Argumentos Técnicos y
Estrategias Políticas para la Prohibición de la Minería en Ecuador
Análisis Cuantitativo de sus Impactos
Socioambientales
La expansión de la minería en Ecuador, tanto legal
como ilegal, ha dejado una huella devastadora en el tejido ecológico y social
del país, cuyo costo supera con creces cualquier beneficio económico reportado.
Un análisis riguroso de los datos disponibles revela una crisis sistémica que
requiere una intervención urgente y drástica. El impacto ambiental no es un
efecto secundario, sino una consecuencia estructural de un modelo extractivista
que prioriza la ganancia a corto plazo sobre la sostenibilidad a largo plazo.
Este modelo opera a través de procesos destructivos como la deforestación
masiva, la contaminación inaceptable de los recursos hídricos y el deterioro
irreversible de ecosistemas frágiles, generando una cascada de consecuencias
negativas para la biodiversidad y las comunidades dependientes de estos bienes
comunes.
El fenómeno más visible y medible de la degradación
ambiental es la deforestación. Entre 1985 y 2023, la minería legal e ilegal
sumó un total de 12,944 hectáreas afectadas a nivel nacional. Sin embargo, esta
cifra histórica se ve eclipsada por la aceleración alarmante de la actividad en
los últimos años; en 2023, la minería expandió su área en 2,673 hectáreas, lo
que representa el 26% del total acumulado en 35 años. Otras fuentes corroboran
esta tendencia, estimando que la superficie afectada por la minería alcanza las
13,000 hectáreas entre 1985 y 2023, con una tasa de expansión reciente de 2,600
hectáreas anuales, equivalente al 35% del área total afectada en tres décadas.
Esta expansión no es homogénea geográficamente; se concentra predominantemente
en la Amazonía, donde ocupa el 60% de las áreas afectadas. Las provincias de
Zamora Chinchipe (5,034 ha), Napo (1,125 ha), Morona Santiago (646 ha) y
Sucumbíos (610 ha) son las más gravemente impactadas entre 2015 y 2021. En
Napo, la actividad minera ilegal se expandió hasta en 500 hectáreas en un solo
año (2023-2024), y la deforestación asociada aumentó en un 300% desde 2015.
Este ritmo de destrucción se intensifica debido a factores como la sequía
extrema, que en 2024 afectó alrededor de 79,000 hectáreas, exacerbando la
vulnerabilidad de los bosques ya debilitados por la minería.
La deforestación no es el único motor de
degradación; la minería también es responsable de una pérdida masiva de
cobertura natural a nivel nacional. Entre 1985 y 2023, Ecuador perdió un total
de 1.1 millones de hectáreas de coberturas naturales, de las cuales 981,000
fueron bosques. Si bien la agricultura y la ganadería son factores clave en
esta pérdida, la minería es un actor principal en la fragmentación y
destrucción de estos ecosistemas vitales. Casos emblemáticos ilustran la
magnitud del problema: en Morona Santiago, 248 hectáreas fueron devastadas para
plantar pitahaya en 2023, mientras que en territorio waoroni se taló 15.8 km²
para la construcción de una vía que conecta zonas mineras en 2024. De manera
similar, el proyecto de construcción de la vía Salcedo-Tena, que atraviesa el
Parque Nacional Llanganates, amenaza directamente la biodiversidad y los
servicios ambientales esenciales como la provisión de agua potable para grandes
ciudades La minería a cielo abierto, característica de proyectos como Mirador
en Zamora Chinchipe, causa cambios paisajísticos irreversibles, alterando
topografías mediante el uso antitécnico de explosivos y maquinaria pesada .
La contaminación hídrica es quizás el impacto más
insidioso y perjudicial para la salud humana y la vida silvestre. La minería
aurífera, tanto artesanal como industrial, utiliza mercurio para la extracción
del oro, vertiendo cantidades significativas en los ríos amazónicos. Se estima
que la actividad vierte en promedio 24 kilos de mercurio por kilómetro cuadrado.
Los estudios científicos confirman niveles de contaminación alarmantes. Una
investigación en el norte del Amazonas ecuatoriano encontró concentraciones de
metales hasta 352 veces por encima de los límites permisibles establecidos.
