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Fascismo y Extrema Derecha

 

  1.  Definición.-


El fascismo, en su formulación histórica que floreció entre las dos Guerras Mundiales, constituye un arquetipo de ideología política radical que trasciende la simple designación de "extrema derecha". No fue simplemente una corriente conservadora reaccionaria, sino un movimiento de masas con una agenda transformadora y totalizadora. Su definición más precisa, según el académico Roger Griffin, lo describe como una forma de "ultranacionalismo palingenético", un término que encapsula su naturaleza fundamental. La palabra clave aquí es "palingenesia", que significa renacimiento, regeneración o nacimiento de nuevo. A diferencia de otras ideologías que buscan reformar o preservar, el fascismo proponía una solución total y revolucionaria a una crisis supuestamente existencial de la nación. Este mito central de declinación y humillación nacional era la piedra angular de su propaganda y la justificación de sus acciones violentas. Por ejemplo, en Italia, el sentimiento de una "victoria mutilada" tras el Tratado de Saint-Germain, donde territorios prometidos no se entregaron, alimentó una profunda sensación de traición y derrota que Mussolini y sus seguidores explotaron astutamente . En Alemania, la narrativa del "stab-in-the-back" (Dolchstosslegendeatribuyó la derrota en la Primera Guerra Mundial al sabotaje interno por parte de judíos y socialistas, creando un resentimiento que Hitler canalizó hacia una obsesión por la restauración del honor nacional.

La segunda característica definitoria del fascismo es su aspiración a un estado totalitario. El objetivo no era gobernar eficientemente, sino ejercer un control absoluto sobre todos los aspectos de la vida pública y privada. Esta filosofía se expresó de manera concisa en la doctrina del fascismo italiano,  que declaraba: "todo en el estado, nada fuera del estado, nada contra el estado". Este principio se tradujo en la creación de un partido único, la eliminación de partidos políticos rivales, la abolición de sindicatos independientes, la censura de la prensa y el establecimiento de policía estatal como la OVRA en Italia para perseguir a disidentes. La sociedad entera era concebida como un organismo vivo y jerárquico, donde el individuo tenía valor solo en la medida en que contribuyera al bienestar colectivo de la nación. La familia, la educación, el ocio y el trabajo eran todas sometidas a la disciplina y la ideología fascista, a menudo mediante organizaciones juveniles como los Balilla en Italia o la Hitlerjugend en Alemania, diseñadas para inculcar obediencia, lealtad y heroísmo desde una edad temprana.


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El fascismo se posicionó como un antídoto radical a las enfermedades del liberalismo, el socialismo y el comunismo. Rechazaba el individualismo materialista y racionalista del liberalismo, culpándolo de haber socavado la cohesión  social y debilitado a la nación ante las tensiones existenciales. También se opuso ferozmente a la igualdad y la lucha de clases del socialismo  y el comunismo, argumentando que estas eran fuerzas destructivas que dividían a la nación. Sin embargo, a diferencia de la derecha conservadora tradicional, que buscaba restaurar el orden preexistente, el fascismo se presentaba 

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como una fuerza progresista  y revolucionaria. Prometía crear una nueva sociedad, un "hombre nuevo" y una comunidad nacional purificada . Este carácter "conservador-revolucionario" fue una de sus innovaciones más significativas, utilizando nuevas tecnologías y tácticas de movilización de  masas para forjar un orden autoritario basado en la jerarquía, la tradición  y el nacionalismo. El fascismo también se distinguió por su actitud ambivalente hacia la propiedad  privada y el capitalismo. Aunque apoyaba la propiedad privada, insistía en que su función primordial era servir a los intereses  de la nación, subordinándola al poder del Estado. 

El modelo económico preferido era el corporativismo, un sistema en el que los sindicatos patronales  y obreros, organizados por sectores económicos, operaban bajo la supervisión  y dirección del gobierno para eliminar la lucha de clases coordinar la producción para fines nacionales, a menudo militares. Este modelo no buscaba abolir la propiedad privada como el comunismo, sino domesticarla  y dirigirla en beneficio del Estado  totalitario.

