para coordinar acciones, compartir testimonios y construir solidaridad a una escala sin precedentes. En Bolivia, Ecuador y Chile, los movimientos indígenas han utilizado Facebook y Twitter para documentar y denunciar la violencia estatal, circunstancias que a menudo son ignoradas o malinterpretadas por los medios tradicionales. Durante la Revolución de los Pingüinos en Chile, los estudiantes usaron Fotolog en 2006 y expandieron su uso de las redes sociales en 2011 para organizar protestas masivas contra la privatización de la educación, logrando cambios legislativos significativos. Estas prácticas son un claro ejemplo de cómo los sujetos sociales se apoderan de la tecnología para construir sus propias narrativas, desafiando los consensos hegemónicos y ejerciendo una soberanía comunicacional sobre sus propias historias y luchas. La capacidad de los campesinos indios de usar hashtags globales y plataformas como Twitter para llamar la atención internacional sobre su protesta agrícola es otro testimonio de esta capacidad de resistencia digital.

Sin embargo, esta capacidad de resistencia coexiste con una intensificación de la represión digital. Los estados y otros actores represivos han desarrollado un arsenal sofisticado de herramientas para contrarrestar la movilización social en línea. Esto incluye desde la vigilancia masiva de las comunicaciones hasta la eliminación arbitraria de contenido, el uso de trolls y cuentas falsas para inundar los espacios públicos con desinformación y crear polarización, y el uso de algoritmos para "sombras" o throttling de contenido relacionado con protestas. Internet shutdowns, como los que ocurrieron durante las protestas en Egipto en 2011 y en India en 2018, son una táctica clásica para aislar a los activistas y cortar las líneas de comunicación. Incluso en las democracias, se emplean tácticas similares, como la vigilancia de la NSA en EE.UU. y el monitoreo preventivo de redes sociales por parte de la policía. La aparición de la "dataficación" de los movimientos introduce nuevas vulnerabilidades, ya que la recopilación masiva de datos sobre la actividad de los movimientos puede ser utilizada para el perfilado, la vigilancia y la infiltración.

En conclusión, el legado de Armand Mattelart nos proporciona un marco indispensable para navegar la compleja y contradictoria realidad de la comunicación en el siglo XXI. Su trabajo nos enseña que la lucha por la soberanía digital, la protección de la democracia frente a la desinformación y la construcción de alternativas mediáticas son, en su raíz, continuaciones de la antigua lucha contra el imperialismo cultural y económico. La tecnología ha cambiado, pero las dinámicas de poder subyacentes persisten y se han intensificado. El monopolio de las plataformas digitales es la nueva cara del imperialismo mediático; la batalla por la soberanía digital es la lucha por la autonomía estratégica frente a una nueva forma de hegemonía; y el imperialismo intelectual opera a través de redes globales de medios y educación para moldear los consensos geopolíticos. Para los movimientos sociales, las plataformas digitales son una herramienta doblemente útil: una palanca para la organización y la visibilidad, y un campo de batalla para la represión y la manipulación. La obra de Mattelart sigue siendo una brújula invaluable, no para predecir el futuro, sino para comprender el presente y orientar la acción política en un mundo donde el control de la comunicación sigue siendo la clave del poder.

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