Específicamente, un estudio realizado en nueve puntos de muestreo en cinco
provincias costeras, incluyendo El Oro y Esmeraldas, reveló que, en El Oro, 88%
de las muestras de agua superaron el límite máximo permitido (MPL) para la
conservación de la vida acuática, y 28% excedieron el MPL para el consumo
humano. La concentración más alta registrada fue de 0.0965 mg/L, muy por encima
de los umbrales seguros. En Esmeraldas, aunque las concentraciones de mercurio
en el agua eran generalmente inferiores al límite para el agua potable, 75% de
las muestras excedían el límite para la vida acuática. Estudios en la región
amazónica de Ecuador han documentado la presencia de altos niveles de mercurio en
peces y moluscos, lo que constituye una grave amenaza para las comunidades que
dependen del río como fuente principal de proteínas. Además de mercurio, los
ríos son contaminados con una variedad de otros metales pesados como arsénico,
plomo, manganeso, cadmio, cianuro y boro, provenientes de lixiviados y drenaje
ácido de minas. Esta polución tiene efectos devastadores en la fauna,
provocando la muerte de peces y la disminución de la pesca, un recurso vital
para la subsistencia local. Comandos de la Frontera y disidencias de las FARC
están implicados en la perforación de ductos de hidrocarburos para robar
combustible, extraído para producir pasta base de cocaína, lo que añade otra
capa de contaminación al ecosistema fluvial.
Los ecosistemas frágiles de Ecuador, como los
páramos andinos y los bosques nubosos amazónicos, son particularmente
vulnerables a la explotación minera. Estos ecosistemas actúan como "ríos
voladores", regulando el clima y proporcionando agua dulce a millones de
personas. La minería en estas áreas, como en el caso de la controversia en
Kimsakocha en Azuay, pone en peligro la integridad de estos sistemas. La
exploración y construcción de carreteras para acceder a los yacimientos
provocan erosión, deslizamientos de tierra y sedimentación en los ríos,
afectando tanto los ecosistemas terrestres como acuáticos. La pérdida de
biodiversidad es una consecuencia directa. Ecuador es uno de los países más
biodiversos del mundo, pero la minería amenaza esta riqueza única. El Bosque
Protector Los Cedros, una zona de excepcional valor biológico, fue el escenario
de una lucha judicial que resultó en una histórica sentencia del Tribunal
Constitucional de 2021, que prohibió la minería dentro de sus límites invocando
los "Derechos de la Naturaleza". Este fallo estableció un poderoso
precedente, afirmando que actividades que ponen en riesgo especies endémicas y
ecosistemas frágiles deben ser detenidas, incluso si ya cuentan con licencias
previamente otorgadas. Otro caso relevante es el del proyecto Llurimagua, donde
la supervivencia de dos especies de ranas endémicas, el sapo arlequín narigudo
y el sapo de Intag resistente, fue fundamental para que el tribunal ordenara la
suspensión de las operaciones de la compañía chilena CODELCO. Estos casos
demuestran que la minería no solo destruye hábitats, sino que amenaza
directamente la existencia de especies únicas en el planeta. La pérdida de
estos ecosistemas tiene consecuencias globales, ya que la Amazonía ecuatoriana
juega un papel crucial en la regulación climática mundial.
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Indicador de impacto ambiental |
Dato cuantitativo |
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Superficie Total Afectada (Legal + Ilegal) |
12,944 - 13,000 hectáreas (1985-2023) |
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Tasa de Expansión Reciente (Años) |
2,600 - 2,673 hectáreas/año (últimos años) |
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Concentración de Mercurio (Hg) en Ríos |
Hasta 352 veces por encima de límites permisibles |
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Población Vulnerable a Contaminación Hídrica |
~18,200 habitantes en Napo dependen de ríos
contaminados |
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Deforestación Total Nacional (1985-2023) |
1.1 millones de hectáreas (de las cuales 981,000
fueron bosques) |
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Áreas Protegidas Afectadas |
562 hectáreas en 4 áreas protegidas (incl.
Sumaco-Napo Galeras, Podocarpus) |
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Metales Pesados Detectados |
Arsenico, Plomo, Manganeso, Cadmio, Boro,
Cianuro, etc. |
En resumen, el análisis de los datos cuantitativos
sobre los impactos ambientales de la minería en Ecuador es inequívoco.