  Otra faceta central del fascismo era su glorificación del militarismo  y la violencia. La guerra no era vista como un mal que se debía evitar, sino como una fuerza purificadora que fortalecía a la nación,  eliminaba la decadencia y demostraba  la superioridad racial o cultural del pueblo. La violencia física, tanto la del estado (a través de la policía y los tribunales especiales) como la de los ciudadanos (a través de las milicias paramilitares), era una herramienta  política legítima y necesaria para lograr la 

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victoria. Figuras como Mussolini ("Il Duce") y Hitler ("Der Führer") encarnaban este ideal, siendo veneradas como líderes carismáticos cuya voluntad dictaba el destino de la nación. Su imagen estaba omnipresente en la cultura popular, y cualquier crítica a ellos era considerada una traición al  pueblo.

Finalmente, el fascismo se caracterizó por su exclusivismo extremo, construyendo una identidad nacional mayoritaria definida contra un "otro" existencialmente peligroso. Este "otro" podía ser el comunista, el liberal, el intelectual cosmopolita, o, en el caso del nazismo, grupos enteros de personas definidos por su raza, como los judíos, a quienes se acusaba de conspirar contra la humanidad. Esta construcción de enemigos era crucial para unificar a la masa detrás de un líder fuerte y para justificar la persecución, la discriminación  y, en última instancia, la exterminación de  aquellos que no encajaban en la visión fascista de la comunidad nacional.

 

 

Característica

Fundamental

 

Descripción Detallada

 

Palingenesia

Ultranacionalista

 

Creencia en un mito de declinación nacional que requiere una "regeneración" total a través de la acción heroica y la voluntad popular.

 

 

Totalitarismo

 

Aspiración a controlar absolutamente todos los aspectos de la vida pública y privada a través de un partido único, censura  y terror estatal.

 

Antidemocracia Radical

 

Rechazo explícito a la democracia liberal, el individualismo  y la racionalidad ilustrada, considerándolas  decadentes y divisivas.

Militarismo y violencia

La guerra era una fuerza purificadora que fortalecía a la nación,

 eliminaba la decadencia y demostraba  la superioridad racial o cultural del pueblo

 

Corporativismo Económico

 

Modelo económico donde la propiedad privada está subordinada al interés nacional, con sindicatos patronales  y obreros controlados por el Estado.

 

Culto a la Personalidad del Líder

 

Veneración de un líder carismático ("Duce/Führer") visto como el símbolo encarnado de la nación y su única guía.

 

Exclusión  y Construcción de enemigos

 

Definición de la comunidad nacional a través de la identificación  y persecución de "otros" internos y externos (comunistas, judíos, liberales).

 

Crisis Post-Guerra y la Alianza
con las Élites

  El surgimiento del fascismo no fue un evento aislado, sino la respuesta a un complejo conjunto de crisis profundas que sacudieron Europa después de la Primera Guerra Mundial. Estas crisis se manifestaron en tres áreas interconectadas: el trauma nacional, la incertidumbre  económica y el miedo social. 

En Italia, la guerra había terminado en un clima de profundo descontento. A pesar de ser una potencia aliada, el país salió de la contienda económicamente agotado, con una deuda pública astronómica  y una población civil devastada. Los soldados veteranos regresaron a un panorama de huelgas generales, ocupaciones de fábricas y una intensa polarización política. El tratado de paz de 1919 exacerbó estos sentimientos de frustración,  ya que muchos italianos percibieron que sus aliados occidentales los habían engañado al negarse a cumplir con las promesas territoriales contenidas en el Tratado de Londres, especialmente en lo que respecta a la costa Dalmata. Esta percepción de una "victoria mutilada" se convirtió en un combustible político poderoso, alimentando un resentimiento nacionalista que Mussolini  y otros radicales supieron explotar. 

En Alemania, la situación era aún más dramática. La derrota en la guerra fue brutalmente golpeada por el Tratado de Versalles de 1919, que impuso enormes reparaciones financieras, limitaciones

militares severas y, lo que era más importante ideológicamente, obligó al país a aceptar la plena

responsabilidad por la guerra . Esta "humillación" fue amplificada por la inflación galopante en los años posteriores, que arruinó a la clase media y generó una profunda desconfianza en las  instituciones republicanas de Weimar. 

Ambos países, Italia y Alemania, sufrieron  períodos de intensa inestabilidad política y social. En Italia, el período conocido como el "Blocco Infame" (Bloque infame) vio a los socialistas y comunistas enfrentados a coaliciones de la derecha  y la  izquierda moderada, creando un ambiente de confrontación constante . En ambos casos, la capacidad de los gobiernos liberales para gestionar estas crisis económicas  y sociales pareció  insuficiente, erosionando gradualmente la confianza pública en el sistema democrático.