Representa una amenaza existencial para los ecosistemas más valiosos del país,
impulsando una tasa alarmante de deforestación, contaminando irremediablemente
los ríos que alimentan a millones de personas y poniendo en jaque la
supervivencia de una biodiversidad única. La evidencia científica y los
testimonios de las comunidades locales convergen en una conclusión: la
continuación de este modelo extractivista es incompatible con la preservación
del entorno natural y el derecho a un ambiente sano de las futuras
generaciones. La magnitud de estos daños, junto con las graves consecuencias
sociales y económicas que se detallarán posteriormente, constituye un argumento
técnico y moralmente sólido para exigir una prohibición nacional de la minería.
Minería Ilegal y Crisis de Seguridad Nacional
Un aspecto crítico y subestimado de la minería en
Ecuador es su profunda e intrincada conexión con el crimen organizado, el
narcotráfico y la violencia endémica. Lejos de ser un sector marginal o un
fenómeno exclusivamente económico, la minería, especialmente la ilegal,
funciona como un motor de delincuencia que corroe las instituciones, socava la
seguridad ciudadana y perpetúa un ciclo de violencia y represión. Este vínculo
transforma la minería de un simple conflicto socioambiental a una amenaza
nacional de seguridad, demostrando que su regulación o prohibición no es solo
una cuestión de medio ambiente, sino una imperativa necesidad de justicia y paz
social. La actividad minera ilegal ha duplicado su expansión desde 2020,
convirtiéndose en una fuerza económica y territorial dominante en vastas
regiones del país.
La minería ilegal se ha consolidado como una de las
principales amenazas ambientales y sociales en Ecuador, con un avance alarmante
hacia áreas protegidas y territorios indígenas. En 2023, se expandió en 2,673
hectáreas, y se proyecta que esta tendencia continúe en 2024. Esta expansión no
es un acto individual, sino la acción coordinada de grupos criminales
sofisticados. Disidentes de las FARC, como los Comandos de Frontera, y otras
bandas armadas controlan zonas mineras en la frontera con Colombia, imponiendo
su autoridad y utilizando la minería para financiar sus operaciones ilícitas.
Su presencia no se limita a la extracción de oro; se han detectado actividades
de perforación de ductos de hidrocarburos para robar gasolina blanca, que luego
es utilizada para la producción de pasta base de cocaína. Esto crea una red
interconectada de delitos que abarca desde el narcotráfico y el contrabando de
combustible hasta la trata de personas, todo ello financiado por la minería
ilegal. El gobierno del expresidente Guillermo Lasso llegó a declarar la
minería ilegal como una "amenaza a la seguridad nacional" en enero de
2023, lo que permitió la intervención militar y policial en estas zonas
Esta infiltración criminal tiene consecuencias
devastadoras para las comunidades locales. Las comunidades indígenas enfrentan
reubicación forzosa y la destrucción de sus medios de subsistencia ancestrales
debido a la presión minera. La violencia es una constante. Las tasas de
homicidio se quintuplicaron entre 2019 y 2023 en regiones mineras como Napo, El
Oro, Azuay, Imbabura y Zamora Chinchipe, vinculándose directamente a los
conflictos entre grupos criminales por el control de los yacimientos. En agosto
de 2016, el proyecto San Carlos-Panantza obligó a la evicción violenta de al
menos 35 familias Shuar en Zamora Chinchipe, quienes tuvieron que huir a la
selva bajo condiciones precarias. Los líderes indígenas y los defensores
ambientales que resisten estas intrusiones se convierten en objetivos directos.