 La amenaza real y percibida de una revolución proletaria fue quizás el catalizador más decisivo para el ascenso del fascismo. Después de la Revolución Rusa de 1917, el miedo al bolchevismo se extendió por toda Europa. En Italia, en 1920, la situación llegó a un punto crítico cuando los trabajadores tomaron el control de numerosas fábricas en una ola de huelgas y ocupaciones,  dejando a la burguesía industrial y a la aristocracia terrateniente  paralizada y asustada. La violencia de las calles se intensificó, con choques constantes entre los obreros armados  y los grupos de defensa de los terratenientes  y empresarios. Fue en este contexto de caos social y miedo a la anarquía que el fascismo encontró su terreno fértil. Benito Mussolini fundó el Fasci Italiani di Combattimento en 1919 como una milicia privada para proteger a las élites agrarias y industriales de la "amenaza roja". Los Blackshirts, como eran conocidos los paramilitares fascistas, utilizaron la intimidación  y la violencia sistemática para atacar oficinas de sindicatos socialistas, quemar periódicos de izquierda  expulsar a líderes obreros de sus pueblos. Este comportamiento no fue espontáneo; recibió financiamiento  y apoyo directo de los mismos terratenientes  y magnates industriales que temían perder sus propiedades  y privilegios ante una posible revolución.

 Aquí radica uno de los puntos de inflexión más cruciales en la historia del fascismo: la formación de una alianza estratégica entre los movimientos fascistas y las élites conservadoras.  Las élites burguesas, tanto en Italia como en Alemania, vieron en el fascismo un escudo protector contra el avance del comunismo. Comenzaron a financiar a los fascistas y a tolerar su violencia, siempre y cuando sirviera para debilitar a los socialistas  y comunistas. En Italia, esta colaboración se hizo evidente en 1921, cuando los conservadores entraron en una coalición parlamentaria con el Partido Nacional Fascista, reconociéndolo por primera vez como la "extrema derecha". En Alemania, varios miembros de la élite militar y empresarial proporcionaron fondos y apoyo moral a Adolf Hitler y su NSDAP, esperando controlarlo una vez que llegara al poder. El momento culminante de esta dinámica fue la Marcha sobre Roma en octubre de 1922. Con aproximadamente 30,000 Blackshirts concentrados fuera de la capital, Mussolini le dio al rey Víctor Manuel III una ultimátum: nombrarlo primer ministro o enfrentarse a la guerra civil. El rey, temiendo una catástrofe social y civil, optó por la segunda opción y nombró a Mussolini jefe del gobierno, entregándole así el poder de forma pacífica pero institucionalmente corrupta. Este acto no fue un golpe de estado violento, sino un pacto con el fascismo, un error de cálculo que resultó fatal para la democracia italiana. De manera similar, en Alemania, la elección de Hindenburg para Chanciller a Hitler en 1933 fue impulsada por una coalición de conservadores que creían poder controlarlo, un miscalculation que condujo al fin de la República de Weimar . Estas alianzas demostraron que el fascismo no prosperaría sin el consentimiento tácito o explícito de las estructuras de poder establecidas,  y que su ascenso fue facilitado tanto por la movilización de las masas como por la traición de las élites

Características de la Extrema Derecha Moderna

 Si el fascismo histórico representaba un arquetipo de movimiento político totalitario, la "extrema derecha" contemporánea es un espectro mucho más diverso y adaptable, cuyas manifestaciones han evolucionado para operar en un mundo geopolítico, económico y cultural radicalmente diferente. Si bien comparte algunas características superficiales con su precursor, como el nacionalismo, la hostilidad hacia la inmigración  y el antiliberalismo, sus métodos, objetivos  y contextos son fundamentalmente distintos. Una de las distinciones más importantes es su relación con la democracia. Mientras que el fascismo histórico abogaba explícitamente por la abolición de la democracia parlamentaria  y el establecimiento de un régimen totalitario, la extrema derecha moderna opera principalmente 
dentro de los marcos institucionales democráticos existentes. Utiliza las herramientas de la democracia —elecciones, partidos políticos, medios de comunicación— para ganar poder y luego intenta erosionar las normas y las instituciones  democráticas  desde adentro, menudo bajo el pretexto de "purificar" la democracia o dar voz a "el pueblo"Este enfoque ha sido descrito como "post-fascismo", ya que, aunque hereda elementos de la ideología fascista, carece de la utopía revolucionaria  y del estado de colapso institucional que caracterizaron a sus predecesores. Ejemplos como Giorgia Meloni en Italia, Jair Bolsonaro en Brasil o Marine Le Pen en Francia demuestran este modelo de "gobierno post-fascista", donde los partidos de extrema derecha acceden al poder a través de procesos electorales y luego utilizan esa posición para implementar políticas restrictivas y socavar la independencia de la judicatura  y los medios de comunicación.
La base ideológica de la extrema derecha moderna también ha evolucionado. En lugar del ultranacionalismo palingenético fascista, la ideología dominante es el populismo nativista. Este concepto, definido por Cas Mudde, se centra en la división de la sociedad en dos grupos homogéneos  y antagonistas: "el pueblo puro" y "la elite corrupta". El "pueblo" se define a menudo en términos de pertenencia étnica, cultural o religiosa, excluyendo a los inmigrantes,  minorías raciales o culturales  y a aquellos que se perciben como no conformes con un ideal de nación monocultural. A diferencia del racismo biológico de los nazis, esta exclusión a menudo se expresa través de un "civic-nationalist narrative", donde la pertenencia se condiciona a la adhesión a ciertos valores nacionales, como la república francesa o la laïcité, en lugar de a una herencia genética  . Otros movimientos emplean la "teoría de la sustitución blanca" (White Replacement Theory) para argumentar que una conspiración global está destinada a reemplazar a la población blanca autóctona  . Este enfoque cultural permite a los partidos de extrema derecha ampliar su base electoral más allá 
de los grupos étnicamente homogéneos, atrayendo a votantes preocupados por la pérdida de estatus social y cultural.

 En el ámbito económico, la extrema derecha moderna presenta una dicotomía. Mientras que el fascismo histórico promovía un modelo de economía corporativa dirigista, con un Estado que intervenía activamente para suprimir la lucha de clases y preparar la economía para la guerra, la mayoría de los partidos de extrema derecha contemporáneos defienden principios de capitalismo de mercado, reducción de impuestos  y protección de los intereses empresariales. Sus críticas a la globalización  y a las instituciones europeas como la UE a menudo están motivadas por un nacionalismo  económico  y un proteccionismo que busca proteger a la industria nacional y a los trabajadores locales. Sin embargo, esto no es una adherencia dogmática al libre mercado; pueden adoptar medidas intervencionistas  y proteccionistas  cuando ello sirve a su agenda nacionalista, como lo demuestra el apoyo de muchos de estos partidos a la normalización de relaciones con Rusia, un régimen autoritario con una economía estatal dominante. Algunos estudios sugieren que,  los gobiernos de extrema derecha han utilizado políticas populistas para aumentar el apoyo social, pero al mismo tiempo han regido los sistemas económicos para beneficiar a elites nacionales y empresas afines, consolidando  así tanto el poder político como el económico.

Esta combinación de retórica populista con políticas que refuerzan la desigualdad económica es una característica clave del actual movimiento de extrema derecha.

 Finalmente, la estrategia  y el lenguaje de la extrema derecha moderna han sido adaptados a la era de la globalización  y las redes sociales. En lugar de depender casi exclusivamente de la violencia paramilitar para intimidar a la oposición, como hicieron los Squadristi en Italia, la estrategia predominante hoy es la infiltración  mediática y la erosión gradual de las normas democráticas . Utilizan plataformas digitales para difundir propaganda, sembrar desinformación  y crear ecosistemas de opinión que validan sus narrativas de victimización  y conspiración. El lenguaje se ha "modernizado" para parecer más aceptable en la arena política. Por ejemplo, algunos líderes de extrema derecha, como Geert Wilders en los Países Bajos, promueven posturas "liberales" sobre temas como la igualdad de género y los derechos LGBTQ+ para contrastar su "civilización cristiana" con una "cultura islámica" retratada como represiva  . Esta táctica, conocida como "civilizacismo", permite a los partidos de extrema derecha centrarse en la exclusión cultural y religiosa en lugar de en la raza biológica, ampliando así su campo de batalla ideológico. 

La narrativa central ha cambiado de la "regeneración" fascista a la "protección" nativista. En lugar de un futuro utópico, ofrecen una nostalgia por un pasado imaginario, un país "limpio", "soberano" y "grande", defendido de amenazas externas e internas percibidas. Este enfoque es menos revolucionario  y más conservador, buscando restaurar un orden perdido en lugar de construir uno completamente nuevo.