Reciben amenazas, son objeto de campañas de desprestigio y enfrentan
procesamientos por falsas acusaciones de terrorismo o sabotaje para
silenciarlos y crear un clima de miedo. La respuesta del Estado a menudo agrava
la situación, militarizando comunidades enteras y reprimiendo pacíficas
protestas con gases lacrimógenos, como ocurrió en Las Naves en julio de 2023,
donde 13 personas resultaron heridas. Esta escalada de violencia culmina en
asesinatos, como el del manifestante Efraín Fueres en septiembre de 2025, y en
la criminalización sistemática de la protesta social. La economía de la minería
ilegal es gigantesca y está profundamente ligada al lavado de dinero. En la
provincia de Napo, se estima que se extraen diariamente entre 150,000 y 230,000
gramos de oro de 18 quilates, generando ingresos de entre 8 y 11 millones de
dólares diarios. Este flujo de capital, que en 2023 superó los $1,260,000,000
en exportaciones de oro artesanal, financia operaciones ilícitas y alimenta la
violencia en la región. Para facilitar el blanqueo de capitales, se crearon empresas
fantasmas bajo el régimen de Sociedades Anónimas Simplificadas (SAS), que
permitieron a exportadores sin concesiones operar libremente. Investigaciones
han revelado discrepancias en los registros de exportación de oro entre el Banco
Central de Ecuador y los datos de importación de China, sugiriendo la
existencia de redes de lavado de dinero a gran escala involucrando a
funcionarios públicos, policías y actores empresariales. Esta situación
demuestra que la minería ilegal no es simplemente una actividad informal, sino
una industria criminalizada que socava la gobernabilidad del estado.
La crisis de seguridad derivada de la minería
ilegal se manifiesta también en la debilidad institucional y la corrupción. La
Agencia de Regulación y Control Minero (ARCOM), el organismo encargado de
regular la actividad, fue desactivada en 2018 y reinstaurada en agosto de 2024,
durante el mandato de Daniel Noboa. Sin embargo, entre 2019 y 2024, ARCOM
otorgó más de 650 nuevas concesiones mineras, a pesar de haber suspendido la
inscripción de nuevos interesados en 2018. Esto indica una desconexión y falta
de control regulatorio. En marzo de 2022, en Napo, de 142 concesiones mineras
registradas, ninguna cumplía con los requisitos para operar legalmente: 62
estaban suspendidas, 45 habían perdido sus derechos de explotación y 35 estaban
en trámite. Esta situación de "zona gris" entre la legalidad e
ilegalidad, exacerbada por la corrupción a múltiples niveles, permite que la
actividad minera ilegal florezca con impunidad. La complicidad de reguladores
permite que al menos 15 empresas y 18 individuos obtengan oro ilegalmente,
consolidando el poder de las mafias mineras.
En conclusión, la relación entre la minería y el
crimen organizado en Ecuador es una realidad tangible y destructiva. La minería
ilegal no es un subproducto de la pobreza o un fenómeno aparte, sino una
estrategia de neoextractivismo industrializado que aprovecha la baja presencia
estatal en las zonas fronterizas para maximizar ganancias ilícitas. Financia a
grupos armados, quintuplica las tasas de homicidio en las regiones mineras,
genera una crisis de seguridad nacional y socava la capacidad del estado para
garantizar la ley y el orden. La lucha contra la minería, por tanto, es
inseparable de la lucha contra el crimen organizado. Abordar la primera sin
atacar la segunda es una estrategia incompleta y condenada al fracaso. La
evidencia acumulada demuestra que la continuación de esta actividad, ya sea
legal o ilegal, perpetúa un ciclo de violencia, corrupción e impunidad que
amenaza la integridad territorial y la seguridad de todo el país.
Reevaluando la Contribución Real de la Minería al
Bienestar Público
La narrativa oficial que presenta a la minería como
un pilar del desarrollo económico y una fuente crucial de ingresos para el
presupuesto estatal es una ficción que ignora la realidad compleja y a menudo
destructiva de su modelo de negocio. Un análisis técnico y desapasionado de los
datos económicos revela que la contribución fiscal de la minería es modesta en
comparación con su enorme costo social y ambiental. Lejos de ser un motor de
prosperidad inclusiva, el modelo extractivista actual en Ecuador se caracteriza
por una extracción de riqueza ("curse of abundance"), una carga
fiscal decreciente para las corporaciones transnacionales y un impacto negativo
en las economías locales sostenibles, dejando a las comunidades locales
condenadas a la pobreza y la dependencia de una industria que arruina sus
medios de vida.