 

 

Característica

 

Fascismo Histórico (Italia/Alemania)

 

Extrema Derecha Moderna

 

Relación con la Democracia

 

Abolicionista. Rechazo total a la democracia parlamentaria  y su sustitución por un régimen totalitario.

 

Erosiva. Utiliza y manipula las instituciones democráticas para debilitarlas y eventualmente  capturarlas.

 

Base Ideológica

 

Ultranacionalismo palingenético, totalitarismo, antimaterialismo, elitismo.

 

 

Populismo nativista, autoritarismo cultural, antiliberalismo, xenofobia.

 

Visión Económica

Corporativismo dirigista, autarquía, Estado máximo en la planificación económica.

Capitalismo neoliberal con proteccionismo selectivo, estado mínimo en muchos aspectos

 

 

Enfoque de Exclusión

 

Biológico (racial Nazi) o Cultural- Biológico (Italiano). Destino final: exterminio.

 

Cultural-Cívica (exigir adhesión a valores/nacionalidad), étnico-racial. Destino final: exclusión social. 

 

Método Principal

 

Movilización de masas, violencia paramilitar, golpe de estado.

 

Infiltración electoral, propaganda mediática, legalismo para socavar   instituciones.

 

Narrativa Central

 

Mitos de declinación  y regeneración nacional a través de la acción heroica y la purificación.

 

Narrativas de victimización, "sustitución  cultural", y la necesidad de proteger la nación de amenazas externas e internas.

 

 

Democracia, Economía y Visión del Futuro

 La distinción entre el fascismo histórico  y la extrema derecha contemporánea se profundiza al examinar sus divergentes enfoques hacia la estructura fundamental de la sociedad: la relación con la democracia, la organización  económica  y la concepción del tiempo y el futuro. Estas diferencias no son meramente tácticas, sino que revelan una ruptura conceptual fundamental en sus aspiraciones últimas. El fascismo, en su esencia, era un proyecto antidemocrático por definición. Su ideología se basaba en un rechazo visceral a los principios de la Ilustración que sostienen la democracia liberal: la soberanía popular, los derechos individuales, la igualdad ante la ley y el pluralismo política. Para los fascistas, estas ideas no eran defectuosas, sino inherentemente  débiles y decadentes, producto de una oca de materialismo  y liberalismo que había debilitado la cohesión  y la vitalidad de la nación. El fascismo no buscaba reformar la democracia, sino reemplazarla por completo con un régimen totalitario de partido único, donde la voluntad del líder y el bien supremo de la nación prevalecerían sobre cualquier libertad individual o deliberación parlamentaria. El objetivo era crear un estado totalitario que no solo gobernara, sino que moldeara por completo la vida de sus ciudadanos, desde la familia hasta la mente, para asegurar la perpetuidad de la nación. La democracia, con sus debates, sus compromisos  y sus garantías constitucionales, era vista como un obstáculo para la acción decidida  y la unidad necesarias para la supervivencia nacional en un mundo competitivo.

 En marcado contraste, la extrema derecha moderna opera en un paradigma democrático. No niega la legitimidad de las instituciones electorales, sino que busca explotarlas y deformarlas para sus propios fines. Su objetivo no es abolir la democracia en el sentido de tener elecciones, sino vaciarla de contenido democrático. Utilizan las urnas para ganar mandatos, pero una vez en el poder, atacan la independencia judicial, regulan o silencian a los medios de comunicación críticos, manipulan los mapas electorales y socavan las normas que protegen a las minorías y garantizan  la transparencia gubernamental. Esta estrategia de "desintegración democrática" o "democracia autoritaria" busca obtener el respaldo popular para un cambio de sistema político, no a través de un golpe violento, sino a través de la erosión gradual de las barreras que protegen a la democracia . Existen gobiernos que son ejemplo paradigmático de este modelo, donde su partido único ha mantenido un control electoral continuo mientras sistemáticamente desmantela las instituciones independientes, subordina al poder judicial y utiliza el aparato estatal para financiar su propaganda. La diferencia es sutil pero crucial: el fascismo histórico buscaba imponer el totalitarismo por la fuerza bruta y la eliminación de la oposición legal, mientras que la extrema derecha moderna intenta hacerlo por la legalidad, utilizando las mismas herramientas legales que antes criticaba para consolidar su poder.

 Las divergencias económicas son igualmente significativas. El fascismo histórico se distinguió por su modelo de economía corporativa, una forma de estatismo que buscaba integrar a todos los segmentos de la sociedad económica en un esfuerzo nacional coordinado. En este modelo, el Estado actuaba como árbitro y director, fusionando  a los sindicatos patronales  y obreros en corporaciones sectoriales para regular la producción, los precios  y los salarios, con el objetivo declarado de erradicar la lucha de clases. El capital privado seguía existiendo, pero su derecho a operar estaba condicionado a su servicio al interés nacional, y el Estado tenía el poder de intervenir directamente en la economía para lograr la autarquía y prepararse  para la guerra. Este sistema, aunque dirigista, no buscaba abolir la propiedad privada, sino domesticarla. La extrema derecha moderna, por otro lado, tiene una relación mucho más ambivalente con la economía. Muchos de sus partidos y líderes se alinean con un capitalismo neoliberal, promoviendo la reducción de impuestos, la flexibilización laboral y la protección de los intereses de las grandes corporaciones. Su crítica la globalización  y a las instituciones supranacionales como la UE a menudo se articula en términos de proteccionismo económico, defendiendo a los productores locales y a los trabajadores nacionales contra la competencia internacional. Sin embargo, esta retórica populista puede coexistir con políticas que favorecen a una elite económica nacional, como se ha observado en varios paisas. A diferencia del fascismo, que veía la economía como un instrumento para el poder estatal, la extrema derecha moderna a menudo la presenta como un componente clave de la identidad nacional, donde la prosperidad económica local es un signo de la salud y el vigor de la nación frente a una globalización que la empobrece.

 Finalmente, la visión del tiempo y el futuro es otra área de divergencia fundamental. El fascismo era una ideología profundamente futurista y revolucionaria, aunque de un tipo conservador. Su "revolución" no buscaba crear una nueva sociedad en el futuro, sino regenerar y devolver al presente la gloria y la pureza de un pasado imaginario, a menudo el Imperio Romano. El objetivo era crear un "hombre nuevo", un ciudadano  disciplinado,  valiente y leal a la nación, capaz de llevar a cabo la misión histórica de la patria. Esta visión era utópica en su exigencia de un cambio total y permanente, un esfuerzo continuo para alcanzar un estado perfecto de unidad nacional. Era un proyecto abierto, orientado hacia el futuro, incluso si ese futuro se definía a través de un retorno a un origen glorioso. La extrema derecha moderna, en cambio, es predominantemente  nostálgica y conservadora. Su narrativa central no es la regeneración, sino la restauración. Buscan "devolver" a su nación un estado de pureza, seguridad y grandeza que suponen que alguna vez tuvo, pero que ahora han perdido debido a la influencia de las élites globales, la inmigración  multicultural  y la decadencia cultural. Su visión del futuro no es la construcción de algo nuevo, sino la recuperación de algo antiguo. Esta tendencia a la restauración, en lugar de la creación, es una señal clave de su distinción del fascismo. No buscan un futuro totalmente diferente, sino volver a un pasado idealizado. Esta mentalidad conservadora limita su amplitud  visionaria y a menudo los deja sin una alternativa positiva a la modernidad, ofreciendo solo la negación de ella.

 

 Violencia Paramilitar vs. Infiltración Institucional

 

Los métodos utilizados para alcanzar  y mantener el poder son quizás la diferencia más visible y práctica entre el fascismo histórico  y la extrema derecha contemporánea. Estos métodos reflejan no solo diferentes estrategias, sino también la transformación de las condiciones  materiales y las estructuras de poder en el siglo XX. El fascismo, en su fase de ascenso, dependió de manera crucial de la violencia organizada  y la movilización de masas a través de milicias paramilitares . En Italia, los Blackshirts (Squadristi) de Mussolini no eran un cuerpo de ejército profesional, sino un ejército de voluntarios armados que utilizaban la intimidación  y la brutalidad para imponer el orden fascista en las calles. Atacaban ferocemente a sus enemigos políticos, especialmente a socialistas, comunistas  y sindicalistas, quemando oficinas, agrediendo a líderes y aterrorizando  a comunidades enteras. Esta violencia no era un acto aislado, sino una estrategia integral. Servía para debilitar a la oposición, crear un clima de inseguridad que socavaba la confianza en el gobierno  liberal, y demostrar la resiliencia  y la determinación del movimiento fascista, atrayendo así a nuevos simpatizantes. La Marcha sobre Roma de 1922, aunque no resultó en una batalla sangrienta, fue una manifestación de esta fuerza paramilitar, una demostración de poder calculada para forzar la mano de las élites conservadoras  y el monarca italiano. La violencia fascista era una herramienta de guerra de baja intensidad, diseñada para crear un vacío de poder que pudiera ser llenado por el propio fascismo.