Desde el punto de vista fiscal, la minería es
importante pero no indispensable. En 2023, el sector fue el cuarto mayor sector
exportador del país, con ingresos de $3.2 mil millones. Generó $762.72 millones
en impuestos y contribuciones, y en 2024, el ingreso bruto de impuestos superó
los US$1 mil millones, un aumento del 218% desde 2019. Sin embargo, cuando se
analiza este número en el contexto del presupuesto nacional, su peso relativo
se reduce drásticamente. Los impuestos de la minería representaron aproximadamente
el 5% del total de los ingresos fiscales nacionales en 2024. Su contribución al
Producto Interno Bruto (PIB) también es modesta; el sector de minas y canteras
(excluyendo hidrocarburos) se proyectaba que contribuyera hasta un 4% al PIB en
2021. Estas cifras contrastan con la percepción pública y la propaganda
gubernamental que a menudo magnifican su rol económico. La idea de que la
minería es una panacea para los problemas financieros del estado es, por tanto,
infundada.
Una de las críticas más fundamentales al modelo
extractivista es su carácter eminentemente extraccionista. Gran parte de la
riqueza generada por la minería no permanece en Ecuador. El 80% de la minería
andina está bajo control de compañías transnacionales provenientes de Canadá,
Estados Unidos, China, Sudáfrica y Suiza. Los contratos mineros celebrados con
estas empresas son altamente favorables para los inversionistas, dejando en
duda qué proporción de la riqueza extraída realmente se queda en el país . El
modelo se define como una "epidemia humo" (xawara
wakémi) que, según la cosmovisión indígena, no solo destruye el
entorno físico, sino que corrompe las relaciones sociales y culturales,
beneficiando a unos pocos a costa de muchos. Este modelo de
"crecimiento" ha sido criticado por YASunidos, quien señala que 50
años de explotación petrolera no lograron erradicar la pobreza, y que las 110
empresas más grandes del país, que generan el 62% del PIB, pagan cada vez menos
impuestos corporativos, exacerbando la desigualdad.
Además, el modelo extractivista tiene un impacto
directo y negativo en las economías locales sostenibles. La minería no crea
empleos estructurales ni beneficios distribuidos equitativamente. Aunque se
menciona que el sector emplea casi 100,000 personas indirectamente, esta cifra
debe ser contextualizada. La inversión masiva de $2.6 mil millones en los
proyectos Mirador y Fruta del Norte ocurrió en una provincia como Zamora
Chinchipe, donde 52% de la población vive en multidimensionalidad. La minería
desplaza a las economías tradicionales como la agricultura, la ganadería y la
pesca, que son las bases de la subsistencia de las comunidades indígenas y
campesinas. La contaminación de los ríos con mercurio y otros metales pesados
reduce drásticamente la pesca, una fuente vital de alimento y economía para las
comunidades amazónicas. El aumento de la demanda de bienes y servicios en las
áreas mineras eleva el costo de vida, haciendo insostenible la agricultura
local y obligando a las personas a abandonar sus medios de vida tradicionales
para buscar trabajo en las minas, a menudo en condiciones precarias y con bajos
salarios. Por lo tanto, la minería no genera desarrollo, sino una forma de
pobreza inducida por la destrucción de las fuentes de vida.
La crisis económica y social se ve agravada por la
debilidad institucional y la corrupción que rodean al sector. La falta de
personal capacitado y los recursos para el monitoreo efectivo hacen que la
regulación sea prácticamente inexistente. Un informe de auditoría de 2020 mostró
que el 36% de las concesiones mineras no presentaron informes de cumplimiento
ambiental, y se encontró evidencia de acopio de residuos y lixiviación en 237
sitios. La ausencia de control permite que las empresas ignoren las normativas
ambientales, externalizando los costos de la contaminación a la sociedad y al
Estado. Esta falta de fiscalización se une a la corrupción que permite la
operación de empresas fantasma y el blanqueo de capitales, como se discutió
anteriormente, lo que significa que el Estado no solo pierde ingresos fiscales,
sino que también no puede hacer cumplir las leyes que protegen a sus ciudadanos
y su patrimonio natural.
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Indicador económico |
Dato cuantitativo |
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Contribución Fiscal (2024) |
US$1,000 millones (aprox. 5% de ingresos fiscales
totales) |
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Contribución al PIB (Sector Minero excl.