 Este modelo de ascenso basado en la violencia paramilitar es irrepetible en la mayoría de las democracias occidentales contemporáneas. El contexto social, político y militar ha cambiado drásticamente. Hoy en día, los estados tienen un monopolio legal de la violencia, con fuerzas policiales profesionales  y ejércitos regulares que están bajo control civil y que actuarían para disolver cualquier intento de golpe de estado basado en milicias civiles. Además, la cultura política occidental ha internalizado una fuerte repugnancia hacia la violencia política, y los partidos políticos se mueven dentro de un marco de debate y negociación  electoral. En consecuencia, la extrema derecha moderna ha desarrollado una estrategia radicalmente diferente: la infiltración institucional y la erosión legal. En lugar de intentar tomar el poder por la fuerza, su objetivo principal es ganarlo legalmente a través de las elecciones y luego usar ese poder para remodelar el sistema desde adentro. Esta estrategia de "contención" o "normalización" busca cambiar la política a la izquierda, forzando a los partidos centristas a adoptar posiciones más duras sobre temas como la inmigración  y la seguridad, lo que legitima a su vez a la extrema derecha. El éxito de este método se ve en cómo partidos como Alternative für Deutschland (AfD) en Alemania, que comenzó como un movimiento euroescéptico, ahora influye en la política alemana y ha conseguido resultados electorales significativos, incluso en estados donde sus socios de coalición se niegan a trabajar con ellos.

Esta estrategia de infiltración se apoya en una sofisticada maquinaria de comunicación  y propaganda. En lugar de las pancartas y las marchas callejeras del fascismo, la extrema derecha moderna utiliza los medios de comunicación  tradicionales y, de manera crucial, las plataformas  digitales y redes sociales para difundir su mensaje. Utilizan blogs, podcasts, canales de YouTube  y aplicaciones de mensajería como Telegram para crear sus propios ecosistemas informativos, circulando noticias falsas, conspiraciones y un discurso de odio que normaliza sus ideas y deslegitima a sus oponentes. La viralidad de su contenido les permite llegar a audiencias masivas, especialmente a los jóvenes, que a menudo carecen de experiencia histórica directa con el fascismo  y pueden ser más receptivos a narrativas simplistas y emocionales. El Brexit en el Reino Unido y la elección de Donald Trump en Estados Unidos son ejemplos de cómo esta estrategia de comunicación digital puede desestabilizar los sistemas políticos tradicionales y abrir paso a movimientos populistas. El objetivo no es necesariamente convencer a la mayoría de la gente, sino radicalizar el centro, polarizar el debate público  y crear un espacio político donde la extrema derecha pueda afirmar su relevancia  y eventualmente, su poder.

 Además, la extrema derecha moderna ha aprendido de las falencias de los movimientos fascistas del pasado. Reconoce que la retórica abiertamente racista o antisemita puede ser electoralmente perjudicial en las democracias occidentales. Por ello, ha desarrollado tácticas de "reputational shielding" o "modernización del discurso"  . Utilizan un lenguaje más neutral y jurídico, centrado en conceptos como "ley y orden", "soberanía nacional", "protección de los valores nacionales" o "crisis de inmigración". En lugar de hablar de la pureza racial, hablan de la integridad cultural. En lugar de invocar a un líder carismático absoluto, presentan a sus líderes como simples portavoces del "pueblo" contra una "elite" corrupta y desconectada  . Esta sofisticación retórica permite a los partidos de extrema derecha participar en debates políticos formales, aparecer en programas de televisión y competir  en elecciones, presentándose como actores políticos normales en lugar de como una amenaza existencial. Aunque la violencia organizada sigue existiendo en forma de grupos neonazis o terroristas de paramilitares, que se inspiran en la iconografía fascista y neo-nazi, la estrategia principal para ganar poder y mantenerlo  en la arena política contemporánea es, de hecho, la legalidad y la participación electoral. La diferencia es que mientras que el fascismo usó la violencia para forzar la entrada a la política legal, la extrema derecha moderna usa la legalidad para forzar el cambio de la política.