Hidrocarburos) |
Hasta 4% (proyección 2021) |
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Ingresos por Exportaciones (2023) |
US$3.2 mil millones |
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Empleo Directo/Indirecto |
~97,000 - 180,000 personas |
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Control Corporativo |
80% de la minería andina bajo control de
compañías extranjeras |
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Contraste con Pobreza Local |
52% de la población en Zamora Chinchipe vive en
multidimensionalidad |
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Corrupción y Lavado de Capitales |
Volumen significativo de oro ilegal exportado
mediante empresas fantasmas (SAS) |
En definitiva, el argumento de que la minería es
económicamente vital para Ecuador es un mito sustentado por una narrativa
sesgada. Los datos demuestran que su contribución fiscal es limitada y su
modelo de negocio es inherentemente extractivista, favoreciendo a las
corporaciones transnacionales a expensas de la soberanía económica y el
bienestar de las comunidades locales. Al mismo tiempo, la industria arruina las
economías sostenibles, contribuye a la desigualdad y opera en un entorno de
corrupción y debilidad institucional. La evidencia sugiere que la inversión en
sectores alternativos, como la agroecología, el turismo comunitario basado en
la conservación y la bioeconomía, ofrecería un desarrollo más justo, inclusivo
y sostenible, sin los costos catastróficos asociados con la minería. La
elección no es entre desarrollo y protección ambiental, sino entre diferentes
modelos de desarrollo, y los datos económicos actuales indican claramente que
el modelo extractivista falla en generar un desarrollo verdadero y beneficioso
para la mayoría de la población ecuatoriana.
Construyendo una Campaña Digital y Culturalmente
Relevante
Para construir una campaña política efectiva
dirigida a jóvenes y organizaciones ambientales, es imperativo trascender la
mera presentación de datos técnicos y conectar con las emociones, valores y
formas de comunicación de esta generación. Los jóvenes ecuatorianos,
especialmente aquellos activos en redes sociales, responden a narrativas
claras, visuales y empoderadoras que les den sentido de pertenencia y un camino
claro para la acción. La estrategia debe articularse en torno a varias
narrativas centrales que transformen la problemática de la minería de un debate
abstracto a una batalla por un futuro tangible y deseable. Estas narrativas
deben ser consistentes, repetibles y adaptadas a diversas plataformas
digitales, combinando la precisión de la información con el poder del arte, la
cultura y el activismo digital.
La primera
narrativa clave es "No hay futuro sin agua limpia".
Este mensaje es visceral, universalmente comprensible y se basa en una de las
evidencias más contundentes y visualmente impactantes: la toxicidad del agua en
las zonas mineras. Datos científicos detallados, como los de los estudios
realizados en el río Napo, muestran que los habitantes, especialmente los
niños, enfrentan riesgos de cáncer y problemas neurológicos 23 a 352 veces
superiores al umbral seguro debido a la ingestión de agua contaminada con
metales pesados. Este mensaje se puede materializar en contenido visualmente
potente: videos cortos que muestren la belleza de un río antes y después de la
minería, mapas interactivos que ilustren las zonas más contaminadas, e
infografías simples que expliquen cómo el mercurio entra en la cadena
alimentaria a través del pescado. Se puede acompañar de llamados a la acción
como "Protege a tu familia, firma la petición para prohibir la minería en
nuestras cuencas hídricas" o "Comparte este video, la contaminación
del agua no es invisible". Esta narrativa conecta directamente el problema
minero con la salud personal y familiar, haciéndolo ineludiblemente relevante.
La segunda
narrativa es "La minería es un negocio de criminales".
Esta línea argumental apela a la indignación moral y busca deslegitimar a la
industria minera al exponer su conexión directa con el crimen organizado, el
narcotráfico y la violencia. Utiliza ejemplos concretos y dramáticos: la
extracción de 150,000 a 230,000 gramos de oro al día en Napo, lo que genera
entre 8 y 11 millones de dólares diarios; la perforación de ductos de
Petroecuador por parte de disidentes de las FARC para robar combustible y
fabricar pasta base; y la quintuplicación de las tasas de homicidio en las
regiones mineras. Esta narrativa es extremadamente poderosa porque relaciona la
minería con la inseguridad cotidiana que experimentan los ciudadanos. Se puede
difundir a través de memes, historias de Instagram y TikToks que utilicen un
tono sarcástico o directo, preguntando "¿Estás cómodo sabiendo que tu
dinero financia a narcotraficantes?" o "¿Quieres que tus hijos
crezcan en una región donde la minería es la principal causa de homicidios?".
El objetivo es generar una condena social masiva y presionar a los gobiernos
para que reconozcan la minería ilegal como una amenaza a la seguridad nacional.
La tercera
narrativa es "Los Derechos de la Naturaleza ya son
ley". Esta línea
argumental se aleja de la simple crítica ambientalista para posicionarse en el
ámbito de los derechos constitucionales y democráticos. Ecuador fue el primer
país en reconocer los "Derechos de la Naturaleza" en su Constitución
de 2008. Esta narrativa destaca los triunfos legales recientes que han validado
este principio, como la histórica sentencia del Tribunal Constitucional de 2021
que prohibió la minería en el Bosque Protector Los Cedros, la victoria en el
caso de Yasuní donde el pueblo decidió dejar el petróleo bajo tierra, y el
fallo en el caso Sinangoe que afirmó el derecho de los pueblos indígenas a
decir "no" a los proyectos extractivos en sus territorios. Este
mensaje dotará a la campaña de legitimidad jurídica y democrática, mostrando
que la lucha no es una opinión, sino una defensa de las leyes del propio país.
Se puede comunicar a través de campañas de concienciación que expliquen estos
casos en lenguaje sencillo, eventos virtuales con conferencistas, y material
informativo que invite a la gente a reflexionar sobre su responsabilidad como
ciudadanos de defender la ley.
La cuarta
narrativa es "Nuestro dinero no financia la
destrucción". Esta línea
argumental se enfoca en la brecha entre la propaganda gubernamental sobre el
desarrollo y los efectos devastadores de la minería en las comunidades locales
y la biodiversidad. Cuestiona directamente el modelo de "crecimiento"
que sacrifica el entorno y la salud pública. Se puede usar para criticar la
hipocresía de un gobierno que celebra la inversión minera ($292 millones
firmados en 2023) mientras sus propias políticas de subsidios a combustibles
son eliminadas, afectando a los pobres. Esta narrativa busca empoderar al
ciudadano, diciéndole que tiene el poder de decidir cómo quiere que su país se
desarrolle. Puede manifestarse en campañas de arte callejero que pongan frente
a frente imágenes de paisajes intactos y zonas devastadas, o en festivales de
música y cine con temáticas anti-extractivistas, siguiendo el ejemplo de
movimientos como Extinction Rebellion Ecuador.
Para implementar estas narrativas, la estrategia
debe ser multifacética. En redes sociales, se debe crear contenido visualmente
atractivo y fácilmente compartible. Se pueden desarrollar personajes animados o
guiones para dibujos animados que expliquen los impactos de la minería de una
manera accesible. Se debe fomentar el uso de hashtags virales
(#AguaLimpiaporSiempre, #NaturalezaDerecho, #FinALaMinería) para centralizar la
conversación. Además, es crucial emular el éxito de figuras como Helena
Gualinga, quien utiliza su plataforma en Instagram para educar y denunciar,
llegando a más de 100,000 seguidores. Organizar hackatones de arte digital,
concursos de fotografía sobre el agua limpia o festivales en línea pueden crear
un espacio cultural de resistencia y empoderamiento. Finalmente, todas estas
acciones digitales deben estar conectadas con acciones físicas y tangibles:
marchas, limpiezas de ríos, plantaciones de árboles en páramos amenazados, o la
organización de maratones de lectura de artículos científicos para educar a los
círculos sociales. La clave es crear un puente fluido entre el activismo en
línea y la acción en la vida real, demostrando que la voz digital tiene el
poder de catalizar un cambio tangible.
Litigio, Presión Institucional y Alianzas Políticas
Las organizaciones ambientales, junto con las
organizaciones indígenas y los movimientos sociales, poseen herramientas
legales, estratégicas y políticas potentes para avanzar en la lucha contra la
minería. Su misión va más allá de la simple movilización popular, su rol
consiste en fortalecer y expandir los marcos legales existentes, mantener una
vigilancia constante sobre el incumplimiento de las leyes por parte del Estado
y las corporaciones, y construir alianzas estratégicas para influir en la
agenda política a nivel nacional. Una campaña exitosa para la prohibición de la
minería en Ecuador requerirá un enfoque integrado que combine un litigio de
impacto para establecer precedentes legales, una labor de presión institucional
para garantizar el cumplimiento de la ley y una sólida estrategia de alianzas
políticas para traducir la presión social en cambios legislativos y de política
pública.