 

 Implicaciones  Estratégicas: La Amenaza de la Normalización  y la Necesidad de Respuestas Cognitivas

 

Comprender la distinción fundamental entre el fascismo histórico  y la extrema derecha contemporánea; tiene profundas implicaciones estratégicas para la política y la defensa de la democracia en el siglo XXI. La aplicación indiscriminada del término "fascista" a cualquier figura o movimiento de la extrema derecha moderna puede ser contraproducente, llevando a una desinformación que trivializa el horror del Holocausto y el totalitarismo de los regímenes fascistas. Condenar al fascismo requiere reconocer sus características específicas, lo que a su vez permite distinguirlo de otras formas de autoritarismo  y populismo  de derecha y desarrollar una respuesta política más matizada y efectiva. El análisis revela que la mayor amenaza para la democracia hoy no proviene de un partido fascista que intenta tomar el poder por la fuerza, sino de un partido de extrema derecha que llega al poder democráticamente  y luego utiliza esa posición para cambiar las reglas del juego, socavar las defensas institucionales y marginalizar a sus oponentes. Este proceso de "normalización" o "contención" es peligroso precisamente porque ocurre dentro de los marcos democráticos, haciendo que sea más difícil de identificar  y resistir. 

Un argumento clave para una presentación política es que la extrema derecha moderna representa una forma de "democracia autoritaria" o "desintegración democrática". Operando dentro de las instituciones, utiliza su mandato electoral para atacar la independencia judicial, que es el último garante de las normas constitucionales. Al nombrar jueces afines y debilitar a las instituciones anticorrupción, puede crear un círculo vicioso donde el poder ejecutivo queda exento de rendición de  cuentas. Del mismo modo, la erosión de la libertad de prensa y la creación de un aparato de propaganda estatal silencian a la oposición y desinforman  al público, haciendo que la participación  electoral sea una ficción cuando una parte de la población no tiene acceso a información veraz  . El caso de Ecuador, bajo la presidencia de Daniel Noboa, sirve como un estudio de caso viviente de esta dinámica, donde el partido ADN ha consolidado un control de facto sobre el poder legislativo, judicial y mediático, transformando  un sistema de partido dominante en un estado autoritario. La amenaza, por tanto, no es solo la pérdida de una elección, sino la alteración irreversible de las condiciones para que las elecciones sean libres y justas en el futuro.

 Para combatir esta amenaza, es fundamental conectar las causas subyacentes que alimentan tanto el fascismo histórico como la extrema derecha moderna. Ambos fenómenos surgen de un conjunto común de malestar social y precariedad: la incertidumbre económica, la pérdida de estatus y la disrupción cultural provocada por la globalización, la tecnología  y la migración. La extrema derecha ofrece una narrativa convincente y emocionalmente  satisfactoria a estas ansiedades. Proporciona una explicación simple y un culpable fácil para problemas complejos, ya sean la pérdida de empleo, el aumento de los precios de la vivienda o la percepción de una dilución de la identidad nacional. Ofrece una sensación de pertenencia, certeza y superioridad a aquellos que se sienten abandonados por las élites. Reconocer esto es el primer paso para desarrollar una respuesta política que aborde las causas materiales y psicológicas de la extrema derecha, en lugar de limitarse denunciar su retórica. Frente a la narrativa de victimización de la extrema derecha, la respuesta debe centrarse en fortalecer la seguridad económica a través de políticas que reduzcan la desigualdad  y mejoren la movilidad  social, y en promover una ciudadanía inclusiva que celebre la diversidad cultural sin sacrificar los valores compartidos de solidaridad  y respeto mutuo.

 En conclusión, la diferencia entre el fascismo  y la extrema derecha no es solo terminológica, sino conceptual  y estratégica. El fascismo fue un proyecto revolucionario de poder absoluto, basado en la violencia, el totalitarismo  y una utopía de regeneración nacional. La extrema derecha moderna es un proyecto de poder relativo que busca conquistar y moldear el poder democrático para fines autoritarios, utilizando la infiltración, la propaganda  y la erosión legal-institucional. Reconocer esta distinción es el primer paso para desarrollar una respuesta política efectiva. Las defensas democráticas deben ser fortalecidas no solo contra los golpes de estado, sino contra la "muerte por picadura de abeja" de la erosión gradual. Esto requiere un compromiso continuo con la protección de la independencia judicial, la defensa de los derechos civiles, la promoción de una educación mediática crítica y el desarrollo de alternativas políticas que puedan abordar las preocupaciones legítimas de las personas sin recurrir a la xenofobia  y el odio. La lucha contra la extrema derecha no es solo una batalla por el poder político, sino una batalla por la mente y el alma de la sociedad democrática.

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