Una de las
tácticas más efectivas y con mayores resultados a largo plazo es el litigio
estratégico, centrado en la defensa de los "Derechos de
la Naturaleza" (RoN), un concepto único en el marco constitucional
ecuatoriano. Ecuador se distingue a nivel mundial por ser el primer país en
reconocer legalmente los RoN en su Constitución de 2008, un principio basado en
la cosmovisión indígena del Sumak Kawsay. Este
marco legal ha sido instrumental en varios casos emblemáticos que han marcado
hitos importantes en la jurisprudencia ambiental. El caso de Los
Cedros es un modelo a seguir: una coalición de
científicos, abogados y activistas logró que el Tribunal Constitucional anulara
las licencias mineras en el bosque protector, invocando el RoN y la necesidad
de precaución para proteger la biodiversidad. Este fallo no solo salvó el
bosque, sino que estableció un poderoso precedente que podría aplicarse a más
de un millón de hectáreas de bosques protegidos clasificados como "Bosque
Protector" donde existen concesiones mineras. De manera similar, la
sentencia en el caso Sinangoe solidificó el
derecho de los pueblos indígenas a dar el consentimiento previo, libre e
informado (FPIC) para cualquier actividad que afecte sus territorios, incluso
aquellas que no son formalmente consultadas por la empresa privada. Las
organizaciones ambientales pueden colaborar estrechamente con estos litigios,
proporcionando evidencia científica robusta, como se hizo con los 25 estudios
científicos enviados al Tribunal Constitucional en el caso de Los Cedros. El
objetivo debe ser continuar utilizando el RoN como una herramienta de defensa
para bloquear nuevos proyectos, como lo intentaron hacer en el caso de Loma
Larga, y para asegurar que las sentencias judiciales previas, como la de Los
Cedros, se cumplan a cabalidad y no queden en letra muerta.
Finalmente, la
estrategia debe incluir la construcción de alianzas políticas
para traducir la presión social y legal en cambios legislativos y de política
pública. La experiencia de la campaña de Yasuní demuestra el poder de la
participación ciudadana directa. El referéndum de 2023, aprobado por un 60% de
los votantes, fue el resultado de una década de movilización ciudadana y de
organizaciones como YASunidos y CONAIE. Este éxito ofrece un modelo replicable.
Las organizaciones ambientales deben trabajar para incorporar la prohibición
total de la minería en las plataformas de partidos políticos y candidatos a
nivel nacional, apoyando a aquellos que se comprometan a defender los Derechos
de la Naturaleza y a derogar las leyes que favorecen a la industria
extractivista. El liderazgo de figuras como Leonidas Iza, presidente de CONAIE
y candidato presidencial, ha llevado la oposición a la minería a un primer
plano político, atrayendo a miles de simpatizantes y jóvenes. Apoyar estas
candidaturas y movimientos políticos es una forma directa de canalizar la energía
social en el sistema político. Otra táctica es promover y apoyar consultas
populares a nivel provincial y nacional. El referéndum en el Chocó Andino,
donde un 72% de los votantes rechazó la minería, es otro ejemplo de éxito que
debe ser promovido a escala nacional. Las organizaciones pueden ayudar a las
comunidades a preparar y ejecutar estos procesos democráticos, asegurando que
sean transparentes y cumplan con los requisitos legales, como ocurrió en Tarqui
y Victoria del Portete, donde comunidades locales ya habían rechazado proyectos
mineros a través de referendos comunitarios.
En síntesis, la
estrategia para las organizaciones ambientales debe ser holística. No se trata
solo de protestas, sino de un trabajo estratégico y disciplinado en tres
frentes: 1) Litigio de Impacto: Utilizar el
marco legal único de Ecuador para establecer y expandir precedentes que
protejan la naturaleza y los derechos indígenas. 2) Presión
Institucional: Monitorear constantemente el cumplimiento de las
leyes y sentencias, y denunciar públicamente a las instituciones que fallan en
su deber de protección. 3) Alianzas Políticas:
Traducir la voluntad popular expresada en referendos y manifestaciones en
cambios concretos en la legislación y la política pública, apoyando activamente
a los candidatos y movimientos que comparten la visión de un país
post-extractivista. Solo a través de esta combinación de acciones se puede
construir un movimiento suficientemente poderoso para lograr la prohibición
nacional de la minería.
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